domingo, 23 de diciembre de 2012

REGALO DE NAVIDAD: Audiovisual "El Carnaval de la Quebrada"

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"En la Quebrada de Humahuca, a tres mil metros sobre el nivel del mar, el cielo parece quedar mucho más cerca". 
Ricardo Tejerina 

jueves, 13 de diciembre de 2012

SE PRESENTÓ EL CARNAVAL DEL DIABLO


Con una gran convocatoria merced a un público exigente y numeroso, se presentó ayer, 12/12/12, en pleno Centro de la Capital Federal, la nueva novela de Ricardo Tejerina, El Carnaval del Diablo. Se contó con la presencia -entre otros destacados asistentes, amigos y allegados del autor- del prologuista, el antropólogo y ensayista Lic. Ricardo Santillán Güemes, el Director de Proteatro y de Mecenazgo de la Ciudad de Buenos Aires, Dr. Juan Manuel Beati, el artista plástico José Curia y la escritora y poeta Marita Rodríguez-Cazaux. La presentación fue producida por la gestora cultural Isabel Noya y auspiciada por el EL FRENTE, el CETyL y el Centro de Profesionales por la Identidad Social (Ceprofis), que acompañaron a Ricardo en el lanzamiento de esta singular propuesta narrativa que promete ganarse un lugar destacado entre las nuevas ficciones contemporáneas. Como alguna vez dijo el querido músico argentino, Gustavo Cerati: ¡Gracias, totales! Publicó Dunken, diciembre de 2012. 

El Carnaval del Diablo, la novela.

Ricardo Santillán Güemes, José Curia,
Ricardo Tejerina y Juan Beati.
Marita Rodríguez-Cazaux, que leyó con emoción y énfasis
un fragmento de la novela, junto a Ricardo Tejerina.















PRÓLOGO de El Carnaval del Diablo,
a cargo de Ricardo Santillán Güemes


“La actividad de la imaginación no se parece a un dibujo  estático, sino que se asemeja más a un tipo de “juego” que incluye una sutil orquestación de sentimientos”. David Bohm y D. Peat

“El poder de la ficción consiste en abrir la cosa para que quepa el mundo”. Luis de Tavira

