miércoles, 9 de julio de 2014

ACTUAL TENDENCIA LITERARIA: EL MICRORRELATO


El microrrelato es la narración breve (o muy breve) que tiene la capacidad de poder contar una historia con sentido con sólo un puñado de palabras o, incluso, en un solo párrafo. Esta tendencia literaria ha crecido de la mano de Internet y las redes sociales. En esta entrega compartimos con nuestros lectores algunos microrrelatos del autor que sirven como ejemplos del concepto definido. 


ACERCA DE LOS MICRORRELATOS

He escogido esto cuatro microrrelatos para compartir en esta columna. Son muy diferentes entre sí: el primero es el más extenso (aunque narrado en un solo párrafo). Está basado en la idea de la vida artificial y tributa a los cuentos de Eduardo Holmberg, “Haracio Kalibang o los autómatas” y al de Leopoldo Lugones, “Yzur”. Personalmente, quiero mucho a este texto, me parece que con él he logrado fielmente lo que quería decir a través de este género.
El segundo microrrelato es una narración intimista y psicológica. Puede resultar intimidante y abrumadora. Ha sido publicada en muchas plataformas distintas y siempre causó un efecto muy fuerte en los lectores. Es muy breve y creo que alcanza su cometido.
La tercera obra es una construcción clásica del género, una suerte de cuento reducido a su mínima expresión. Es decir, al párrafo en que todo sucede de una buena vez. Me agradan los sentidos de este texto. Lo siento ecuménico, místico y espiritual.
Finalmente, el cuarto y último, es el más reciente que escribí. Si no fuera que tiene una historia dentro, sería sólo una reflexión… pero no, hay un hecho, y de eso se trata todo esto.  

MI HORACIO, O LA CONTEMPLACIÓN (2013)

Me quedaba mirándolo por largo tiempo, confiaba en que la sola contemplación le proporcionaría el halo de vida que necesitaba. Su apariencia era humana, aunque tenía un porte más pequeño. Sin embargo, eso no lo hacía verse disminuido, era –simplemente– la reproducción mimética de un ser humano, pero a escala… un “hombrecito”, podría decirse. Su rostro era agradable y tenía un talle enjuto; sentado en la silla con las piernas cruzadas, adquiría cierto charme. Pensé que sería un buen compañero: hábil interlocutor, cómplice y confidente. El contacto con sus manos no me demostraba frialdad, por el contrario, estoy seguro de que la calidez de su temperatura me convenció muchas veces respecto de su voluntad de vivir (o de mí voluntad y de la transferencia hacia él). Tal vez por eso no renuncié al proyecto a pesar de la falta de resultados, y tal vez también porque sus ojos –de una coloración azulina intensa– me permitían acceder a lo recóndito, a los dominios espirituales, a la morada del alma. Claro está, si es que Horacio (le puse ese nombre por “Horacio Kalibang”, el autómata) podía tener una. Digo más, incluso: si fuera posible que un no nacido la tuviera, en ese caso yo creo haberla advertido; y si no fue así, habrá sido sólo el desvarío de un viejo y su némesis. A fin de cuentas, ¿a quién le importa? He esperado en vano alguna reciprocidad, alguna demostración de su parte, incluso una limosna de certidumbre trascendente, pero nunca ocurrió. Recordé que el mismísimo Miguel Ángel golpeó la rodilla del Moisés de mármol y lo inquirió al grito de: “¿Por qué no me hablas?”; también Lugones fantaseó con poder hacer hablar al mono Yzur (no era más que un cuento, lo sé, y tampoco era Lugones el que fantaseaba, era su personaje, también lo sé). De hecho, como otro eslabón de esa infausta cadena, Horacio, mi Horacio, jamás abandonó su estado inerte, jamás me dispensó su aliento… Pero, en el instante postrero, en el preciso momento en que yo cerré mis ojos para no volverlos a abrir, fue él quien no dejó de contemplarme, esperando vanamente devolverme ese mismo halo de vida, que al filo de la madrugada, se me había escapado.

