lunes, 23 de junio de 2014

PUTA VIDA

Eduardo Schiaffino

"En cien años estaremos todos muertos", le dijo el tipo al mundo, por más que lo escucharon no más de dos o tres. Y tenía razón. Luego, sacó un par de billetes y se llevó a la morocha para el cuarto. La vida es un sinsentido entre filosofía y sexo.

Ricardo Tejerina / 2014

sábado, 7 de junio de 2014

PASÓ EL CAPÍTULO 40 DE LA FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BUENOS AIRES


Entre el 24 de abril y el 12 de mayo tuvo lugar en La Rural “el capítulo 40” de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. El autor de esta columna tuvo a su cargo la presentación de tres novedades de Editorial Dunken. Compartimos en esta entrega los pormenores de las presentaciones de Letras del Face VI, 52 motivos para no morir y Sueños Dirigidos.


Durante los últimos días de abril y principios de mayo se desarrolló la 40° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La apertura formal del jueves 24 continuó con la llegada del primer fin de semana y los platos fuertes de los iniciáticos sábados y domingos feriales.

Editorial Dunken, la casa editorial líder en publicaciones de autores independientes, tenía cita agendada en la Sala Victoria Ocampo en el que fue conocido como el "día de los cuatro Papas" (el 27 de abril del corriente el Papa Francisco canonizó a sus antecesores Juan XXIII y Juan Pablo II, con la presencia del Papa emérito, Benedicto XVI). 

Promediando la tarde, el que es uno de los más bellos auditorios de La Rural abrió sus puertas para presentar Sueños Dirigidos, compilación de cuento de autores varios, realizada por M. Florencia Estévez Bejo. Previamente, el jueves 24/4, había sido presentado en el mismo salón el sexto volumen de la saga Letras del Face, a cargo de Leticia Baico, y posteriormente, el domingo 4 de mayo tuvo lugar su aparición en Sala Leopoldo Lugones el gran trabajo desarrollado por la compiladora Carla Demark, titulado 52 motivos para no morir.

Como ya es habitual, tuve a mi cargo la presentación de la nueva antología (que contiene relatos dignos del mejor reconocimiento: ya sea por su calidad y creatividad, como también por su apuesta rupturista) y destaqué la importancia del ROI (Programa de Recepción de Obras Inéditas de Dunken) en el campo editorial, como canal de publicación casi excluyente de las letras independientes. Asimismo, contamos en la mesa presentadora con las participaciones especiales de la sutil poeta y compiladora Marita Rodríguez-Cazaux y el reconocido autor y maestro del oficio, Carlos Penelas.

Rodríguez-Cazaux hilvanó su alocución instando a los autores a trabajar en el perfeccionamiento de su literatura. Destacó la importancia de la sencillez en la narrativa y el tono justo en la poética. La autora de Del glamour a la ciénaga, tampoco se privó de recurrir a la picaresca, haciendo gala de su refinado humor y buen decir, ofreciendo uno de los puntos altos de la tarde. 

Por su parte, Penelas, nuevamente rayó a gran altura. El poeta que cuenta en su haber con títulos como Poesía reunida y Poemas de Trieste, entre una prolífica obra que abarca algunas décadas, se hizo uno con la concurrencia a partir de su discurso ocurrente y mordaz, que combina la erudición literaria con la ironía y el humor de corte intelectual. Citó a Emerson y algunos pasajes del Hamlet de Shakespeare, para culminar haciendo hincapié en la necesidad, o más que ello, la obligación, que todo escritor tiene con la lectura.

La Sala Victoria Ocampo brilló otra vez con la emoción de más de un centenar de autores, colegas, artistas, familiares y allegados, que no quisieron perderse la oportunidad de participar de un encuentro tan tradicional como legitimador. 

Como de costumbre, coordinó con eficiencia Sabrina Vega y el personal de la casa estuvo siempre atento para el mejor desenvolvimiento de la actividad. 

Sueños dirigidos, tal el título del volumen, se inspira en la narrativa de Borges, y en particular en un pasaje de "El informe de Brodie", pues al fin y al cabo, la literatura es una búsqueda colectiva y un sueño que va en una dirección: la manifestación cultural de la humanidad.


Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico


domingo, 18 de mayo de 2014

TRIBUTO AL GABO: 87 AÑOS DE VIDA Y CIEN AÑOS DE SOLEDAD


El pasado 17 de abril murió en la ciudad de México a los 87 años el escritor y periodista colombiano, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez. El Ojo Críptico le dedica completamente esta entrega al prolífico autor de El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba y Memoria de mis putas tristes, entre otras.
Escribo este artículo un día después de la partida a la eternidad de Gabriel García Márquez. Nunca, en la relativamente extensa trayectoria de esta columna cultural, le había dedicado una atención directa y personalísima. Si bien rozamos su talento e imprescindible literatura de muchos modos, por razones que ahora me reprocho, no había ahondado en las profundas y mágicas aguas literarias del Gabo de Aracataca. Y, como no hay tiento que no se corte y deuda que no se pague, sea ésta, entonces, la oportunidad del injustamente postergado y tan merecido tributo.
Pero, no haré una crónica de sus logros, ni de sus frases más célebres, ni un decálogo de sus novelas. De ese tipo de recordaciones hay disponibles un sinnúmero, y de seguro realizadas con más virtud y mérito que la que puede ofrecer quien suscribe.  Abordaré al escritor colombiano, integrante del cuarteto de los latinoamericanos más grandes, junto a Borges, Neruda y Vargas Llosa, con una semblanza desde lo más íntimo de mi ser. Les contaré cómo descubrí a GGM y les mostraré de qué manera ha influido en la torpe literatura que este autor produce, pero que se redime ya no a través de lo que escribe, sino por lo mucho y maravilloso que ha leído de estos faros luminosos.
Mi primer contacto con el autor de Cien años de soledad fue a causa de Relato de un náufrago. Eran tiempos juveniles para mí, previos incluso a la formación en la disciplina cultural y artística. Tampoco reparaba mucho en los autores. De hecho consumí la crónica del infortunio del ARC Caldas y del sobreviviente sin reparar nunca que estaba leyendo al gran Gabriel García Márquez. Para muchos, este relato (que originalmente se publicó por entregas en el periódico “El Espectador” de Bogotá, en 1955), no integra lo mejor del autor… pero a mí me resultó fascinante.
Algunos años después, llego a mí casi por casualidad otro texto del colombiano, un cuento: “Sólo vine a hablar por teléfono”. Y este relato sí que resulto inspirador. Los grandes escritores marcan el camino que los más humildes y menos virtuosos seguimos con dificultad. A medida que leía esa maravillosa pieza –que bien ganado tiene su lugar entre los mejores cuentos de toda la historia del género en lengua española–, junto a los de Borges, Walsh, Lugones y por qué no los de Horacio Quiroga, sentía la imperiosa necesidad de escribir mi propio cuento con esa impronta.
Así lo hice. Escribí “Locura”, mi primer cuento capitulado, el que bastante tiempo después sería publicado en Conversaciones con el amor y otros relatos con ese título, y que luego cambiaría su denominación por “7 CRÓNICAS SIN TI y el Octavo Pecado Capital”. En ese cuento siempre traté de seguir la pista de García Márquez. Claro está que perseguir la huella del creador insigne no es copiar. Eso lo hace el todavía menos diestro y sin mayor dificultad. El desafío es apropiarse de un narrador y resignificarlo con lo propio, con virtudes y defectos, excesos y carencias, luces y sombras.
Dicho esto, comparto con todos ustedes ese modesto cuento, como tributo a la memoria del maestro y en palabras que confiesan la poca destreza del discípulo.

7 CRÓNICAS SIN TI y el Octavo Pecado Capital

“Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos,
le arreglaba la almohada para que respirara mejor,
la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría
y una dulzura que ella no había soñado jamás”.
“Sólo vine a hablar por teléfono”,  Gabriel García Márquez

