viernes, 25 de noviembre de 2011

PASIÓN ARGENTINA

 RT

Vuelo sobre el norte del país soñado,
por encima de montañas bañadas de ocre,
por sobre los lechos de los ríos desnudos,
por sobre las nubes de sombras y asombros.

Veo los poblados, los techos de adobe,
los caminos mansos, los frutales tiesos.
Un sol peregrino seduce al ala,
cuando los vientos le proponen su juego.

En mares de nieblas navego mi suerte,
arrojando al destino mi apuesta más fuerte.
La tierra difusa me ofrece su ausencia,
abriéndose en llagas de antiguas afrentas.

La América irredenta se mira a sí misma,
sus valles, sus cerros, desafían al cielo.
La altura me enseña su magnificencia,
me recuerda lo grande de aquella querencia.

Si en este instante bajar yo pudiera,
si soltara amarras y allende me fuera,
hasta la Pachamama quizás llegaría,
hasta las entrañas de la tierra nuestra.



Ricardo Tejerina / 2011

martes, 15 de noviembre de 2011

LENGUAJE ANIMAL

Walt Disney

Muchas veces me pregunté qué es lo que comunican los animales (o los pájaros, o los peces) con sus sonidos. Están los que rezongan alegremente, los que se hunden en un lamento sin consuelo, los que trinan y cantan aun en los abismos, o los que desafinan apelando muy orondos a graznidos y balidos. Y, también, está lleno de los que ladran o maúllan y viven junto a nosotros. Sea como fuere, yo, como la mayoría de los míos, apenas hablo.
Sucede que esta duda cartesiana me llevó a intentar durante un día completo darme a entender como lo hacen los animales. Fui a Starbucks (hay uno enfrente de mi departamento) y pedí mi desayuno con un gruñido perruno, pero, a decir verdad obtuve mucho menos que lo que el Boby consigue sin esfuerzos (lo sé, es una obviedad, pero no me nieguen que todos asumieron que el Boby es un perro). Camino al trabajo di unas cuantas olfateadas y suspiré en el subterráneo apelando a un ronroneo. Huelga decir que las pasajeras (sobre todo las más jóvenes y las señoras más grandes) no se sintieron muy cómodas con mi compañía. Lo percibí vivamente porque mientras el resto del pasaje viajaba como sardinas enlatadas, a mi alrededor, en cambio, comenzaron a dibujarse claros muy evidentes (a este fenómeno se le opusieron un par de cuarentonas que jugaban a ser gatas y un punga con cara de Bulldog). Tipo mediodía, a mi jefe me le planté con una serenata elefantiásica. Sabrán que me llevé de su oficina una respuesta soez que me invitaba a introducirme la trompa no sé dónde. A la hora del té me dispuse a efectuar mi mejor acto: caminé entre mis compañeros de la compañía como un pingüino emperador e intenté seducirlos con un canto de ballenas azules. Prontamente, la gente del cuerpo médico me dio la salida, aduciendo que mi comportamiento extraño podría deberse al estrés que me producía la fusión con la empresa extranjera que el Directorio había anunciado la semana pasada (debe tratarse de una venganza de la psicóloga, una tilinga de proceder masculino a la que no le paso bola). Bastante decepcionado con todo esto, me apersoné en casa de la Tana, mi novia de toda la vida, y le declaré todo mi amor por el portero eléctrico con un falsete de canario al mejor estilo Farinelli (ahora que lo pienso me doy cuenta de que mi intento de fusión de canto de ave con el célebre castrati no fue para nada feliz). Estoy absolutamente seguro de que he caído en el más absoluto destrato de mi futuro suegro, ya que en lugar de la voz dulce de mi amada, el parlante callejero amplificó un rosario de gruesas maldiciones peninsulares (me pregunto si habré tocado el timbre correcto… en fin).
Como los hechos pasaron de castaño claro a un oscuro irremediable, juro que el regreso a casa fue terrible. Descorazonado bajé del colectivo y caminé bastante rápido sin hacer las acostumbradas paradas en el quiosco o el café. Para colmo, me demoré unos minutos en la puerta de calle de mi edificio porque no encontraba las llaves por ningún lado. En eso, bajó la vecina del quinto con su hermoso perro labrador. La mina ni me vio (nunca me ve) pero el cuadrúpedo me miró con gesto sobrador. ¡Andá a deponer! –le dije moviendo los labios con la lentitud y la voz baja que uno suele utilizar cuando le hace monerías a un bebé (todos sabemos que lo provoqué diciéndole otra cosa).
El susodicho can dio dos o tres indiferentes pasos; luego, y como quién no quiere la cosa, giró la cabeza y apuntándome con el hocico mojado me espetó un guau sostenido y profundo, que en lenguaje de perros quiere decir algo así como: “a eso voy, gil”. Y, en ese preciso momento, me di cuenta de que había respondido la cuestión con que comencé este relato.

