sábado, 28 de mayo de 2011

TEJERINA: “ESCRIBIMOS PARA LA LIBERTAD”

Crédito fotografía Isabel Noya

El viernes 27 de mayo en la sede de la Dirección de Cultura de Tres de Febrero se presentó Ricardo Tejerina en el tradicional encuentro mensual de la Mesa de los Artistas.
Ante una muy nutrida concurrencia compuesta por artistas, escritores, gestores culturales y público afín a la problemática del arte contemporáneo, el escritor y ensayista disertó por espacio de una hora acerca de ¿Por qué escribimos? Y trazó un recorrido desde la escritura cuneiforme y jeroglífica hasta la actualidad.
En el transcurso de la velada planteó situaciones tales como las transformaciones que sufrió lo escrito a través del tiempo, la revolución democratizadora de los textos que se dio con la imprenta y la nueva etapa de multiplicación de autores que produjeron las tecnologías modernas, en particular Internet.
Dada la empatía que se produjo entre el panelista invitado y el público asistente, adicionado al genuino interés que despertó la temática propuesta y sus derivaciones, tuvo lugar un extenso y rico debate que giró en torno de la legitimación del rol del escritor, la fusión y variedad de los géneros literarios en la modernidad, como así también las relaciones de poder del mensaje y de los medios por donde circulan los textos y las palabras.
Tejerina dejó frases tales como: “la pluralidad de emisores implica un crecimiento exponencial de opiniones y eso es un insumo de la democracia moderna”, “las nuevas tecnologías cambian drásticamente la forma en que circula la información, el desafío de estos tiempos es la distribución más que la producción”, “el escritor es un luchador que pelea aunque su destino sea perder” y “escribimos para archivar emociones, conservar recuerdos, atesorar conocimiento y trascender la muerte… pero, fundamentalmente, escribimos para la libertad”.
Coordinó el artista plástico José Curia y la Mesa de los Artistas ratificó una vez más la fuerte ligazón que tiene con el arte del distrito y la importancia que le asignan a este foro de discusión y propuesta las figuras más destacadas de la cultura local.
A. Z.

miércoles, 25 de mayo de 2011

LA FLOR MARCHITA



Vincent van Gogh
 
Recordando a Almafuerte


Azotado por la inclemencia del clima
el tallo yerto de la flor marchita
acompañaba la dignidad postrera.

Aun con la cerviz inclinada
y sin pétalos coloridos
que vistiesen su desnudez,
conservaba cierto donaire.

Bien pude haberla arrancado
y así terminar
con la exposición final de aquella flor,
evitándole el zamarreo insensible
 del viento embravecido.

Pero no hubiera sido justo
privarla de su última batalla.
Aquélla que enfrenta en soledad
y a pesar de su destino,
 sin darse por vencida ni aun vencida.


Ricardo Tejerina / 2011


domingo, 22 de mayo de 2011

QUÉ ASÍ SEA (Un milagro para ti)

Paul Gauguin


Para Roberto

Una mañana otoñal llegó el hombre hasta la puerta de la iglesia vacía. Sólo una mujer tullida estaba en la escalinata en actitud mendicante. Compasivo se inclinó sobre ella, acarició su cabello y le dio algunas monedas. Luego, como tantas otras veces entró, mojó su frente con agua bendita, se persignó y se acomodó unos minutos en una de las bancas de las últimas filas. Unos días antes le habían diagnosticado una cruel enfermedad, tan ponzoñosa como asintomática en el comienzo. Algo atribulado, pero sin pensar ni por un solo momento por qué a él le ocurría, deambuló por los pasillos laterales de la basílica. Se detuvo un par de veces. La primera enfrente del Sagrado Corazón, la segunda a los pies de la Virgen de la Sonrisa. Sintió cierta emoción. A pesar de su entereza no pudo evitar dos o tres lágrimas peregrinas que se le deslizaron por las mejillas. Del bolsillo trasero derecho de su pantalón extrajo un pañuelo y secó su rostro. Casi sin darse cuenta se sentó en uno de los confesionarios, en el lugar reservado para el cura confesor. De pronto escuchó una voz que lo requería. "Necesito un milagro, un don para alguien a quien amo profundamente, debe sanar pues aún no es su tiempo y su vida es luminosa" –le dijo el arribado-. El hombre no atinó palabra. Sorprendido, vaciló en decirle a quien le hablaba tras la rejilla que él no era un sacerdote, sino, apenas, otro más que, estoico, sufría en solitario. "¿Me has escuchado? –insistió la voz–, necesito un milagro y sólo tú puedes hacerlo". ¿Yo? –pensó el hombre- Ojalá pudiera, a buen puerto vas por leña, si supieras lo que a mí me pasa… "Dadme mi milagro y te dejaré en paz" –escuchó de nuevo-. Entonces el hombre, con cierta piedad, concluyó que no tenía nada de malo darle esperanza a quien la pide con devoción resuelta, aun no siendo él cura. Ten fe, él te escuchará, que Dios te bendiga. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… –le dijo-. "Amén" –escuchó-. De un salto salió del confesionario y buscó a quien le hablaba. La iglesia estaba tan vacía como cuando había llegado. Confundido salió a paso bravo. En la escalinata estaba sólo la mujer tullida. ¿Has visto salir a alguien? –preguntó el hombre-. No –respondió la mujer–, sólo lo he visto entrar a Él -y señaló al Cristo de la entrada-. Dijo que necesitaba un milagro para ti.    

