martes, 31 de mayo de 2011

UN EJEMPLO DE LAS TECNOLOGÍAS DEL YO

Pequeña Miss Sunshine. La familia Hoover.


          Hace algún tiempo vi una película norteamericana que me produjo una grata sensación en cuanto a la creatividad y la inteligencia para narrar una historia “políticamente incorrecta”. Sobre todo por la manera en que trata el universo opresivo de la sociedad elitista y materialista, mediada por el consumo y la frivolidad. Se trata de Pequeña Miss Sunshine[1], road movie que versa sobre las peripecias e infortunios de la atribulada pero pertinaz familia Hoover, en pos de un concurso de belleza preadolescente en el que debe competir la pequeña Olive.

Lo que haré a continuación es profundizar sobre las cuestiones que aborda el singular filme y vincularlo con un aspecto teórico que me parece interesante, capaz de ayudarnos en la comprensión ya no sólo de una película, sino de la vida cotidiana en tiempos modernos.

Al leer la descripción que hace Foucault de las Tecnologías del yo, es decir de las tecnologías aplicables al estudio del sujeto, surge –según mi personal perspectiva– un marco relacional con cada uno de los integrantes de la particular familia Hoover. El agudo filósofo francés establece que: “Las tecnologías del yo, son las que permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría o inmortalidad.”.

Estas tecnologías están del todo presentes en el filme y se muestran desde diferentes perspectivas, o sea, tanto desde la órbita de aquéllas que son propias del individuo, y también de las que responden al accionar de los otros. De alguna manera, cada uno de los Hoover y adyacencias están en la búsqueda de un sentido para su vida, y ese sentido lo encuentran en sí mismos o en los demás. En un punto, pareciera no tener sentido el desenvolvimiento caótico que los envuelve, pero, a medida que las acciones avanzan, uno asume que es en el caos y en los extremos dónde mejor se mueven los personajes y edifican, así, su historia personal y familiar.
           
          Todos operan de modos distintos y aleatoriamente sobre su cuerpo y su alma para obtener la felicidad, la pureza, la sabiduría o la inmortalidad, al decir de Foucault. Por caso, el mayor de los hijos se confina en un silencio voluntario, operando de tal modo, para lograr el consentimiento de sus padres a sus planes de convertirse en piloto militar; ergo, su felicidad. El abuelo consume drogas en pos de un “nirvana” o una suerte de inmortalidad que lo aleje de la humana angustia por la mediocridad, la insatisfacción y la juventud y oportunidades perdidas. El padre trata de construir una postura corporal y de vida que sea conteste con la actitud proactiva que pregona en su manual de autoayuda para el éxito, pero cuya ingrata fortuna se empeña en mostrarle –cada vez con más desparpajo– el lacerante derrotero del fracaso. Su repetición de los 9 pasos para lograr “ser un ganador” implica una actitud de auto-convencimiento del yo, permanentemente expuesto a la refutación de la realidad y a la certeza de no poder producir el sincretismo entre la teoría y la práctica en su propia vida.

Paralelamente, madre e hija viven su mundo. El de la progenitora embebido de realidad, decepciones y obligaciones domésticas y familiares que la llevan a ser un individuo cuyo norte es soportar el diario acontecer con cierta domesticidad, y que ha “dejado de ser”, para volverse parte de un universo familiar de ribetes extravagantes. En cuanto a la pequeña Olive, ella vive una suerte tiempo idílico, estandarizado por los parámetros de belleza, competencia y consumo; aleccionada por la sarcástica moralidad del abuelo y tensionada por las exigencias exitistas del “evangelio patriarcal”.

Párrafo aparte merece el “tío Frank”. El estereotipo aquí se muestra en plenitud. Es un estudioso de Proust, habla poco, tiene barba, no es feliz, es suicida, viste de blanco, es gay y trasunta una cierta virginidad física y emocional que le da un singular aire romántico. Un perfecto intelectual atormentado que ha operado sobre sí mismo y fracasó, incluso al momento de ponerle fin a todo; “la vía rápida”, al decir del abuelo. Vale decir también que la pequeña Olive le pregunta al principio de la película acerca de su “accidente” (intento de suicidio) y él asume que la drástica decisión (nueva y categórica operación sobre sí) obedeció a que: “no era feliz”.

