jueves, 24 de febrero de 2011

DEL COROLARIO DE ASIMOV A LA PARADOJA DE TEJERINA


Isaac Asimov entronizado, Rowena Morrill

 El corolario de Asimov

“Si una herejía científica es ignorada o rechazada por el público,
existe alguna posibilidad de que sea correcta.
 Si una herejía científica es apoyada por el público en general,
casi seguro que está equivocada.”

Isaac Asimov

Repasando la obra de Asimov uno llega a la conclusión que es un escritor imprescindible y extraordinario. Por caso, es el autor de Yo, Robot y El hombre bicentenario entre tantos otros relatos de ciencia ficción.
Leer a Asimov es siempre una aventura, navegar por su universo imaginario produce inacabables deslumbramientos, pero, adentrarse en los círculos más íntimos de su razón puede resultar abrumador y lograr sumirnos en el más hondo desconsuelo.
En lo que él mismo llamó su corolario, da por seguro que los hombres tienden a creer en todo aquello que les proporcione felicidad o que les alivie la conciencia de la finitud, y que de esa necesidad (la existencia de una trascendencia) surgieron las religiones, los mitos y, naturalmente, todas las supersticiones.
Asimov explicaba que la ciencia, a través del tiempo, se ha encargado de dejar sin fundamentos a los enunciados religiosos y que sobran los ejemplos sobre el particular desde Galileo hasta nuestros días. Razón por la cual aseguraba respecto de la muerte que la misma es “la permanente disolución de la personalidad” y que “tras ello, en cuanto a la conciencia individual, no hay nada”.
Entiendo que su última afirmación encuadra en una herejía científica, y que para vulnerar su acierto (siguiendo lo expuesto en su corolario reproducido en el epígrafe) todos deberíamos apoyarla firmemente, hecho que “casi seguro la tornaría equivocada”.
 Como en todos los casos siempre se trata de creer en una u otra cosa, he llegado a una conclusión que di en llamar: La paradoja de Tejerina, puesto que es una buena opción creer en Asimov para alentar, por oposición, la posibilidad de perdurabilidad eterna del alma humana.
Como habrán notado, he resuelto darle un uso utilitario a mi credulidad y también a mi fe. Los invito a hacer lo mismo sirviéndose de mi paradoja, la que define que: "Creer en Asimov es, al mismo tiempo, fortalecer la hipótesis contraria."

Con respeto y admiración
a Isaac Asimov (1920-1992).

Ricardo Tejerina / 2011

miércoles, 23 de febrero de 2011

EL SUSTITUTO

Ernst Kirchner

A Jorge Luis Borges

Hubo una vez un hombre incapaz de alivianar su alma sirviéndose del olvido, pues todo, hasta el mínimo detalle de la circunstancia más banal o más trágica y dolorosa, él recordaba. Se apellidaba Funes y según he leído por allí, ese hombre ha muerto. Me he preguntado si existe alguna capacidad, destreza o habilidad de los mortales que fuere más cruel que la que el memorioso Funes poseía. En verdad, no he hallado mucho que me resultase convincente. A menudo tiendo a pensar en la gravedad de la relación existente: Al único hombre que todo lo recuerda, se le opone la completa humanidad que todo olvida. Me surge que ese equilibrio es perenne y se abre paso a como dé lugar. Sucede que Funes ha muerto, y yo, me he dado cuenta, de que no puedo olvidarlo. 

Ricardo Tejerina / 2011 

 