Ricardo Tejerina / 2011


viernes, 20 de mayo de 2011

PARA ARDER

John Constable

A veces pienso: ¿para qué escribo? No siempre concluyo lo mismo. En ocasiones, me quedo a mitad de camino, me pierdo por una diagonal y creo que olvido la causa de mi meditación. En uno de esos devaneos tuve una suerte de revelación. Se me ocurrió que en un lugar remoto había un hombre que escribía todo aquello que no podría recordar tiempo más adelante. Sucede que cada vez debía escribir más, porque cada vez recordaba menos. Que llegó hasta el punto de tener que hacerlo sin descanso, pues el olvido inmediato lo perseguía de modo cruel. Que cuando ya no pudo más, su mente se blanqueó fantasmagóricamente. Que olvidó que escribía, tanto que dudaba de volver a intentarlo. Desde ese mismo momento comenzó a leer. Antes escribía porque olvidaba, ahora leía para recordar. Leyó cada página que había escrito y no encontró nada que le pareciera valioso o al menos digno. Entonces, quemó todas sus notas, apuntes, fichas e historias para que nadie -nunca jamás- pudiera saber lo que había escrito alguna vez y leído otras tantas más. Sin embargo, el hombre envejeció adolorido por lo que había hecho, aunque sin nunca más escribir ni leer sino hasta el instante postrero. A las puertas del final decidió reparar de algún modo el daño que había hecho y del que también era víctima penosa. Resumió toda su obra en un manojo de palabras: “Escribí para arder, por eso entregué mi letra al fuego, sólo así comprendí que el recuerdo es el olvido que no fue”. Ese hombre siempre pensó que una sola frase con sentido justificaba una vida completa dedicada a la escritura. Claro que tampoco consideró a ésa merecedora de un bien mejor y, con un dolor indescriptible, antes de cerrar sus ojos, a las llamas famélicas también se la entregó.

Ricardo Tejerina / 2011


miércoles, 18 de mayo de 2011

UNA PREGUNTA MÁS, AMOR.


Jean Auguste Dominique Ingres

De camino a ninguna parte una sensación de agobio se apoderó de mí. El recuerdo de un beso de nadie me estremeció. ¿Cómo se puede recordar la proximidad de lo que nunca estuvo cerca? Fatales confusiones del trajinado corazón, siempre contradicho por la austera razón.
El dolor de la partida, de lo que ya no es, quizás de lo que nunca fue, es la afrenta a los sentidos empeñados en aprisionar sensaciones que ya no están, no estuvieron y lo que es aun más seguro, que nunca estarán. Pero, ¿por qué existen recuerdos de esa nada? 
Los ojos cerrados, en reveladora mirada interior, me muestran tu figura etérea. Me acerco, lo intento con la mayor esperanza que es proporcional a la certeza de lo vano que será cada nueva osadía. Y te desvaneces sin más remedio ni consuelo, cuando más cerca me encuentro de tu regazo. La ausencia nuevamente se hace dueña de la escena. Pero, ¿cómo es posible ver lo que no es visible?
¿Existes en verdad, o eres mi creación, mi más fabulosa y magnífica obra? ¿Te recuerdo por ti y tu pasado, o te vislumbro por mí y mi porvenir? ¿Eres, entonces, una realidad pretérita o un recuerdo, un espejismo del futuro? ¿Importa incluso? ¿Qué cambiaría que fueras de verdad? Si ya eres, así, ahora, todo lo que quiero.
Sé que no estoy enamorado de ti, pero sé que no puedo dejar de estarlo, porque al no hacerlo me odio, y al odiarme te amo nuevamente, porque amarte es lo que me gusta. Pero, ¿te amo a ti, o amo lo que amarte produce en mí? Y de ser así… ¿Es eso amor en verdad?
Y si no existes y no has existido, ¿cómo es posible amarte así? La fría boca del beso inexistente revuelve mi cordura. ¿Te has ido para no volver? Imposible, no puedes irte, pues nunca estuviste. Pero, así todo, partes del lugar que nunca has estado. Eres la magia blanca, la idea omnipresente, la inspiración del cielo de la mañana siguiente y la ausencia de la noche infinita, la de hoy.
Recuerdo verte salir, pero nunca consigo saber cómo llegaste. Tu salida me surge más familiar que tu siempre inesperado arribo. ¿Arribo? Si nunca abriste la puerta, si nunca te presentaste tal y como eres. Si en verdad nunca has venido, y ésa es, precisamente, la única y fatal certeza… ¿Lo es?
Pero, ¿qué es lo que recuerdo de ti entonces? Nada… Nada que no quiera. Todo… Todo lo que añoro. Sé que no eres real, lo sé. Pero también, al final, sé que no te he inventado. Por cierto, tal vez seas tú quien me ha creado a mí. Tal vez sea yo tu pensamiento. Tal vez por eso no pueda yo evitarte, porque eres tú quien vida me da… Y yo, yo vivo en ti y por ti…
Y si es así, ¿no es eso, justamente, el verdadero amor? Vivir en ti y por ti. Yo así lo creo… O no. ¿Qué más da cómo sea y lo que tú o yo creamos? Si lo importante, lo valioso, lo que mueve esta maravillosa pasión es que te amo y me amas; aunque ambos sepamos que al concluir estas líneas ya no existiremos ninguno de los dos… ¿O sí?

Ricardo Tejerina / 2008