La primera frase pertenece a dos importantes físicos contemporáneos dialogando acerca de la creatividad y la segunda a un teatrista y las elijo como recurso para prologar, si es que es posible la acción de “prologar”, en este caso esta novela de Ricardo Tejerina.
Dentro del campo de la creatividad se suele distinguir entre fantasía, donde todo se torna “infinitamente” posible, pero con un peligro latente, el de perderse y enredarse en una nadería intermitente, e imaginación creadora en donde ese fantasear se autolimita para parir una forma estética. Y esto es lo que alcanza Ricardo pero con ciertas características que quiero esbozar y al mismo tiempo celebrar.
Porque el “juego” que propone Ricardo no se da en el vacío y en su “sutil orquestación” confluyen, además de sentimientos, infinidad de ideas, valores y otras referencias de alta relevancia.
Más que prologuista sería un traidor si adelantara la intriga pero nada develo si, retomando la frase anterior, doy cuenta y amplío algunos de los flujos que se orquestan para configurar el nuevo “mundo” creado. 
Antes que nada es importante destacar que el autor ejerce “el poder de la ficción” con una fuerte convicción y haciendo uso de lo que podríamos denominar una imaginación creadora situada. Porque echa raíces en un territorio –Caseros, actual Partido de Tres de Febrero, Provincia de Buenos Aires– ampliamente conocido, habitado y transitado por Ricardo que lo resignifica con gran habilidad, lo que es sumamente meritorio en tiempos de globalización exacerbada. De esta forma los personajes, protagónicos o no, dan cuenta de una diversidad cultural aún presente en el citado espacio aunque con menos conflictividad que en 1928, año clave en la novela, cuando los tanos “cocoliches” se peleaban con los “gauchos” y el pueblo vivaba al Peludo Yrigoyen.
Asimismo es importante comentar que estas referencias políticas e históricas se orquestan sin esfuerzo con un entramado poético que da cuenta tanto de los jardines en los fondos que aún hoy pueden seguir albergando misterios de toda laya, dulces y/o amargos, como de las complejas e intrincadas texturas del silencio y del amor.
Pero quiero detenerme en otra acertada y bien tratada presencia a lo largo de la novela: lo transhistórico. Porque el autor nos introduce con maestría en esa zona transpersonal donde habitan los símbolos vivos, por no decir lo arquetípico, lo mítico simbólico, pero no actuando en el vacío o en un regodeo intelectual, sino en función de la intriga y la cotidianidad de los personajes.
Así se sacan chispas las luces y las sombras, lo apolíneo y lo dionisíaco, la vida y la muerte pero más que nada el Carnaval…y el Diablo.   
Como es sabido en todas las culturas del mundo se distinguen, aún hoy, dos maneras opuestas pero a la vez complementarias de instalarse en el espacio y en el tiempo: una predominantemente “profana” y cotidiana que tiene que ver con la satisfacción de las necesidades básicas y, por lo tanto, está relacionada con el  mundo del trabajo (el “yugo” en la jerga popular urbana) y otra predominantemente “sagrada” y extracotidiana ligada a los territorios del juego, el rito y fundamentalmente  la fiesta y otras expresiones a través de las cuales se satisfacen necesidades de otra índole: expresivas, simbólicas, de liberación, de expansión y/o energetización. Una “otra zona” o esfera vital donde se hace otro uso y se significa de otra manera tanto el espacio y el tiempo como el resto de los elementos culturales, incluyendo los cuerpos que se tornan otros.
Y la fiesta de las fiestas es, justamente, el Carnaval tan bien retratado por Tejerina con sus desbordes sensoriales y sensibles, su rítmica, músicas, danzas, coloridos,  gestualidades, “teatralidad”, derroche y, fundamentalmente, con un juego muy bien jugado en la obra: el de la inversión de roles.
En tiempos de Carnaval el pueblo agitado y ruidoso promueve el nacimiento y el contagio de una exaltación que se traduce en todo tipo de excesos: en la comida, la bebida, el sexo, la danza pero también el canto, la solidaridad y los abrazos. El Carnaval puede considerarse como un darse vuelta (Pachakuty dirían en el noroeste argentino) que posibilita un regreso al caos primigenio en función de recosmificar la vida. De “cargar las pilas” dirían en mi barrio que también tenía jardines misteriosos en los fondos de las casas.
Teniendo en cuenta todo esto es que me animo a decir que en la novela de Tejerina la Fiesta, con mayúsculas, es casi una “presencia” protagónica, además de una matriz cultural que facilita la parición de tramas y personajes. Y el Diablo, porque justamente forma parte de la creencia popular el afirmar que éste anda suelto en el espacio de tiempo carnavalero.
Pero también me animaría a decir, sin traicionar ni adelantar ninguna clave, que hay un choque de Diablos o de “diablitudes”. Una ambigua situación de atracción y rechazo entre el Diablo festivo, algo así como el Pujllay del noroeste argentino y el Diablo siniestro, egoísta, materialista, necrófilo y representante del poder a ultranza; algo así como el llamado Familiar en el noroeste que, sintetizando, podría caracterizarse como el Diablo de “los patrones”, esos que niegan la vida y aman la negritud del poder por el poder mismo.
Esto, desde mi punto de vista, es otro hallazgo de la novela que incluye tal como sucede en el tiempo de la fiesta múltiples rituales, algunos de los cuales pueden convertirse en sacrificiales…
También es imprescindible recalcar la relevancia que adquiere en el sostenimiento del “mundo” creado por Ricardo una intertextualidad fresca, rítmica y sin desmesuras. Porque sin esfuerzos en la novela se escuchan y se entrecruzan voces potentes como las de Poe, Cortázar, Borges y más que nada la voz de un poeta “maldito” que colabora a develar misterios desde la profundidad de lo poético: Charles Baudelaire.
Para terminar sólo me resta celebrar de corazón la aparición de esta nueva novela de Ricardo Tejerina, agradecer la convocatoria a la imposible acción de “prologar”, e invitar a todos a comenzar la lectura del texto montados en esta frase del citado Baudelaire, porque uno nunca sabe: “La mayor astucia del Diablo es convencernos de que no existe”.

RICARDO SANTILLÁN GÜEMES
Septiembre de 2012

miércoles, 12 de diciembre de 2012

EL CARNAVAL DEL DIABLO, la novela.

Llega El Carnaval del Diablo, la novela; aquí te contamos los pormenores de la controvertida ficción que ha merecido un reconocimiento unánime.

Foto del Carnaval de Caseros de 1928, gentileza de 
Revista Caseros y su Gente

















No hay plazo que no se cumpla, reza el dicho popular, y así es. Pero, en el medio, suelen ocurrir muchas cosas. Por ello, quiero compartir con ustedes los pormenores, el backstage, de la producción de mi novela, El Carnaval del Diablo.