Ricardo Tejerina / 2011

viernes, 11 de noviembre de 2011

REVOLUCIONES

Wilfredo Lam

-¿Y si lo hacemos, y ya? –me preguntó, mientras se desperezaba y quitaba las lagañas de los ojos.
-Estás loco –le dije.
-¿Loco yo? –se apuró a responder–. ¡Por favor! Es muy fácil, cuestión de animarse. ¿Sabes qué es lo que te hace ganar una batalla? La decisión. El estar dispuesto a hacer algo más que tu enemigo…
-Lo que te hace ganar las batallas son las balas, los ejércitos, las tanquetas… Mira a nuestro alrededor, somos un puñado. Si sólo fuera cuestión de querer, sería tan fácil… –le repliqué.
-Desde luego, ¿quién dijo que todo eso no hace falta? Pero no alcanza. Hay que tener el coraje, y sí, hay que querer ganar. Nunca ha vencido nadie que no haya querido hacerlo. Todo gira alrededor de dos palabras: “yo quiero”. Los que quieren ganar tienen dos chances: ganar o perder. Los otros, sólo una, te imaginas cuál. Lo que me falta de armas, lo compenso con lo que me sobra de convicción. No peleamos una guerra, sino que nos batimos en guerrillas. ¿Comprendes?
-Entiendo –le dije–. Pero, ¿por qué la ventaja sería nuestra?
-Porque yo estoy dispuesto a morir y los cobardes sólo quieren vivir a como dé. Huyen como ratas –concluyó el Che.
A los pocos días, Batista ya no era el presidente de Cuba.

Ricardo Tejerina / 2011

miércoles, 9 de noviembre de 2011

MEMORIA DE CINE

El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat, 
o el arte de contar una historia mientras se habla de arte.