Crónica Primera: Tú.
-          ¡Pero, no estoy loca! –gritó.
Al jalar con fuerza inusitada, desgarró la bata que la cubría y dejó expuestos sus senos. El imponente celador la cubrió con llamativa familiaridad, no asombrándose de su parcial desnudez. La envolvió con una mantilla vieja y gastada que acomodó por encima de sus hombros. Al hacerlo, no dejó de rozarla e invadirle furtivamente el pubis con su mano tosca y desangelada. Ella intentó separarse, pero su resistencia fue insuficiente ante la vulgar acometida.
Crónica Segunda: Él.
-                      Hola preciosa, ¿no estás en casa? Debo decirte algo, sé que no es el momento, nunca lo es, pero debo viajar al exterior en una semana, me salió la posibilidad de una pasantía como economista junior en una consultora londinense y acepté. Son seis meses, si satisfago las expectativas quizás me quede más tiempo. Te amo, pero es una oportunidad que no puedo desdeñar... Espero que me entiendas, tus besos fueron exquisitos y tu piel, mágica, grandiosa, de seguro la extrañaré, pero tú no vas a seguirme y yo no puedo detenerme, así que... ¿Dios dirá no? Te llamo en cuanto pueda. Au revoir... –y el contestador telefónico grabó con mecánica fidelidad el mensaje, como de costumbre.

Crónica Tercera: Yo.
En verdad era una hermosa mujer, en realidad lo había sido antes, con seguridad, pues ahora presentaba gran parte de su rostro con lacerantes e inocultables huellas de quemaduras importantes.
¿Cómo es que estaba aquí? Es posible que sufriera algún desorden, alguna crisis emocional, tal vez algo más complejo, un trastorno más amplio podría ser, pero... ¿quién no? No me parecía que fuera una paciente típica. No presentaba las características de una psicótica, no tenía –a mi entender– rasgos esquizofrénicos, ni paranoia, menos aún estaba catatónica. A lo sumo, una aflicción honda, perturbadora, producto de un gran dolor. Esos casos, en los que la pena se ensañaba en lo recóndito eran, podría decirse, mi especialidad. Más allá de la ciencia incluso, pues confiaba en la sensibilidad, en lo subjetivo y en lo propiciatorio.
Sentía que debía ayudarla, pero en verdad, hasta aquel día en que ocurrió, no me había acercado a ella, por lo menos no lo suficiente. Tampoco había coincidido en consulta de guardia y como yo no estaba al frente del pabellón, y hacía mucho tiempo que no prestaba servicios en él, mi contacto era prácticamente nulo con las pacientes psiquiátricas permanentes; pero ya había despertado mi interés, o más que eso incluso.
Tenía una digna experiencia, llevaba varios años de recibido, mi tesis de grado consistió en un trabajo acerca del impacto emocional que produce una crisis afectiva, las consecuencias psicológicas que derivan de la frustración y la relación que existe entre el abandono efectivo y el comportamiento sexual dentro de los establecimientos estatales de salud mental en países en vías de desarrollo.
El jefe del departamento de psiquiatría era un hombre honrado, pero muy lábil para manejar la disciplina. Le pedí ver la ficha de aquella mujer. No puso objeciones ni reparos, pero me dijo:
-          ¿Y qué quieres tú con ella? Sé que es la golfa de los celadores, no sabes la lástima que me da, tiene la edad de mi hija y de seguro habrá sido tan bonita, pero... ¿Qué puedo hacer yo? Si se la van a pasar igual, por más que la encierre en clausura. Es un demonio sexual la loquita. He pensado en darle traslado, pero, en definitiva, sería ir de mal en peor para ella; acá la acosan un poco, la manosean, pero no le pegan ni la maltratan al menos. Son unos bastardos estos celadores, pero esto es así nene...
Quedé bastante atribulado con ese comentario, me pareció inaceptable que él, un médico y profesor, permitiese que estas cosas sucedieran. No obstante, pensé que mi ingenuidad sobre la bondad de la humanidad era una utopía insostenible.
Aún contrariado, le agradecí su autorización y sólo le comenté –como al pasar– que mi interés se circunscribía a lo profesional, por sí acaso.
-          Ah, una cosa más –acotó el viejo jefe–, es una suicida pertinaz, aquí llegó porque quiso matarse cortándose, quemándose e inhalando gas, todo junto... ¡Pobre piba! Cuando puedas tráeme de nuevo la carpeta. Igual, no hay apuro –y sin mayor preocupación se despidió de mí.