Comencé a escribirla a finales de 2010. Estaba muy interesado en los aspectos festivos y rituales del Carnaval, pues me parecían muy propicios como ámbito y tiempo para el desarrollo de una historia. Si bien ya pensaba concentrarme en un espacio urbano, en una pequeña ciudad, a principios de 2011 me fui hasta la Quebrada de Humahuaca a “vivir la experiencia” del Carnaval quebradeño. Sabía que el espacio y el contexto eran muy diferentes, pero necesitaba “sentir el Carnaval auténtico”, atravesar los ritos, compartir la fiesta, adentrarme en la transmutación que supone la celebración basada en el disfraz y la inversión.

Fue en el norte de nuestro país que decidí el título de la obra aún en ciernes. Los diablos carnavaleros influyeron en mí de un modo determinante. A partir de ese momento, supe que la novela se llamaría El Carnaval del Diablo, incluso a sabiendas de la existencia de una obra de teatro homónima de Juan Oscar Ponferrada. A pesar de que mucho más tarde, y casi al límite de la edición, analicé otras posibilidades, confieso que me fue imposible modificar el título. Esta novela sería El Carnaval del Diablo, o no sería.

Pero, en tren de ser o no ser, la cuestión pasó por estadios mucho más peligrosos. La novela marchaba, la redacción de los primeros capítulos había fluido sin pausa. Casi como si escribiera “al dictado”, había logrado –al menos yo así lo entendía– una introducción acertada al universo simbólico que pretendía. Los personajes me resultaban convincentes, la trama me satisfacía, y lo que más me agradaba era “el hallazgo” de la frase que desencadena toda la historia: “es fruta amarga de tierra mala”. Todo iba a pedir de boca, sin embargo, a la mitad del relato mi motivación literaria respecto de esta obra se detuvo de golpe.

De pronto, quizás distraído con otros proyectos o simplemente separado del que estaba llevando a cabo, me vi abordado por un deseo irrefrenable de abandonar este trabajo. No suelen ser habituales en mí esas diásporas, puesto que: en parte por naturaleza y en parte por formación, el método y el desarrollo ordenado de principio a fin, forman parte de mis aspectos comunes.

Fue así que El Carnaval del Diablo primero se detuvo de súbito, para luego adormecerse casi hasta el olvido, o aun peor,  poco faltó para que borrara el único archivo digital que contenía los primeros diez capítulos. Cuando estuve muy cerca de hacerlo, algo me lo impidió… Me pregunté: ¿para qué destruirlo? La respuesta que me di, me convenció de que ni siquiera ocupaba un espacio necesario en la memoria de la computadora. Con una convicción laxa decidí conservarlo y allí quedó.

Los meses pasaron y la novela continuaba su involuntaria hibernación. A comienzos de este año, finalizado el Carnaval, renació en mí la necesidad de volver por los fueros. De repente me encontré de vuelta en la historia, en las voces de los personajes, en la profundidad de la intriga, en la oscuridad de las almas en pena que me exigían que les diera lo que les correspondía; es decir: la merecida reparación que implicaba la conclusión de la historia.

Escribí con inusitada premura, sentía como la trama me demandaba exigentemente, algo así como si me cobrara al contado el tiempo que yo la había diferido. Fui por ella y no me amilané. Llegué hasta lo recóndito, y me permití la mayor liberación creativa. Pero, a decir verdad, escribí más como un cronista que como un escritor, por momentos me pareció que estaba dando cuenta de un hecho real, y que una mayor demora influiría negativamente en la vida de otras gentes.

Ahora, en vísperas de su publicación, miro hacia atrás y como solía decir Steve Jobs “puedo conectar los puntos”. El Carnaval despertó en mí la vocación por escribir esta historia. La rigurosidad profesional me llevó hasta la Quebrada de Humahuaca y me conectó con el simbolismo más fuerte de la fiesta, el detenimiento de la historia me preparó para el reencuentro con ella, que devino en una creación de cuyas formas y resultado me encuentro satisfecho. Tal vez por todo ello aprendí a valorar a esta producción más allá de su virtud literaria –si es que puede tener alguna–, pues lo cierto es que el mérito que le atribuyo es el de haber sobrevivido. Y, en un mundo, en el cual se perece muchas veces no sólo prematura sino absurdamente, el hecho de ser sobreviviente me llega literalmente a conmover.

Para terminar, sólo ofrecer mi permanente gratitud a todos los que han hecho posible esta novela. ¡Qué se venga pues El Carnaval del Diablo! Puedo decir: tarea cumplida.

Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico