sábado, 17 de marzo de 2012

PRESENTAMOS "RECUERDOS DE FINISTERRE"


Presentación de Recuerdos de Finisterre 17/3/2012


Apenas unos minutos después de las 12.00 hs., presentamos en la sede de Editorial Dunken (CABA) la antología Recuerdos de Finisterre, una entrañable recopilación de cuentos de autores contemporáneos que llega para dignificar la producción autoral independiente.
En verdad, ha sido para mí una enorme satisfacción haber sido el seleccionador de la obra, pues me siento tan orgulloso de la misma como cada uno de los autores publicados; tanto es así que espero que el prólogo que escribí para ella pueda dar cabal testimonio de todos estos sentidos.
Tuvimos una presentación soñada: perfecta desde lo profesional y emocionante desde lo íntimo y personal, por lo que mi gratitud para con cada uno de los autores y también respecto de la Editorial es sincera y perenne.
Entre todos hemos hecho algo importante, algo trascendente. Un libro es un mensaje escrito enviado al universo con la inocultable pretensión de influirlo y transformarlo.
Creo que, sin dudas, Recuerdos de Finisterre, contiene todo lo que queríamos contar y más. Ahora la obra buscará su camino y forjará su destino. Mientras tanto, nosotros, hemos aprendido que lo que media entre la realidad y los sueños, tal como sostiene Edgard Morin, es la cultura. Enhorabuena.

Ricardo Tejerina


jueves, 15 de marzo de 2012

LA VUELTA DE RAFAEL (O Consuelo y Soledad Parte II)

Pablo Picasso

Madrid, 20 de diciembre de 2011.
Querido Manuel:
He vuelto a las andadas. Vos bien sabéis que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra… pues yo he caído y he hecho un pozo, amigo mío.
Supongo que recordáis mis escarceos con Consuelo y también con Soledad… no, no es lo que estáis pensando. No es con ellas la cuestión, o sí, pero no del modo que vos creéis. Ambas están bien, una se jacta de no necesitarme y la otra de haberme olvidado. Ten paciencia y déjame que te cuente, sabéis que si me apuráis no lograréis sacarme bueno.
Pues bien, prosigo. Como gato maltrecho he lamido mis heridas. Como solo había quedado me recluí en un convento –en realidad en una abadía– e hice un voto de silencio, aunque no de castidad (tal vez hubiera sido preferible mantenerme célibe –domando así al cabrón que habita en mí–, que tener que callar cuando hablar debía… ya veréis). Sucede que por ese entonces creí más conveniente cerrar la bocaza y no parecer muy listo, a abrirla y confirmarlo.  
Al principio todo iba bien. Con los hermanos me entendía a la perfección: labraba la huerta, llevaba la ropa al fregadero, cuidaba la colmena y enceraba los pasillos; siempre en silencio y con el mejor de los ánimos. Tanta fue la eficacia que demostré respondiendo a esas duras exigencias que el Abad decidió conferirme otras responsabilidades de mayor envergadura… Ay, mi querido amigo, sé que adivináis que el diablillo metió la cola… y yo las patas, hasta el cuello y más. Espera un poco, que sudo a mares de sólo recordarlo, espera un poco, Manuel.
Sucede que este buen hombre creyó, a partir de mi pertinaz mutismo, que estaba ante la persona ideal para el manejo de la correspondencia. Claro, vio en mí al adalid de la discreción; lo que no sabía era de mis peripecias con las cartas, los correos electrónicos y los recados. En fin, con todo aquello que es sencillo, en tanto y en cuanto no haya que atender salvedades, excepciones, omisiones, tratamientos diferenciales y tantas cosas más. Fíjate que si hasta aquí he llegado, fue por haberle remitido a Consuelo el correo de Soledad, y a Soledad el de Consuelo. Lo recordáis, ¿no es así?
Bueno, voy al grano. Debí decir: no, gracias. Explicarle al Abad los motivos, contarle mi historia, darle mis razones… pero estaba en voto de silencio, ¿cómo hubiera podido? Si hablando me hubiera llevado horas, imagináis que por señas no era posible. Sólo asentí con la cabeza querido amigo, sólo asentí, y cavé mi fosa en medio de un silencio atronador (notáis que he usado un oxímoron, eso es mi vida, un oxímoron, siempre dos fuerzas diferentes y opuestas que revuelven mi cordura).
Yo debía leer las cartas, clasificarlas y derivarlas a los encargados correspondientes, excepto las personales dirigidas al Abad o a los hermanos, ésas no tenía que abrirlas, sólo entregarlas y ya. En cuanto a los correos electrónicos, la tarea era concreta. Nada más debía responder: “Tomado conocimiento, nos pondremos en contacto a la brevedad, que Dios os bendiga”.  De vez en cuando tenía que llevar alguna esquela en mano a la Nunciatura y aguardar la respuesta. Eso era todo… ¡Y cuánto!
Sucedió que una mañana del Señor, desperté bastante atribulado. En las noches anteriores no había dormido bien, pues estuve azotado por las penas del corazón. Durante varias veladas estuve llorando en solitario las penurias de mis amores idos. ¡Caray! ¿Te dais cuenta? Todos mis caminos conducen a ellas. ¿Qué he hecho para merecer esto? Ya lo sé, no lo digáis, ni falta que hace.
Continúo, pues. Algo confuso, me dispuse a encargarme de mis tareas. Como no estaba muy seguro de si tenía que abrir o no la correspondencia del Abad (estaba ido Manuel, casi no había pegado un ojo en varios días), resolví que leer un par de cartas no le haría mal a nadie. Más aún, siendo que el Abad estaba de viaje, y que, tal vez, podría haber algo imprescindible, o algo urgente. Para ser sincero, la estaba pasando de madre. Me sentía importante sentado en el escritorio del Abad, tutelado por un imponente crucifijo y rodeado de libros, estampitas, fotografías y diplomas. Si me hubierais visto, querido amigo… me sentía como un obispo. Si hasta bromeaba con los hermanos –en silencio, desde luego– y les estiraba la mano para que me besaran el anillo que no tenía. Pero, lamentablemente, lo bueno, no dura para siempre.
Grande fue mi sorpresa cuando abrí la primera carta. En ella, la sobrina del Abad le comentaba que esperaba que sus desdichas terminaran, dado que iba a casarse prontamente con un joven notario de la ciudad, con la ilusión de que el tiempo, a su paso, les trajera el bendito amor. Ocurre que la pobre muchacha también describía con nostalgia el fin abrupto de una relación anterior en la que había involucrado su corazón y sus sentidos. Parece que el ex novio de ésta se entendía con otra al mismo tiempo. ¡Rayos!, pensé yo. Y seguí leyendo. Por alguna razón tendí a pensar que el tío de mentas no era un mal hombre; pero claro, ya lo dicen: “el banco de la fidelidad no acepta depósitos en cuentas diferentes”. (Si al menos lo hubiera sabido antes, algo se me habría ocurrido). A medida que avanzaba en la crónica de la dama, yo más me involucraba. Ni te digo que me estremecí e hice causa común con ella –con la exponencial fe de los conversos– cuando sentenció que no perdonaría al Don Juan, puesto que hombres así ella “no necesitaba”. Querido Manuel, cómo decirte lo que falta… ¿Podéis creerlo?, la misiva llevaba la firma de Consuelo. Sí, ¡mi Consuelo! ¡Me parta un rayo! Lo sé, blasfemé en lugar sagrado, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Bueno, en fin, lo que hice al cabo de unos días, escribirle a Consuelo y decirle que la amaba…
Espérate, espérate hombre, que esto no acaba aquí. ¿Creéis vos en el destino o en la providencia? Yo sí, y Dios sabe cuánto… en el destino incierto y en la providencia que no llega. Fijaos lo que ocurrió: no salía yo de la turbación en la que quedé sumido, que sobre llovido fui mojado. Para olvidarme de esa carta me aboqué a otros menesteres. Como un clavo saca otro clavo, creí que el compenetrarme en la correspondencia virtual –a pesar de mis antecedentes y desafortunados equívocos– me alivianaría de tormentos. Después de todo, sólo tenía que responder la frase hecha, ésa que ya te he comentado más arriba. Estaba yo respondiendo mecánicamente los correos hasta que, forzosamente, en uno me detuve. El mismo así decía: “Estimado Abad Pedro, mi nombre es Soledad (Soledad… ¡mi Soledad!, no me digáis que no estoy perseguido por una estampida de elefantes obstinados), fui su alumna pupila hace muchos años, cuando usted nos preparaba para la primera comunión y yo le decía que quería ser monjita. Desde entonces lo llevo conmigo en mi sufrido corazón. Querido Padre Pedro, estoy tan triste, me enamoré del hombre equivocado, de un Casanova, que lo que tiene de mujeriego lo tiene de querible. Yo siempre fui recatada, mucho incluso, pero con él… Ay, padrecito, si hasta en las juergas más disparatadas me he sentido a gusto. Pero así no puedo seguir, lo he llorado como loca durante meses enteros. Sin embargo, ahora sí, ahora estoy firme, como una roca. Ya lo he olvidado. Ahora sólo quiero volver al camino que había abandonado. Le pido su santísima recomendación para iniciarme de novicia. Su segura servidora. Soledad”.  Te imagináis que debía cumplir con la formalidad. Debía responder que prontamente nos pondríamos en contacto. Así lo hice querido Manuel. Así lo hice, pero no pude evitar agregar mi inicial y un subrepticio “Te quiero”. Después de todo no faltaba a mi voto de silencio…
Y bueno, querido amigo, henos aquí, mi alma y yo. Sospecho que huelgan las palabras, ya que cuenta te dais de que, en efecto, sigo enamorado de Consuelo y también de Soledad. La reclusión de poco me ha servido porque no hay muros ni barrotes que detengan a los asuntos del corazón, porque, a no dudarlo, los amores de verdad son libres como el viento. Naturalmente, querido amigo, ambos sabemos –y muy bien– que todo lo que no se resuelve, vuelve. Y así es como debe ser.
En cuanto a mí, aquí estoy, habiendo dejado el último recado en la Nunciatura y sin esperar contestación. También, escribiendo a más no poder… claro, por el voto de silencio, que lo mantengo, aunque ya no he de volver al convento. Hazme un inmenso favor, ¿queréis?, telefonéame apenas recibáis esta carta, pues estoy necesitando un amigo, un amigo para hablar, y así terminar esta condena.