martes, 22 de febrero de 2011

INTERVALO DE AMOR

Salvador Dalí

Sé que me quedé un largo rato a la vera de su lecho. Ello ocurrió algunos días antes de su último viaje. Siempre sentí una gran admiración por aquella dama que parecía pertenecer a otros tiempos definitivamente idos. Como de costumbre fui su silencioso confidente. Ahora que ha partido, sólo me queda escribir lo que me ha relatado. Creo que para honrar su memoria, pero también para burlar al devorador de recuerdos. Esto fue lo que me dijo aquella última vez, sin el mínimo atisbo de resquebrajamiento en su voz y sin siquiera una esperable dubitación, producto de la cruel enfermedad que padecía:
“Hace tanto tiempo ya, que no tengo la referencia exacta de algunos acontecimientos. No obstante, no se me ha olvidado que, en aquel cine y mirándolo a los ojos, le dije que no lo amaba, y que solamente había sido algo pasajero en mi vida, o más bien un amor de intervalo, una interrupción, de ésas que se estilan en las películas tan largas.
No me arrepiento de ello, pero no falto a la verdad al decir que, aun tan lejos en el tiempo y a la distancia, hay cosas de él que extraño. Es curioso como se produce el asalto de un hombre al corazón de una mujer. Por lo general sucede en el momento en que estamos absolutamente seguras de que no va ocurrir, mas, de pronto, nos encontramos besando al amor de nuevo y preguntándonos una y mil veces cómo es que nos pasa esto que tanto deseamos pero que, a la vez, tan vulnerables nos deja.
Buscando al hombre diferente me empaché de los iguales. Ni buenos, ni malos, tan encantadores en los primeros instantes, como intrascendentes con el correr del minutero de la vida. Sucede que los hombres funcionan de manera exactamente opuesta a la mujer. Prefieren orgasmos rápidos, se interesan por las cosas mientras no las obtienen, no poseen memoria afectiva y son débiles para sostener el peso de una relación comprometida y perdurable. En paralelo, y lo peor de todo, está su incorregible dispersión, excepto cuando se deslumbran y luego, por añadidura, se enamoran... Y allí empieza el verdadero problema.
Sé que lo sorprendí, puede incluso que lo haya lastimado, cuando decidí ponerle fin a nuestra breve pero pasional relación, pues ellos, vaya una a saber por qué motivo, son capaces de percibir cuando nos estamos enamorando, y él, para bien o para mal, lo sabía, incluso antes de que yo misma lo aceptase como ahora es que lo hago.
A pesar de ello, nunca presumen que podemos, a costa incluso de sufrir como la mismísima Magdalena, terminar abruptamente y hacer de cuenta que aquí nada ha pasado, aunque, en verdad, sentimos la garganta tan seca como el desierto sufre su pertinaz aridez.
Mientras duró nuestro affaire, me sentí tentada y casi cedo, involuntariamente por supuesto, a dejarme desbarrancar por la pendiente del amor, pues, si bien estaba siempre atenta a lo que pudiera escuchar de mi interior, la piel me podía más, las sensaciones de maravillosa proximidad de nuestros cuerpos me ganaba.
Encima, sabido es que cuando nos empezamos a enamorar nos ponemos más hermosas, más lúcidas, más brillantes, como si fuésemos avisando que estamos felices, radiantes, completas... Quizás eso sea lo que ellos advierten, aunque también es posible que crean que son la causa,  y  hoy yo  pienso que  tienen que ver mucho más con el efecto. El efecto que el amor nos produce y que ellos tienen la cualidad de hacérnoslo recordar.
Hoy, soy una mujer grande, cuya dignidad más asombrosa es no haber vivido de memoria, ni haber hecho de la rutina un hábito de seguridades. Me he arriesgado a disfrutar, y también he perdido en el intento, mas las veces que he ganado me han compensado en demasía y aun habiendo perdido, la decisión fue toda mía.
Sin embargo, luego de haber visto al amor a la cara y tan de frente, confieso que, tal vez, no haya dejado que me amen todo lo que hubiera merecido, quizás porque no quise sufrir más de lo que hubiera soportado. Pero, me he acercado al fuego y sé que su calor es tan seductor, como adictivo y luminoso, y en buena hora que he podido advertirlo de tal modo.
Posiblemente, él haya sido quien más cerca llegó a mi amor tan protegido. Quizás por ello su paso haya sido tan vertiginoso, tan volátil y tan fugaz, pues, si de algo estoy segura, es que de haber sido una historia aún hoy la estaríamos escribiendo. Siempre resistiéndonos a que tuviese un irremediable final, para así poder disfrutarnos apasionadamente en esos intervalos efímeros que sólo el amor completa de la manera más fantástica. Intervalo que yo aún estiro y alargo en mi atribulado corazón que, como antes tanto lo añora y que, como siempre, tanto lo recuerda. Porque sé que, a mi hondo pesar, ya no me quedan más películas por ver.”
Y el domingo siguiente, por la noche, rauda partió en paz. Presiento que en busca de él.

Ricardo Tejerina / 2008-11


sábado, 19 de febrero de 2011

¿QUIÉN?



Vincent van Gogh
 
¿Quién sabe cuán profundo es el mar?
¿Quién sabe cuán alto está el cielo?
¿Quién sabe cuánto la amo?
¿Quién sabe si dejé de amarla?
¿Quién sabe si la perdono?
¿Quién sabe si estará pensando en mí?
¿Quién sabe si pueda olvidarme?
¿Quién detendrá esta conmoción de amor?
¿Quién me acercará su voz deseada?
¿Quién puede juzgarme? ¿Quién condenarme?
¿Me amas? ¿Qué esperas entonces?
Aquí te conocí y aquí te busco.
Sí, tú, ven a mí otra vez.


Ricardo Tejerina / 2009



viernes, 18 de febrero de 2011

CUENTO DEL HADA Y EL ÁNGEL

Dante Rossetti

-         Y tú... ¿Eres feliz? –preguntó el hada.
-   Creí que lo era, ahora, descubro lo mucho que me has faltado... –respondió él ángel.
            Y su sentencia resonó en los oídos de ella como la más dulce música proveniente del Paraíso prometido o de La Atlántida tan soñada. Lo sintió subido a su nube tan alta, lo invitó a guarecerse en su regazo y le regaló una amplia sonrisa, llena de deseos, de chispeantes sonidos y de ese candor tan suyo y maravilloso.
            Uriel, cuyo nombre se debe a que de algún modo guarda en sí una llave cual terrible secreto (aquélla que en otras manos devendría fatal, pues nadie es más indicado que él para recibir en custodia aquello que resulte ser tan valioso como implacable), sintió el amor que lo inundaba, que le brotaba y florecía, que irradiaba e iluminaba con su fulgor cada rincón de su alma peregrina... Y cedió ante aquella dama que le tendía su mano blanca y delicada para guiarlo por el camino que –previamente– había construido para ambos, aún sin conocerlo.
            Ella, que tímida esbozaba historias de amor enamorado, amor del puro, del verdadero, del más angelado sentimiento, del que se apodera del poeta, del que presumen las musas, del que templa corazones y enciende las pasiones, del que atraviesa el tiempo y que por tan sublime deseo se hace eterno, sucumbió en las aguas claras de esos amores tan grandes, que te esperan cual designio del destino cuando ya no has de venir... Y lo descubrió de a poco, porque se lo bebió de golpe. Y lo miró desde lejos, porque lo advirtió inmediato. Y lo idealizó maravilloso, porque lo sabe corriente. Y lo amó con locura, porque sublevó su cordura.
            Juntos, una tarde soleada desafiaron al Libro de la Vida, que prudentemente los había incluido, mas en hojas diferentes, en capítulos separados, en historias inconexas, en tiempos tan distantes y en espacios tan distintos.
            Pero el Libro de la Vida siempre puede ser reescrito cuando dos almas se unen en silencio penitente y en él inmolan sus sentires. No hay letra que por escrita no pueda también ser cambiada, pues el final de esta historia, ellos lo saben, aunque en parte, está en sus manos... Y quizás sea un principio. Tal vez un nuevo comienzo, una travesía dentro de otra, un relato que no acabe.
            Y la tarde tornó en noche con la tormenta gestándose, y el cielo se cerró sobre ellos con sus ojos extasiados. Y fue así que vio azorado ese amor tan excelso y él también se enamoró cuando los amantes le contagiaron sus deseos más románticos. Y entonces pidió por ellos, por ese amor alocado, sin razones ni motivos. Se hizo cómplice fabuloso y conspiró por la causa. Pidió al Señor de Señores que les conceda el milagro. Habló a favor de esa hada, suplicó por ese ángel, que, al unísono y rogando, por aquel amor clamaban.
            Dios entonces, tan justo y tan severo, se avino a presentarles mirada, los conminó a que dijeran a cuánto estaban dispuestos. Ellos no pudieron, no supieron, las palabras habían partido, los sonidos se escurrieron, el temor los invadía en sus almas indivisas. Y así fue que el Señor de todos los tiempos tuvo gran misericordia de ese amor tan postergado y lo bendijo diciendo:
-         Querido Uriel, bienamado, devuélveme tú la llave, pues no hay mortal secreto que no te haya sido revelado. Ya no entrarás al Abismo, pues en el amor de tu hada, ella y tú, resultan salvos.

Ricardo Tejerina / 2009

jueves, 17 de febrero de 2011

CARICIAS PARA EL ALMA

Claude Monet
Quiero acariciarte el alma aunque estés tan lejos.
Quiero que sientas mi mano invisible que llega hasta ti.
Quiero que vueles fantástica y que el cielo se abra para mostrarte toda su grandeza.
Quiero que despiertes radiante porque estás feliz y completa.

Quiero acariciarte el alma aunque estés tan lejos.
Quiero desvelarte en las noches sólo para desearte que sueñes.
Quiero cada una de tus palabras y brindarte las mías.
Quiero que fluyas, que transcurras, que sientas que la vida es plena cuando es vivida.

Quiero acariciarte el alma aunque estés tan lejos.
Quiero que tus mañanas sean soleadas y tus días de verano.
Quiero que el mar te revele sus secretos y se rinda a tu mirada.
Quiero que nunca encuentres mis puertas cerradas.

Quiero acariciarte el alma, así, bien de cerca.
Que te sientas pequeña y hermosa, especial, fabulosa.
Quiero que seas vivaz realidad, no sólo reflejo.
Porque hoy acaricio tu alma, aunque estés tan lejos.  

Ricardo Tejerina / 2008

miércoles, 16 de febrero de 2011

LA MONEDA DE LA VIDA

Pablo Picasso

Dorian Gray[1] (7) guardaba, vedado a toda mirada y en una oscura y fría habitación de su casa, el retrato que lo representaba abominable, ya que el mismo no sólo evidenciaba las marcas del paso del tiempo, sino y fundamentalmente, exteriorizaba la decrepitud moral y espiritual de Dorian...
A ella, desde pequeña la sedujeron los espejos, le parecían puertas brillantes a otros mundos y le agradaba lo que a diario contemplaba. La vanidad cotidiana encontraba feliz paga frente a ellos. Creció pues rodeada de reflejos. Durante años, los espejos le devolvieron todo lo que quería ver...
Dorian no pudo con su cruz. No obstante, afortunado, codiciado y amado, no pudo resistir la coexistencia de su álter ego putrefacto, horrendo y vergonzante. Mató a su retrato y se mató a sí mismo, pues, en definitiva, Dorian y el retrato eran lo mismo. Uno público y resplandeciente, otro privado y deplorable. La moneda de la vida siempre tiene dos caras...
Para ella, para todos, el tiempo pasó de manera inevitable. La vida misma con su transcurrir, a pesar de buena y acomodada, le trajo consigo las huellas de su derrotero inexorable. La vanidad cotidiana fue tornándose en resentimiento y desagrado. Los espejos, esas puertas brillantes a otros mundos, ya no le devolvían lo que quería ver. Pasó la mitad de su existencia admirándose y el resto penando por no sentir lo mismo. La moneda de la vida siempre tiene dos caras...
Juventud y belleza, divinos tesoros. Error del creador tal vez... al acuñar ambas del mismo lado, porque, siempre, la moneda de la vida tiene dos caras.

Ricardo Tejerina / 2008


[1] El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde (1854-1900).



martes, 15 de febrero de 2011

LA PITONISA

Janto Garrucho

-          ¿Tienes tiempo para otra historia? –me preguntó.
-          Sí, pero no sé si quiera escucharla… en realidad, esta vez yo podría regalarte una. Fíjate que te contaría acerca de La Pitonisa… –respondí.
-          ¿Estás diciéndome que la has conocido a ella? ¿A La Pitonisa? ¿Aquélla que tiene una leyenda detrás y que se la presume escondida en infinitos rostros?
-          Justamente. La Pitonisa. La que ha enloquecido a hombres de toda clase y laya. La que con su magia seductora ha destrozado el sano juicio de probos y doctos señores. La que en mortal lujuria sumió a incautos que no sabían de pasiones… o que creían saber y demostraron ser apenas aprendices.
-          Pues, mi amigo… estoy ansioso entonces. Quiero saber de ella, todo, cada detalle, no puedo creer que en verdad exista… pero si tú lo dices, mi incredulidad te entrego. Cuéntame, ¡empieza ya por favor!
Y entonces le conté acerca de aquella mujer y él, absorto, escuchó…
- La Pitonisa no tiene edad. Nadie sabe cuando vino a este mundo, quizás siempre haya estado. Seguramente, con diversas formas, en distintos cuerpos, en variados lugares. Muchos dan cuenta de ello. Asumen haberla visto, haberla admirado, haberla amado incluso. Se presume que pudo haber sido Salomé, también hay quienes afirman que fue la Doncella de Orleáns. Es muy factible que en los tiempos modernos fuera primero alguna de las hermanas Brontë, y luego la blonda Marilyn. Probablemente, todas ellas, juntas, conformen su actual personalidad. Lo que es seguro es que hoy día está más cerca que lejos, que está entre nosotros, que vive su vida en un lugar especial.
Ella siempre te encuentra a ti, yo tomaba un café. Te descubre, se muestra cuando ya te ha marcado. Aunque conmigo… conmigo no es tan fácil… Presume de ser horma de cualquier zapato. Dice ser Alfa y Omega, Shing y Shang, principio y fin. Así, una noche, de la nada, se presentó ante mí e inmediatamente supe que era ella. No obstante, con proverbial habilidad intentó confundirme. Casi lo logra incluso. Dudé. Pensé que tal vez me estuviera equivocando, que en verdad no fuera quien creía. Pero, no podía ser otra más. ¿Quién podría estar en dos lugares a la vez sino La Pitonisa? En el bar al que ella solía ir, parada entonces frente a mí, y en la fría cama marital, con su esposo y compañero…
Cuando niño había escuchado que La Pitonisa guardaba un secreto muy grande. Se me ocurre ahora que se trataba más bien de una epifanía. Estuve a punto de conocerla, pues estuvo a nada de revelármela. Sucede que La Pitonisa en éxtasis es un oráculo transparente y puedes ver en sus ojos de miel el reflejo de toda tu vida futura. Curioso poder el de la extraña dama, dado que cada nuevo amante le arrebata algún recuerdo… Creo haber sido el único que rompió la regla.
Quizás por ello, La Pitonisa me amó. Quizás fue así que rompió el hechizo. Esa maldición de una vida, y otra, y otra más; porque peor que morir es no poder hacerlo nunca. Tal vez ella, de la que dicen que todo lo sabe, ya diera cuenta de que yo sería el último. Posiblemente, por eso me haya elegido. Soy más adecuado para los finales que para los principios. Mi naturaleza sombría me hace ser más semejante al que apaga la luz que al que la enciende, al que cierra las puertas y le echa fatal candado que al que las abre de par en par…
Cuando me besó se estremeció. Probó el singular sabor del tiempo efímero. Advirtió que el reloj había echado a correr y que cada segundo habría de valer. Ella, que todo lo podía, que no había encontrado hombre alguno que no cediese ante sus encantos, que había arrasado infinitos corazones, que más de las veces optaba por dejarse amar, mas nunca sintió ese amor tan completo que inunda el cuerpo y el alma y que desborda a través de cada poro, por cada cabello o con cada lágrima, verificó en ese beso inquieto y furtivo que su hora había llegado. Supo, desde ese mismo instante, que dejaría de ser lo que era…
Prudentemente, eligió quedarse en aquella cama pequeña para su amor y sus instintos. Pues concluyó que es sensato dormir al lado de un buen hombre, que ha de quererte sin estridencias ni estallidos, aunque sin esa magia angelada, tan esquiva como ansiada.
Tal vez, estuviera ya fatigada de tantos años de ser La Pitonisa y si ésta fuese su última vida, ya no quisiera más vértigo y frenesí. De todos modos, sé que no me olvidará, sé que, en tanto haber sido su última elección, fui la mejor de sus obras, la que completó el círculo, la que la liberó de la condena, aunque no le salvó la vida.
Si bien fui su amante, no le robé ningún recuerdo. No la desposeí al poseerla. No le arrebaté tesoro alguno, sólo le di un impulso de amor… un mensaje en una botella, una canción melodiosa y una palabra al oído…
-          ¿Y ya no volviste a aquel bar? –me preguntó mi atento interlocutor.
-          Querido amigo, ella pudo dejar de ser La Pitonisa, pero yo no puedo olvidarla… ¿Quién te ha dicho entonces que me he ido?  Por cierto, ¿dónde crees que estamos hablando ahora? –le dije, y entonces él pidió otro café y yo, solamente un milagro…