El cine, también llamado el séptimo arte, como consecuencia del reconocimiento cronológico de las artes clásicas, es uno de nuestros principales compañeros en el tránsito cultural del siglo XX y lo que va del XXI.
Desde aquellas primeras proyecciones de los hermanos Lumière, ocurridas en Francia durante 1895, hasta la actualidad, el rodaje no se ha detenido pero, sí, mucho ha cambiado.
En tiempos de globalización, donde la soberanía ya no sólo se define por el territorio o el propio Estado, sino por el capital simbólico, el cine es una de las industrias culturales más importantes de la modernidad dada su capacidad de intervenir en la lucha por el sentido y el significado.
Ha sido pues el cine en numerosas oportunidades el vehículo de la denuncia y la demanda de verdad y justicia, y por su masividad también es una de las artes más vinculadas al testimonio político y social, además de las bondades estéticas que pueda contener cualquier producción que valga la pena.
Nuestro cine atesora perlas valiosas además de las multipremiadas La historia oficial y el más reciente filme de Campanella El secreto de sus ojos. Si se me permite la discrecionalidad de la subjetividad y una muy acotada retrospectiva de los últimos treinta o cuarenta años, diré que títulos como La tregua, La Patagonia rebelde, Darse cuenta, Los últimos días de la víctima, Gracias por el fuego, Esperando la carroza, La deuda interna, Gatica, el mono, Nueve Reinas o El hombre de al lado, merecen estar en cualquier descripción de lo más destacado de la producción nacional.
Además de éstas, también merecen ser reconocidas muchas “películas artesanales” que, a pesar de no acceder a la gran taquilla (por cuestiones de distribución y pantalla) han logrado instalarse como referencias de ese otro cine menos industrial, pero no menos virtuoso, como es el caso de, por ejemplo, Mundo Grúa de Pablo Trapero. Es por ello que hacen falta muchos más ciclos y festivales regionales y locales de exhibición como el BAFICI de la ciudad de Buenos Aires, justamente para posibilitar la visibilización de la diversa y generosa actividad cinematográfica argentina, además de acercarnos lo más sustantivo del cine independiente de producción internacional.
Finalmente, un testimonio y una confesión. La declaración tiene que ver con la expectativa de tener en la Argentina un INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) más transparente y democrático, orientado a la optimización estética y productiva del cine nacional, sin sectarismos ni prebendas. Y la confesión se fundamenta en el convencimiento de quien suscribe acerca de la importancia estratégica que tendría para nuestro país poder convertirse en un polo cinematográfico continental, superando holgadamente nuestras marcas actuales.
Todavía resuena en mí la frase atribuida al ex presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt: “primero les vendemos las películas, luego los lavarropas” (refiriéndose al mercado internacional). En el siglo XXI, a no dudarlo, los bienes simbólicos serán uno de los ejes principales de la economía mundial. 
 Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico

martes, 1 de noviembre de 2011

DAIMONION

Paul Gauguin

Algunas olvidadas leyendas urbanas sostienen que hay calles de Buenos Aires que te llevan a las puertas mismas del Infierno. Sé que esta fe puede parecer ilusa o un alarde de surrealismo no acorde con la época. De todos modos, he sabido que en la calle Pasco, entre Chile y México, hay un portal al inframundo. Claro que estas cosas no son del todo evidentes, tampoco del todo insospechadas. Sólo hay que prestar atención y saber dónde mirar. Me han dicho, incluso, que algunas noches se han dejado ver por el barrio jóvenes demonios que presumían de su poder. Cortaban el fondo de las bolsas de residuos, entintaban timbres, provocaban a los incautos y les hacían cuernitos (otras versiones menos confiables sostenían que esas diabluras eran producidas por los pibes de la cuadra). En alguna ocasión me he aventurado por el lugar, atreviéndome con cierta excitación a la experiencia sobrenatural. No he tenido mucha suerte, pero, ahora que recuerdo, una noche que llovía a cántaros me refugié en la entrada de la Parroquia de Santa Rosa de Lima que está ubicada en la intersección de la avenida Belgrano y Pasco, a escasas dos cuadras de la supuesta entrada del Averno. Me pareció ver en su cúpula a dos figuras con apariencia humana que mutuamente se interpelaban. En verdad todo sucedió muy rápido y con el tiempo puse en duda dicha observación, asumiendo que podía tratarse de un subjetivo desvarío. Sin embargo, algunos años después leí una novela que también daba cuenta de ese suceso, lo describía de la misma forma y aseguraba que esas figuras que yo había visto: en verdad pertenecían al arcángel Miguel y al propio Luzbel.[1] Hoy mi razón se reduce a dos interrogantes: ¿Quién sabe si es real la realidad?, y ¿quién puede asegurar que el demonio no camina entre nosotros? Sinceramente, les digo que aún no decidí a cuál abocarme primero.
Ricardo Tejerina / 2011  


[1] Ricardo Tejerina, Lilithla. La tentación tiene nombre de mujer.