Como espero hayan notado, Pequeña Miss Sunshine ha sido un disparador más que adecuado para nuestro brevísimo recorrido por las tecnologías del yo; las que he traído a colación para poder entender un poco mejor por qué nos pasa lo que nos pasa.


Ricardo Tejerina / 2011



[1] De Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006, comedia, EE.UU, 20th. Century Fox.

sábado, 28 de mayo de 2011

TEJERINA: “ESCRIBIMOS PARA LA LIBERTAD”

Crédito fotografía Isabel Noya

El viernes 27 de mayo en la sede de la Dirección de Cultura de Tres de Febrero se presentó Ricardo Tejerina en el tradicional encuentro mensual de la Mesa de los Artistas.
Ante una muy nutrida concurrencia compuesta por artistas, escritores, gestores culturales y público afín a la problemática del arte contemporáneo, el escritor y ensayista disertó por espacio de una hora acerca de ¿Por qué escribimos? Y trazó un recorrido desde la escritura cuneiforme y jeroglífica hasta la actualidad.
En el transcurso de la velada planteó situaciones tales como las transformaciones que sufrió lo escrito a través del tiempo, la revolución democratizadora de los textos que se dio con la imprenta y la nueva etapa de multiplicación de autores que produjeron las tecnologías modernas, en particular Internet.
Dada la empatía que se produjo entre el panelista invitado y el público asistente, adicionado al genuino interés que despertó la temática propuesta y sus derivaciones, tuvo lugar un extenso y rico debate que giró en torno de la legitimación del rol del escritor, la fusión y variedad de los géneros literarios en la modernidad, como así también las relaciones de poder del mensaje y de los medios por donde circulan los textos y las palabras.
Tejerina dejó frases tales como: “la pluralidad de emisores implica un crecimiento exponencial de opiniones y eso es un insumo de la democracia moderna”, “las nuevas tecnologías cambian drásticamente la forma en que circula la información, el desafío de estos tiempos es la distribución más que la producción”, “el escritor es un luchador que pelea aunque su destino sea perder” y “escribimos para archivar emociones, conservar recuerdos, atesorar conocimiento y trascender la muerte… pero, fundamentalmente, escribimos para la libertad”.
Coordinó el artista plástico José Curia y la Mesa de los Artistas ratificó una vez más la fuerte ligazón que tiene con el arte del distrito y la importancia que le asignan a este foro de discusión y propuesta las figuras más destacadas de la cultura local.
A. Z.

miércoles, 25 de mayo de 2011

LA FLOR MARCHITA



Vincent van Gogh
 
Recordando a Almafuerte


Azotado por la inclemencia del clima
el tallo yerto de la flor marchita
acompañaba la dignidad postrera.

Aun con la cerviz inclinada
y sin pétalos coloridos
que vistiesen su desnudez,
conservaba cierto donaire.

Bien pude haberla arrancado
y así terminar
con la exposición final de aquella flor,
evitándole el zamarreo insensible
 del viento embravecido.

Pero no hubiera sido justo
privarla de su última batalla.
Aquélla que enfrenta en soledad
y a pesar de su destino,
 sin darse por vencida ni aun vencida.


Ricardo Tejerina / 2011


domingo, 22 de mayo de 2011

QUÉ ASÍ SEA (Un milagro para ti)

Paul Gauguin


Para Roberto

Una mañana otoñal llegó el hombre hasta la puerta de la iglesia vacía. Sólo una mujer tullida estaba en la escalinata en actitud mendicante. Compasivo se inclinó sobre ella, acarició su cabello y le dio algunas monedas. Luego, como tantas otras veces entró, mojó su frente con agua bendita, se persignó y se acomodó unos minutos en una de las bancas de las últimas filas. Unos días antes le habían diagnosticado una cruel enfermedad, tan ponzoñosa como asintomática en el comienzo. Algo atribulado, pero sin pensar ni por un solo momento por qué a él le ocurría, deambuló por los pasillos laterales de la basílica. Se detuvo un par de veces. La primera enfrente del Sagrado Corazón, la segunda a los pies de la Virgen de la Sonrisa. Sintió cierta emoción. A pesar de su entereza no pudo evitar dos o tres lágrimas peregrinas que se le deslizaron por las mejillas. Del bolsillo trasero derecho de su pantalón extrajo un pañuelo y secó su rostro. Casi sin darse cuenta se sentó en uno de los confesionarios, en el lugar reservado para el cura confesor. De pronto escuchó una voz que lo requería. "Necesito un milagro, un don para alguien a quien amo profundamente, debe sanar pues aún no es su tiempo y su vida es luminosa" –le dijo el arribado-. El hombre no atinó palabra. Sorprendido, vaciló en decirle a quien le hablaba tras la rejilla que él no era un sacerdote, sino, apenas, otro más que, estoico, sufría en solitario. "¿Me has escuchado? –insistió la voz–, necesito un milagro y sólo tú puedes hacerlo". ¿Yo? –pensó el hombre- Ojalá pudiera, a buen puerto vas por leña, si supieras lo que a mí me pasa… "Dadme mi milagro y te dejaré en paz" –escuchó de nuevo-. Entonces el hombre, con cierta piedad, concluyó que no tenía nada de malo darle esperanza a quien la pide con devoción resuelta, aun no siendo él cura. Ten fe, él te escuchará, que Dios te bendiga. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… –le dijo-. "Amén" –escuchó-. De un salto salió del confesionario y buscó a quien le hablaba. La iglesia estaba tan vacía como cuando había llegado. Confundido salió a paso bravo. En la escalinata estaba sólo la mujer tullida. ¿Has visto salir a alguien? –preguntó el hombre-. No –respondió la mujer–, sólo lo he visto entrar a Él -y señaló al Cristo de la entrada-. Dijo que necesitaba un milagro para ti.    

Ricardo Tejerina / 2011


viernes, 20 de mayo de 2011

PARA ARDER

John Constable

A veces pienso: ¿para qué escribo? No siempre concluyo lo mismo. En ocasiones, me quedo a mitad de camino, me pierdo por una diagonal y creo que olvido la causa de mi meditación. En uno de esos devaneos tuve una suerte de revelación. Se me ocurrió que en un lugar remoto había un hombre que escribía todo aquello que no podría recordar tiempo más adelante. Sucede que cada vez debía escribir más, porque cada vez recordaba menos. Que llegó hasta el punto de tener que hacerlo sin descanso, pues el olvido inmediato lo perseguía de modo cruel. Que cuando ya no pudo más, su mente se blanqueó fantasmagóricamente. Que olvidó que escribía, tanto que dudaba de volver a intentarlo. Desde ese mismo momento comenzó a leer. Antes escribía porque olvidaba, ahora leía para recordar. Leyó cada página que había escrito y no encontró nada que le pareciera valioso o al menos digno. Entonces, quemó todas sus notas, apuntes, fichas e historias para que nadie -nunca jamás- pudiera saber lo que había escrito alguna vez y leído otras tantas más. Sin embargo, el hombre envejeció adolorido por lo que había hecho, aunque sin nunca más escribir ni leer sino hasta el instante postrero. A las puertas del final decidió reparar de algún modo el daño que había hecho y del que también era víctima penosa. Resumió toda su obra en un manojo de palabras: “Escribí para arder, por eso entregué mi letra al fuego, sólo así comprendí que el recuerdo es el olvido que no fue”. Ese hombre siempre pensó que una sola frase con sentido justificaba una vida completa dedicada a la escritura. Claro que tampoco consideró a ésa merecedora de un bien mejor y, con un dolor indescriptible, antes de cerrar sus ojos, a las llamas famélicas también se la entregó.

Ricardo Tejerina / 2011