Rafael, mudo pero no célibe.

PD: Discúlpame, lo olvidaba, te desean una feliz Navidad Consuelo y Soledad, que por supuesto están aquí, conmigo, ¿dónde más?
Ricardo Tejerina / 2011

martes, 6 de marzo de 2012

NIHILISMO DE CAFÉ

Kasimir Malevich

La nada, el vacío, la insonoridad, la ausencia de olores, colores y texturas… la nada. Todos los días eran iguales, el hombre entraba al café, saludaba con un gesto módico y hacía la seña de “un cortadito”, combinación de ademán y labios mudos. Julián, el mozo de siempre, al ratito se lo llevaba hasta la mesa. Está bien caliente, le decía, y se daba la vuelta. El hombre lo miraba retirarse y cuando Julián apoyaba la bandeja sobre el mostrador escuchaba que el fulano le pedía el vaso de soda de cortesía que nunca le daban. Las horas pasaban monótonas, sin nada que alterase la calma agobiante de la rutina vacía. El hombre se entretenía mirando a través del ventanal cómo el semáforo cambiaba de estado, siempre igual: la misma secuencia, los mismos intervalos, las mismas duraciones. El avance de la sombra denunciaba el paso de la hora. Ya de tarde, el hombre se incorporaba discretamente, dejaba un billete de diez y pensaba por qué nunca se atrevía a pedir “el mango” de vuelto. ¡Va con propina!, le decía a Julián, antes de salir por la puerta vaivén. Gracias, decía Julián. De nada, decía el hombre, de nada...    
Ricardo Tejerina / 2012