Crónica Cuarta: Ellos.
Llevaban juntos un año y medio. Lo había conocido en el lobby de un hotel céntrico cuando hacía relaciones públicas en un evento de una marca top de ropa interior y lencería erótica y él firmaba balances como ayudante de contador. La química fue instantánea. Claro, ella era una magnífica amante, no porque sumara hombres como etiquetas en su haber –él fue apenas el tercero– sino porque era tan pasional y entregada cuando amaba, que no concebía acostarse con nadie que no le produjese esa fantástica polisemia de sentidos, y a él lo amó.
Tal vez, ella pensó que ése (él) era su destino, el único posible. Quizás su corazón no estaba en condiciones de resistir nuevas pérdidas. Su padre la había abandonado y la madre había muerto tiempo atrás. Puede que hubiere encontrado en aquel novel contador alguien en quien confiar. De todos modos, él se fue en busca de su éxito y ella se quedó aquí, sola, olvidada y con deseos de nadie.
Cuando escuchó el mensaje grabado en el contestador y adivinó la voz que traía tan infausta sentencia echó a llorar. No sabría yo si lloraba más por él, por ella, o por ambos, pero lloró como lo hacen las que aman, con lágrimas de genuino dolor, producto del agobiante sufrimiento de las ilusiones deshechas. Llamó a su amiga y confidente y le dijo que no podría vivir sin él, que así no resistiría, que no podría despertar con esa pena artera, clavada en su pecho, en la mañana siguiente.
Y luego, atormentada y dolida, fue a la cocina y se preparó un café, como quien busca a un oscuro y tórrido compañero, capaz de compartir en silencio aquel penar irreparable. Pero estaba confusa, casi no sabía dónde se encontraba. Quiso guardar en la alacena unos vasos que, junto a otros enseres, estaban sobre la mesada. Sufrió entonces un profundo mareo, intentó asirse de algún borde, pero fue en vano. Cayó pesadamente sobre el mármol y la cocina encendida. Los vidrios cortaron su piel tan blanca y el café, a punto de hervir, quemó los sueños, las quimeras y su rostro de manera irremediable.
Al cabo, la hornalla se apagó y el gas infame inundó el ambiente sin ningún remordimiento.
Crónica Quinta: Tú y algo de mí.
-          No estoy loca, no quise suicidarme, no me agrada que me violen estos simios hijos de la chingada –y señaló a los celadores que estaban detrás de la puerta–. Me quiero ir de aquí. Pero, ¿quién le hace caso a alguien que está con esta bata de mala muerte, casi desnuda, descalza, destrozada anímica y físicamente y con estas malditas marcas que tengo en la cara y en los brazos? –dijo, con voz inquebrantable, aunque un tanto apagada por los psicotrópicos.
-          Tal vez yo... –respondí.
-          ¿Y quién demonios eres tú? Un súper héroe afeminado... digo, porque hasta ahora no me metiste mano, ni me quisiste desnudar, ni nada. Es posible que seas homosexual y tal vez por ello me parezcas más educado –resopló.
-          Sólo tengo interés en ayudarte. Advertí que algo pasa contigo. En verdad te creo, porque sé que no estás loca. Para decirlo más apropiadamente, no tienes disfunciones mentales que te impidan reconocer la realidad, el tiempo y el espacio, ni representas un peligro para los demás ni para ti misma. Pero, sé bien que con el tiempo, aquí, eso irá de mal en peor y terminarás en igual o peor estado que muchas de tus compañeras...
-          ¿Y qué tengo que hacer para que me saquen de aquí? Estoy cansada, ¿sabes? No hay justicia para la loca, ¿te das cuenta? Entrar aquí es un viaje de ida, un pasaporte a la enajenación y a la degradación. ¡Resulta que te clavan un estigma y nadie te salva! ¡Nadie te cree nada! Te oyen y no te escuchan. Sólo creen en estos médicos burócratas que no hacen nada por los enfermos, salvo hacerlos pudrir en un mundo de soledad, carencias de todo tipo y promiscuidad. Lo más curioso es que tus amigos, tu familia, tus allegados, le hacen caso a estos tipos... Les dije mil veces que se cansaron de violarme. Creen que son inventos míos... ya ni fuerza tengo para resistirme, ni para hablar... Estaba mal, al borde del abismo, pero acá estoy en el fondo. ¿Entiendes?

Crónica Sexta: Yo, de nuevo.
Yo había escrito en mi tesis: “(...) que las cuestiones afectivas pueden producir desórdenes temporarios del comportamiento emocional, llegando incluso a tener manifestaciones similares a patologías más graves, las que, basadas en un mal diagnóstico, pueden verse acrecentadas mediante la acción que producen los psicofármacos de corriente prescripción, juntamente con la desconexión espacio temporal que produce el encierro... Todo esto, podría configurar un cuadro psicológico inextricable para un profesional ajeno a la historia vivencial del paciente en cuestión...”.
Desde luego que si a ello le sumamos el trato y el destrato que reciben estas pobres almas en algunos lugares que funcionan como depósitos de personas y el sometimiento carnal so pretexto de peores pesadillas, junto a la certeza asumida en torno a lo irreversible de su condición, el resultado no puede ser sino: la más atroz y brutal locura, cuando no el suicidio, una y otro inducidos por un sistema criminal, perverso y decididamente infrahumano.

Última Crónica: El final de los dos.
Con el tiempo conseguí hacer los arreglos pertinentes y cumplir con todas las formalidades para que ella pudiese recuperar su vida. Hoy día nos comunicamos de vez en cuando y de tal manera me cercioro de que está bien y me agrada que así sea.
Me satisface haberla ayudado, aunque, creo en verdad que: a pesar de que se me considera como un hombre que se jugó por una causa, que peleó contra el sistema y que cambió, en alguna medida, el paradigma del tratamiento psiquiátrico en el país, no tuve en realidad el valor necesario para amarla.
Es cierto que sabía demasiado acerca de ella y que siempre asumí que no se es feliz, sino a costa de algunas (todas las necesarias) ignorancias –en franca contradicción con mi formación profesional–.
No obstante, ahora me doy cuenta de que no hay vestigio de valentía en mí, tampoco de cordura, pues me siento misérrimo y del todo vulnerable.
Renunciar a su amor ha sido una locura, de ésas que están exentas de tratamientos pero condenadas desde el vamos, sin la más mínima posibilidad de redención. O, más aun, diría que fue un pecado, tal vez el octavo capital. Por ello, como bien suponen, yo no tengo quien me salve.

Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico 

domingo, 6 de abril de 2014

FRANCISCO, UN PAPA A LA MEDIDA DE LA SANTIDAD


Durante el pasado mes de marzo, el Papa argentino cumplió su primer año de papado. La impronta de Francisco es tal, que se ha convertido en la figura mundial más relevante. Por primera vez en la historia de la Iglesia el actual pontífice convive con un Papa emérito y en tan sólo 12 meses produjo una poderosa renovación de la institución y la fe cristiana. En esta entrega los aspectos más sobresalientes que igualan a Francisco con sus predecesores, para ofrecer la versión más singular de un Papa Siglo XXI llamado a la santidad.


Para empezar, debo confesarles que espero encuentren a estas notas interesantes. Siempre se tejieron misterios en torno a los sucesores de Pedro. Pocos lugares deben ser tan enigmáticos y cargados de secretos como la Capilla Sixtina, las recámaras del palacio apostólico o las grutas vaticanas. 

Tanto es así que incluso en tiempos relativamente cercanos se han urdido rumores de todo tipo: desde el eventual envenenamiento del pontífice de la sonrisa, Albino Luciani, cuyo nombre papal fue Juan Pablo I y gobernó la Iglesia apenas 33 días en el verano europeo de 1978; hasta la eventualidad de que hubo un Papa que no fue en 1958, Gregorio XVII, es decir el cardenal Siri, quien habría renunciado en pleno Cónclave. El mismo Cónclave que terminó eligiendo a Juan XXIII, el llamado "Papa bueno", y a cuyo secretario personal creó cardenal Francisco en el último consistorio, a pesar de tener 99 años de edad y no haber sido considerado por sus predecesores para la obtención del capelo cardenalicio. 

Todos misterios de la Iglesia, institución que le otorga al Papa la infalibilidad en cuestiones de fe, pero que suele presionar a los vicarios de Cristo en todas aquellas otras cuestiones que hacen a la vida terrenal y más prosaica. 

En esta apostilla referida al Papa argentino, sólo diré que en su presentación desde el tradicional balcón que da a la Plaza de San Pedro, Bergoglio repitió casi sin modificaciones las palabras de Juan Pablo II. Si buscan en YouTube, notarán que la introducción es prácticamente la misma: no parece una casualidad que el ex arzobispo de Buenos Aires haya escogido seguir la huella del Papa Wojtyla, quien a él lo creó cardenal en 2001; máxime ahora que todo indica que será justamente Francisco el que hará santo al pontífice polaco fallecido en 2005. 

El camino de la santidad, se construye desde el primer día y trataremos de dilucidarlo en estas líneas.

Ya señalé la similitud del mensaje inaugural de Francisco con el de Juan Pablo II. La forma, el tono y el mensaje, incluida la mención de ser obispos de la periferia y no de la centralidad de la curia romana, igualaba a ambos pontífices. Ahora quiero acercarles un dato tal vez menos conocido: el parecido del Papa Bergoglio con Albino Luciani, es decir Juan Pablo I, el hombre sobre el cual aún hoy se ciñe un manto de duda acerca de su súbita muerte en la madrugada vaticana de su trigésimo tercer día al frente de la Iglesia.

Deben saber ustedes que los obispos al ser ordenados escogen una heráldica (escudo) y un lema. El de Albino Luciani era una sola palabra: "Humildad". A Juan Pablo I se lo recuerda como "el Papa de la sonrisa", o de "la sonrisa de Dios". Ocurre que el ex Patriarca de Venecia (posición que también ocupó Juan XXIII), fue un hombre de origen muy sencillo y vida consagrada, simple y austera. Tal es así que muchos creían que aquel "humilde" cardenal de 65 años de edad preocupado por los que menos tenían, no estaba preparado para la responsabilidad y dignidad papal. 

Grata sorpresa fue entonces el Papa Luciani en el año del Campeonato Mundial de Fútbol realizado en Argentina: el sacerdote sin lujos ni boatos metió de lleno las narices -y su vida toda- en la sinuosa y críptica ruta del dinero del Vaticano, pero su tiempo terrenal le resultó esquivo. En actualidad Francisco toma esa posta, a sabiendas de que la humildad y la devoción por los pobres son valores imprescindibles en la construcción de la santidad. 

Pero, ciertamente, ¿es posible creer que un hombre (aun de la dimensión religiosa y ética del Papa), piense en la santidad para sí? A fe les digo que mi respuesta es afirmativa. De todas las dignidades terrenales posibles, la de Sumo Pontífice asoma como la más singular y extraordinaria, y es –tal vez– la que más trascendencia y legado exige. 

Un Papa santo no es solamente un emprendimiento personal del “elegido”, o una satisfacción del propio ego (más si consideramos que la santidad se concreta post mortem). La santidad es un objetivo altruista, en beneficio de la institución y de la creencia, pues las vidas santas que derivan en canonizaciones (previa acreditación de los dos milagros, por supuesto) siempre renuevan las alianzas de los fieles con la fe.

El desempeño del Papa Bergoglio al cumplirse el primer año de su pontificado parece el ideal: se convirtió en la figura más relevante a nivel mundial, sorprendió a propios y extraños con la sencillez del pastor vicario de Cristo, avanzó a paso firme hacia su “proyecto de Iglesia” y se reveló también como un competente hombre de Estado, templado y firme.

Las metas de este mundo parecen haber sido cubiertas con creces por Francisco, en el porvenir quedan pues las celestiales. Todos nosotros tenemos el privilegio de ser contemporáneos y coterráneos de un hombre nacido para ser Papa… y posiblemente para ser santo. 

Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico


jueves, 20 de marzo de 2014

A BARAJAS


Volveré por el sendero del olvido
a buscar un recuerdo del pasado.
Me hallaré trajinando tempestades
en el tiempo en que aún estaba vivo.

No perseguiré fama ni fortuna
pues no es de humilde peregrino
imponerle a otro la cruel ruina
y pretender el fulgor del redivivo.

Vuelvo mi mirada a lo pretérito
y ante Él me inclino penitente
implorando piedad, arrepentido.

Ahora que vengo a rendir cuentas
condenado al sinfín de la mortaja
mi vida, entera, va a barajas.


Ricardo Tejerina / 2014