Ricardo Tejerina / 2008


lunes, 14 de febrero de 2011

EL SEXO Y EL AMOR, SEGÚN EL NENE

Gustav Klimt

El sexo no tiene que ver con el amor... me dijo. Y luego agregó, que si bien eso era cierto, en ocasiones muy puntuales, casi mágicas, es en verdad un acto de amor... Nunca nadie lo contradijo, ni tampoco lo rebatió. Hoy, y cuando el tiempo ya es testigo, yo también así lo creo, firmemente.
Esta tarde de cielo plomizo y lluvia amenazante, al enterarme del deceso en el exterior del “Nene” Nicolás Sáenz, vino de repente a mi memoria la historia que él mismo tantas veces me contara. Escribo pues, ayudado por mi abnegada y siempre fiel Remington, la primera crónica de un gran amor, que fue tan fuerte como efímero, que duró lo que un suspiro, y que fatal– pasó, como también, pasó mi vida.
Personalmente, no creo mucho en amores... como diría Julio.[1] “¡Qué me van a hablar de amor!”.[2] Aunque éste, el del Nene y la fulana, lo confirmo ardiente y pasional...[3] como sentencia el tango que tantas veces cantara el Flaco.[4]
En honor a la amistad que me unió al Nene, considero apropiado reservar algunos datos, no quisiera ser tomado por batidor, pero me urge contar algo de lo que sé, pues recordarlo al Nene así, me hace revivir nuestra juventud perdida, me devuelve a los años mozos, me permite arrancárselo cinco minutos más a la muerte traicionera.
A nuestra heroína, entonces, la llamaré G., a secas. Según el Nene, hermosa mujer, también ardiente y sensual amante. Hasta donde sé, vivía ella en Barrio Norte, en una de las mejores calles de la porteña ciudad, frente a una hermosa y cuidada plaza, floreciente en primavera y sutilmente melancólica en otoño.
G. estaba casada con... llamémosle “Carlos”, un tipo ganador, buenos modales, billetera gruesa, simpático y hábil para los negocios. ¿Un defecto? Tal vez sí, era rubio...
Parece que las cosas en ese matrimonio no estaban bien, el Nene no lo sabía, incluso cuando los conoció, le pareció que se llevaban de diez y que eran el uno para el otro. Las apariencias engañan... ¡Y cómo!
G. habitualmente hablaba de Carlos. De seguro que alguna vez lo amó, tanto como él había dejado de hacerlo bastante tiempo antes. Un buen día Carlos la plantó de súbito y abandonó para siempre el coqueto departamento matrimonial sin más trámite.
G. estaba desconsolada y desconcertada. Yo, ahora sé, que las mujeres en ese estado son... ¡Fabulosas! El Nene me ha legado ese saber, aunque él mismo aún no lo sabía. De todos modos, les aseguro, que bien lo comprobaría con el tiempo.
Parece una contradicción, pero no lo es, las mujeres abandonadas, al rato brillan. Se abren como las más hermosas flores en la mañana y se desperezan de sus tristezas con movimientos felinos. El remolino hormonal que produce el abandono las impulsa hasta el límite de su propia belleza interior y exterior. Nunca podrán ser más lindas, ni tampoco más inteligentes. Es, ese momento, su momento, es su cenit.
Siento como si estuviese viendo a G. El Nene siempre la describió pequeña, pero endiablada. Con hermosas pantorrillas y soberbios muslos que servían de antesala a unas caderas sugerentes. También supo decirme que sus ojos, entre miel y verdosos, te confesaban al mirarte, y que sus pechos, ideales y apretados, enfrentaban al mundo con osadía y desparpajo. Tampoco olvidó mencionar su cabello, fragante y ensortijado, capaz de guardar en algún rizo los recuerdos de las pasiones del ayer. ¡Qué hermosa mujer, por favor! Fuiste afortunado, Nene...
Él, era muy joven, apenas un muchacho, deslumbrante e inteligente. Creció haciendo deporte. Ya por entonces su pecho y sus brazos se tonificaban a diario. Eso se sumaba a una buena altura, ojos en extremo claros, abundante cabello castaño y un par de piernas fuertes, duras y torneadas, todos fetiches del ideal masculino a los que ninguna dama escapa.
G. lo vio. En realidad lo redescubrió, cuando ella volvió a brillar. Esos años que le llevaba, suficientes para marcar la diferencia, no hacían más que confirmarla en una conservada juventud, fantástica, bella y plena.
Segura y confiada, mujer de impetuosas decisiones y deseos, lo sedujo hasta el paroxismo. Lo enloqueció con sus palabras, mohines y sugerencias. Lo atormentó con incendiarios roces prohibidos, besos húmedos en la mejilla que se quedaban por más tiempo del debido y manos que se encontraban furtiva y nada casualmente.
El Nene ardía y temía. Ella no era una chica, una amiga de su edad, una compañera de travesuras, en verdad era una mujer, yo diría que para él era: La Mujer.
El Nene, estaba entregado a  G. Decía que se dormía pensando en ella y que despertaba con su imagen. Que se soñaba a sí mismo amándola con desesperación, aunque aún no entendía qué era eso; que se veía en su lecho, a pesar de no haber conocido todavía cama alguna y que se imaginaba en éxtasis, sin siquiera haberlo vivido todavía.
Un buen día, G. le dijo: “Me gustás...”. Él, timorato, sólo respondió: “Sinceramente...” y ya no pudo pronunciar palabra alguna, dado que una lengua impetuosa y sensual se introdujo en su boca, quitándole toda posibilidad de volver a la realidad.
¡Pobre Nene! No olvido que cuando me contaba sus andanzas se ponía tan nervioso que las palabras se le atoraban. Lo recuerdo y, por un momento, soslayo mis sienes plateadas y las tristezas que vinieron junto con los años... y desde luego, las de hoy.
Otra vez, la voz del Nene narrando, resuena en mí para decirme que vibraba, que sentía que su corazón se le iba y se le iba. Que cuando las manos de ella le desabrocharon la camisa tembló. Que la cercanía de la inevitable desnudez lo paralizaba. Que se dejó llevar, que suponía que ella sabía lo que hacía, que la imitó y que con sus dedos, inseguros pero obstinados, le desabotonó la fina blusa. Supo entonces, que sólo un pequeño corpiño de encaje negro lo separaba de unos pechos agresivos y levantiscos.
Acto seguido, sus cuerpos hermosos, cálidos, frenéticos, y deseados mutuamente, se fundieron en uno solo, apoyados piel con piel. Suspiros, gemidos, voces apagadas y susurros, eran sonidos a los que esas almas se aferraban ante tanta pasión desatada e incontenible sensualidad.
Antes, me parecía exagerado, pero ahora quizás no. Recuerdo al Nene decir que al entrar en su cuerpo sintió que había perdido el propio. Quizás, allí more el secreto para nunca cederlo a la parca ni aun muriendo... Tal vez, Nene, ya le habías ganado a la muerte vos...
En esa lejana época de pasiones adolescentes y tiempos por venir, algo tuyo ha quedado Nene. Quizás, algún día, tal vez muy pronto, me corra hasta allí para reencontrarme contigo, sabes que lo haré. Mientras tanto, te recordaré feliz, sonriendo a boca llena y hablando con dulzura de tu maravilloso acto de amor... Y doy por seguro que, como antes, nadie podrá contradecirte... 