lunes, 5 de marzo de 2012

DERECHOS DE AUTOR Y DERECHOS CIUDADANOS

Logo de copyright     

            Creo que bien podemos comenzar estas líneas partiendo de la idea que transmite la transformación. El siglo XX ha sido la centuria de los cambios y avances más significativos operados por la humanidad, pero el XXI no se quedará atrás, puesto que con el correr del tiempo y mirándolo en perspectiva nos daremos cuenta de que la revolución informática recién ha comenzado y que sus derivaciones sobre las formas de comunicación e interrelación entre los hombres todavía son difíciles de predecir.
No obstante, ya podemos verificar que existe un puente entre la imprenta de Gutenberg del siglo XV y la Internet contemporánea. En el primer caso se puede observar la multiplicación reproductiva y el pasaje de la escritura artesanal a la copia masiva. En el segundo, ya no se trata de reproducciones, sino de distribución. Internet no duplica, sino que aloja y lleva los contenidos. Hoy, el mundo pasa por Internet, e Internet atraviesa al mundo. No nos sería posible en la actualidad pensar a nuestra vida sin la interacción de la gran red.
Toda la cultura de la humanidad pasa por Internet. Hace ya varios años el escritor y político francés André Malraux esbozaba la idea del museo imaginario. Esto es el acceso a todos los universos posibles a través de los medios de comunicación. Qué otra cosa nutre a Internet que no sea toda la gama de producción del hombre, ya sea que provenga del entretenimiento, el conocimiento o, incluso, de la fe.
Lo que circula por la red, más allá del contacto o la conversación virtual, son todas las expresiones de la cultura humana: la música, los libros, las películas, las fotografías, las obras de arte, las investigaciones, las noticias, etc. Todos esos contenidos, en alguna medida, tienen derechos de propiedad o de autor; ergo: además de lo que de por sí son, también adoptan la forma de mercancías transables, producidas por sus autores y/o las industrias culturales para la obtención de un beneficio.
En paralelo, la modernidad ha traído consigo toda la gama de nuevos derechos ciudadanos. Hoy el acceso a la cultura no es menos importante que el derecho al trabajo, a la vivienda, o a la alfabetización. Ya lo decía el poeta andaluz Federico García Lorca, cuando reclamaba para la sociedad “medio pan y un libro”, asumiendo que no sólo de pan vive el hombre, y que el alimento del espíritu resulta del todo imprescindible para construir la libertad.
Sucede que entre el derecho de los autores y las industrias a recibir sus regalías, está también el derecho de la humanidad toda a acceder a los bienes culturales y a las variadas y múltiples formas de manifestación que la sensibilidad humana posee. Así como es deseable lograr un marco de legalidad para cuidar a los generadores de los contenidos, también lo es avanzar hacia una cultura sin restricciones ni cerrojos, los que devienen más propios del consumo y la actividad mercantil, que del gozo sensible y espiritual.
A propósito de este tema, esto sosteníamos en una reciente publicación conjunta con otros autores, pero anterior al conflicto por los derechos de copyright que por estos días tiene lugar:
   “La explosión de las comunicaciones y la conectividad (fibra óptica, banda ancha, wifi, enlace satelital, plataformas 2.0 y otras) trajo consigo un cúmulo de nuevas actividades ligadas al arte y la cultura, aunque sensiblemente distintas: esto es todo el universo del entretenimiento y el software para computadoras personales, tabletas, e-books, teléfonos celulares, etcétera. Del mismo modo, propició el crecimiento de la consideración simbólica y el producido económico de la publicidad, la propaganda y todo lo relativo a la imagen (institucional, corporativa o individual), tanto como los dispositivos, soportes y formatos digitales por los que circula una parte cada vez mayor de la cultura propia, regional y global.
“De ese escenario surge una nueva necesidad: entender al mundo conectado por la web y resolver de un modo democrático, inclusivo y moderno, las cuestiones que ese crecimiento de escala exponencial supone para la circulación de los contenidos, atendiendo los dos extremos de la misma, es decir: los derechos intelectuales y autorales de los artistas y productores, y toda la gama de derechos culturales de los ciudadanos –resumidos en la promoción del acceso universal a la cultura– que, por cierto, alentamos con absoluta convicción.”[1] 
En suma, se trata de entender que Internet ha producido transformaciones tan drásticas, que obligan a las industrias de la cultura a cambiar para seguir. Y también, se trata de comprender que ha nacido un nuevo protagonista mundial que es el ciberciudadano: algo así como el ciudadano del mundo virtual, que no sólo se ha ganado el derecho de acceso a la cultura, sino que también es protagonista activo en el ejercicio del reclamo de lo que, legítimamente, le corresponde.
   Hasta la próxima mirada. 
El Ojo Críptico


[1] La Clave Cultural; Ricardo Tejerina y otros; Editorial Respuesta; Buenos Aires; 2011.

sábado, 3 de marzo de 2012

Sección Fotografías de Autor: "UNA IDEA DE DIOS"


Ricardo Tejerina

COMENTARIO: Dios, ¿qué es? Ésa fue la pregunta que me hice al ver a través de la lente el amanecer cerca del Trópico de Cáncer. Concluí que podía ser infinidad de cosas, pero todas ellas inmateriales. Finalmente asumí que Dios es una idea, y que esta fotografía bien podía representarlo.