Ricardo Tejerina / 2009




[1] Julio Sosa,  Uruguayo, apodado el “Varón del Tango”- 1926/1964.
[2] Qué me van a hablar de amor Tango. Letra: Héctor Stamponi. Música: Homero Expósito.
[3] Pasional Tango. Letra: Mario Soto. Música: Jorge Caldara 1951.
[4] Alberto Morán, seudónimo de Remo Andrea Doménico Decagno, Italiano, conocido como el “Flaco de Oro del Tango” 1922/1997.

domingo, 13 de febrero de 2011

LOVE'S RAIN

Ernest Descals

 La fría lluvia ardió al estallar en su cuerpo.
            El sonido de la pasión, sinfonía de un corazón agitado, se hizo presente inundando el espacio antes ganado por la penumbra silenciosa.
            Ingresó despacio, sin siquiera atinar a secarse o cambiarse la ropa mojada. A pesar de la oscuridad, su paso era seguro y decidido.
            Mientras recorría el estrecho pasillo de la entrada, una mano firme la detuvo tomándola por la cintura. Otra, más osada, le acarició su desnudo cuello. Curiosamente, no temió, se dejó llevar, como si lo estuviera esperando con pertinaz paciencia.
            Esas manos, curiosas y románticas, muy rápido doblegaron la resistencia de su blusa para dejar visibles sus blancos, húmedos y turgentes pechos. Su abundante cabello goteaba lágrimas de antaño, hoy convertidas en delicados cristales.
            Su ser se contraía prisionero de un ansia, sólo la certeza de encontrar sensual sosiego, lograba mitigar tanto desborde y arrebato.
           Cuando se dio vuelta, no hizo otra cosa más que mirar aquellos ojos y se hundió en el deseo que ellos reflejaban.
Afuera, la lluvia fue cómplice y confidente de esa pasión, exenta del juicio de los mortales incautos.

Ricardo Tejerina / 2009

sábado, 12 de febrero de 2011

"ES CULTURAL"


"Los libros son tuyos", Hernán Invernizzi, Editorial Eudeba

En muchas ocasiones, cuando nos referimos a comportamientos, modos de interpretar la realidad, formas de comunicación, cuestiones relativas a desenvolvimientos sociales, etc., logramos sintetizar desarrollos más profundos valiéndonos de una sola frase de apenas dos palabras: “Es cultural”.
De hecho, la brevísima definición suele resultar apropiada, porque la cultura es, en sí, todo eso y más, en tanto construcción de sentido. Pero, también hay otras formas abyectas que no son cultura sino la enajenación de ella. Recuerdo que en una oportunidad me consultaron acerca de si me preocupaba la política; respondí: "Me preocupa la cuestión cultural, porque es la que define la realidad social y política de un país. Las sociedades responden social y políticamente de acuerdo a sus referencias culturales. Por ello, es tan importante la consolidación de una cultura que construya legitimidad, integración y vida, pues sólo de la buena siembra cosecharemos el fruto que todos necesitamos".
Lo dicho no obedece a exaltar una idea propia como si fuera una máxima con destino de bronce, sino que viene a cuento porque al leer el prólogo que escribiera Diana Maffía para el libro de Hernán Invernizzi “Los libros son tuyos”. Políticos, académicos y militares: La dictadura en Eudeba, me sentí mucho más conforme y convencido de la definición brindada otrora por mí, a boca de jarro.
 La ex Defensora Adjunta del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires impulsó durante su gestión (1998/2003) un proyecto que se denominó: “Represión y cultura”. El libro de Invernizzi es continuidad del mismo y da cuenta de la acción interventora de la última dictadura en la editorial de la Universidad de Buenos Aires, Eudeba, que fuera fundada en tiempos del presidente Arturo Frondizi y que llegaría a ser la mayor editorial de habla hispana.
En la Alemania nazi uno de los símbolos de la macabra ideología fue la incineración de libros de Berlín ocurrida en mayo de 1933, en tanto que el horror en toda su dimensión ha sido el Holocausto mismo. En la Argentina, lo propio fue el terrorismo de Estado y la destrucción de gran parte del fondo editorial de Eudeba. En distintos tiempos y espacios, unos y otros son ejemplos de similares procedimientos que remedan la misma barbarie.
Las dictaduras y los totalitarismos siempre van por el genocidio, que es el exterminio del propio pueblo, y por el etnocidio, que es la aniquilación de la cultura de dicho pueblo. Diana Maffía así se refería al analizar la dictadura del ´76 al ´83: “(…) hubo un plan sistemático de represión cultural sustentando el golpe de Estado. Que a pesar de perseguir tanto el materialismo, la dictadura procedía haciendo desparecer el soporte material de las ideas (intelectuales, artistas, libros, obras de arte) como si con ello, mágicamente, las ideas no tuvieran donde encarnarse”.
Como habrán visto, toda acción del hombre confluye en la cultura o en su negación. Por ello que cultura es diversidad, pluralidad y tolerancia de esas diferencias, porque, en tanto construcción humana, puede adoptar infinitas formas o tomar diferentes rumbos. Pero, atención, la ausencia de cultura es el propósito de la barbarie, la que intenta por todos los medios la completa destrucción para desertizar la voluntad social y anular el pensamiento crítico.
Confío que en adelante cuando al referirnos a las múltiples cosas que ayuda a definir digamos: “Es cultural”, hagamos pues una renovada apuesta por la vida, la democracia y la paz, dado que ésas son y deben ser las referencias inequívocas de nuestra propia cultura.

Ricardo Tejerina / 2011

viernes, 11 de febrero de 2011

BAJO EL ESPEJO

Madonna by Steven Meisel


Te vi desnuda y sentí el mundo temblando debajo de mis pies. Los ojos de los dioses fisgones querían colarse por la ventana también indiscreta. Tu silueta se dibujaba en la penumbra como un camino desconocido de sinuoso placer.
Te recostaste en la cama exponiéndote cual Maja de Goya para que el espejo fantástico que ornamentaba el cielorraso te devolviera el reflejo de tu centelleante hermosura. Te viste a piel desguarnecida y sonreíste, con la marcada satisfacción de quien se siente segura y confortada con la imagen que le devuelve el cristalino y mágico dibujante de luces y de sombras.
Con sólo verte así, echada y rapaz, te adoré como a la musa de mis noches más inspiradas, mientras los movimientos serpentinos daban cuenta de tu naturaleza depredadora, voraz y a la vez constrictora de los más bajos instintos y las primitivas pasiones.
Tu piel, contagiada de un rosa sutil, sabe a sal gustosa y magnífica, sabrosa y persistente de principio a fin, exuberante en matices y tan delicada y frágil como el cristal más fino con fulgurantes destellos.
Abriste tus brazos y también tus piernas torneadas, representando sobre las prístinas sábanas una fatal equis gótica y reíste, nuevamente, con singular perfidia y provocadora lujuria al advertir mi deseo tan incontenible como inocultado.
Hacía calor, la habitación estaba impregnada de todo tu ser porque eres la dueña de todas las sensaciones y deseos. Tú, la única y perfecta, capaz de derretir los polos Ártico y Antártico de los amores más incrédulos y reticentes con sólo mirarlos de reojo o insinuarles tu inapelable sentencia.
Te recorrí entera con un hielo osado e impertinente, que robé a los whiskys que nos hacían etílica compañía. Contra su voluntad, iba consumiéndose con fervorosa vertiginosidad, demostrando que el contacto abrasador con tus muslos resulta demasiado para quien pueda mantener la solidez de su estado y la rigidez de su condición. El brillo del agua gélida derramada sobre tu piel, rápidamente tornada en templada humedad, volvía incandescente a mi pasión. Te deseaba tanto y más, que no podía dejar de mirar tus ojos para resignificarme en aquella mirada por todo el tiempo.
Eras tan hermosa, y estabas allí, desprovista de todo velo, brillando cual diamante exclusivo o sugerente rubí y ofrecida inmaculada, para la más maravillosa noche de amor de dos amantes que sienten correr ríos de magma en su interior, transporte de un deseo que no reconoce límites de espacio ni de tiempo y que desafía avatares, señales y destinos.
Con un ademán me pediste que me desvistiese, que alejara de mí y de ti, cualquier cosa que pudiere interponerse entre nuestros cuerpos y por qué no nuestras almas, ya entregadas previamente, y encadenadas voluntariamente, por un sentido y marcado beso de amor.
Con un respingo me quité la remera aguamarina de cuello piqué. Al hacerlo mi cabello se alborotó y tú aprobaste con la habitual suavidad de tus mohines. Movías entonces tus pies en roce de uno con otro, frotándolos en sensual armonía. Un suspiro infló mi pecho y no tardé en acercarme. Tomé tu mano que me invitaba, con la sensualidad del ballet más romántico, a introducirme en tu mundo privado de sexo y sensaciones, en el que fluye un amor tan frenético y prohibido que se disfruta con desmedida lascivia por la vulgaridad de su realeza.
Cada parte de mí te sintió a ti. Cada parte de ti me sintió a mí, y tus pulmones se hincharon con el aire necesario para una nueva y flagrante travesía por los territorios en los que campea el incendio perenne y eterno, producto de los deseos más salvajes, ardientes e inconfesables.
Y te besé, con un beso lento, profundo y tan suave para conocer de tal modo todos tus secretos, los que se abrieron para mí como la dama de la noche, junto a todos los sabores más intensos enmarañados en brutal frenesí. Tu lengua indecente, movediza y perversa se mojaba en mí y saltaba, como lo hacen las gotas de lluvia al caer sobre la superficie del jadeante mar siempre sediento de más. Tus manos apretaron mi espalda y me indujeron más adentro de ti. Moviste repentinamente la cabeza para retirar con suavidad tus cabellos y mirarme a lo más profundo de mis ojos y así, descubrirme de nuevo, prisionero de tu amor tan salvado y condenado.
Me colmaste tanto y más y yo cedí sin resistencia, ante tu majestuosa e indomable sexualidad que siempre me pudo. Te amaba de a poco, te amaba de golpe. Sentí tu pubis, angelical a la vista y endemoniado de espasmos, que reproducía las danzas más sensuales de las odaliscas más rítmicas y agresivas.
Y te acaricié con mis labios urgentes el cuerpo entero. Besé sin prisa ni pausa los bellísimos dedos de tus pies pequeños, también tu vientre, tus pechos, tus axilas, tus hombros y tu cuello, en el que me detuve para amarlo con el dolor de los poetas y la fuerza de los vientos, para llegar por fin a tu boca y sentir reanudado y enardecido mi deseo de ti y de cuanto tu ser es capaz de dar y sentir.
Los dioses celosos e inundados de ira no pudieron penetrar siquiera virtualmente en nuestro cuarto extasiado de fragancias, aromas, colores y sabores, cual si hubiera surgido victorioso de un verso maldito de Baudelaire.
El espejo del techo fue mudo y solitario testigo de nuestro amor descarriado, que anida en la memoria de nadie y a la vista de ninguno. Los besos que nos regalamos vivirán por  siempre  más allá  de su reflejo, porque, si bien dicen que los espejos son las puertas fabulosas al país de las supuestas maravillas, ella y yo juntos, siempre, y sin nunca dudarlo, elegimos gozar de este lado...

Ricardo Tejerina / 2008


jueves, 10 de febrero de 2011

EL MAGO

Emilio Pettoruti

Trabajaba como a diario en su atelier. Era alto, de rostro serio y mirada penetrante en sus ojos celestes como el cielo de verano. Sus manos cuidadas y perfectas estaban concentradas en la nueva prestidigitación. Movimientos pausados, armónicos y seductores, eran las características del mago. Él, con su habilidad para la ilusión, encantaba a quien lo viera. Su voz, armoniosa y perfecta, dominaba cualquier ambiente.
Los objetos vuelan a su alrededor, casi orbitando, formando un ballet perfecto a ritmo y armonía. Grandiosa su magia, sin límites ni fronteras de este mundo. El mago atrae cualquier objeto inanimado con sólo mirarlo. El mago arquea sus manos elevándolas al cielo y destellos de luz surgen entre ellas. El mago señala con su índice y los animales yacen. El mago pronuncia sus hechizos y la tierra se postra a sus pies, sin resistencia alguna y en serena rendición.
Años de profesión lo convirtieron en una suerte de leyenda. Su nombre recibía tratamiento de culto. Los hombres, raza desprovista de magia y embebida de realidades, se maravillaban y sucumbían encandilados. Pero, con el tiempo, empezaron a envidiarle y luego a temerle.
Nadie podía lo que él. Los eruditos de la ilusión no encontraban respuestas a su arte. Sus proezas eran sin par. Él, desafiaba las leyes naturales, vulneraba los sentidos, escandalizaba con su don, violentaba con sus milagros ilusorios... o no tanto.
No lo soportaron. No pudieron resistir tanta magia inexplicada. Lo discriminaron, lo persiguieron, lo acecharon, lo agredieron, lo humillaron, lo hirieron, lo probaron y desafiaron... Los hombres no aceptan la magia sino como mero truco. No se ilusionan, quieren saber siempre el secreto. Quieren conocer el sortilegio, el supuesto engaño a los sentidos en vilo. No quieren reconocer que la magia, magia es.
Hombres pertrechados y enmascarados entraron al atelier del mago. Lo incendiaron. Rompieron a golpes lo que no podía ser quemado. Saquearon el estudio, en la búsqueda última del mismo mago. Robaron, maldijeron y blasfemaron. Odiaron como sólo el hombre puede hacerlo. Masacraron cada vestigio de magia, ofendieron a la ilusión que no lo era tanto... No hallaron al mago que hasta recién estaba trabajando allí, como a diario lo hacía. Nada quedó en pie, esa misma nada campeó donde otrora la magia moraba.
Rápidamente, la noticia corrió. Se dijo que habían terminado con el mago, o cuanto menos con todas sus posesiones. Nadie más supo de él. Nunca jamás volvieron a verlo. Ya no había ilusiones en estos confines donde los humanos viven su existencia carente de magia y de magos.
En un lugar diferente, en otros tiempos, con otras gentes, él camina haciendo florecer lo muerto a su paso. Es pobre, nada tiene, tal vez nada necesite, quizás por haber sido el más robado y perseguido. Pero hay algo que ellos, los profanadores de las fantasías, no saben. Por más que lo intenten, e incluso que continúen haciéndolo, nunca, jamás, podrán extinguir la magia...

Ricardo Tejerina / 2008