LOS ROSTROS (2011)

De pronto, los rostros de las personas me surgen sin identidad. Como el de los caballos, las ovejas o los peces. ¿Quién puede distinguirlos? Deambular entre desconocidos es una experiencia extrema, hacerlo entre fisonomías sin diferencias es aterrador. Me siento distinto entre los iguales y eso me compromete. Quisiera encontrar la manera de ocultarme entre aquellos sin distingos. Aplacar de tal modo la voracidad de las miradas que me indagan y los grotescos ademanes que me provocan. Sé que renunciar a ser es una manifestación de cobardía. Tal vez por ello, no ceda, entonces, a la tentación de evitarme dificultades. Quizás no sea ésa mi naturaleza. Después de todo: el mundo sólo recuerda a los rostros diferentes. 

EL CAMINANTE (2011)

El hombre caminaba hacia su destino con las manos en los bolsillos y la mirada gacha. Un pesado abrigo y una enmarañada bufanda lo protegían con cierto éxito de la gélida ventisca. A su alrededor lo cercaban las sombras espectrales de edificios sin tiempo. La guadaña lo esperaba cansina, al otro lado de la última calle. De súbito el caminante modificó su rumbo. Y sin saberlo, cambió la seguridad de la muerte por la continuidad de una vida errante.

PUTA VIDA (2014)

"En cien años estaremos todos muertos", le dijo el tipo al mundo, por más que lo escucharon no más de dos o tres. Y tenía razón. Luego, sacó un par de billetes y se llevó a la morocha para el cuarto. La vida es un sinsentido entre filosofía y sexo.

Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico

lunes, 7 de julio de 2014

ANTES DEL ABISMO

Edvard Munch

Antes del abismo me perderé en tu mirada,
sin rumbo vagaré por tu cuerpo,
dejaré mi hastío colgado en el armario
y buscaré en tus ojos la virtud y la alborada.

Antes del abismo te propondré un trato,
tú, rescatarás un deseo
 yo, desecharé un recuerdo
en el límite del dolor, nos estrecharemos las manos.

Antes del abismo beberemos la hiel,
sentiremos su amargura
y diremos: ¡Ya basta!
Luego, sin temores, cambiaremos la piel.

Antes del abismo apagaremos la hoguera,
tú, te volverás cenizas
yo, te arrastraré como viento
y al caer la noche, terminará la condena.


Ricardo Tejerina 

lunes, 23 de junio de 2014

PUTA VIDA

Eduardo Schiaffino

"En cien años estaremos todos muertos", le dijo el tipo al mundo, por más que lo escucharon no más de dos o tres. Y tenía razón. Luego, sacó un par de billetes y se llevó a la morocha para el cuarto. La vida es un sinsentido entre filosofía y sexo.

Ricardo Tejerina / 2014

sábado, 7 de junio de 2014

PASÓ EL CAPÍTULO 40 DE LA FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BUENOS AIRES


Entre el 24 de abril y el 12 de mayo tuvo lugar en La Rural “el capítulo 40” de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. El autor de esta columna tuvo a su cargo la presentación de tres novedades de Editorial Dunken. Compartimos en esta entrega los pormenores de las presentaciones de Letras del Face VI, 52 motivos para no morir y Sueños Dirigidos.


Durante los últimos días de abril y principios de mayo se desarrolló la 40° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La apertura formal del jueves 24 continuó con la llegada del primer fin de semana y los platos fuertes de los iniciáticos sábados y domingos feriales.

Editorial Dunken, la casa editorial líder en publicaciones de autores independientes, tenía cita agendada en la Sala Victoria Ocampo en el que fue conocido como el "día de los cuatro Papas" (el 27 de abril del corriente el Papa Francisco canonizó a sus antecesores Juan XXIII y Juan Pablo II, con la presencia del Papa emérito, Benedicto XVI). 

Promediando la tarde, el que es uno de los más bellos auditorios de La Rural abrió sus puertas para presentar Sueños Dirigidos, compilación de cuento de autores varios, realizada por M. Florencia Estévez Bejo. Previamente, el jueves 24/4, había sido presentado en el mismo salón el sexto volumen de la saga Letras del Face, a cargo de Leticia Baico, y posteriormente, el domingo 4 de mayo tuvo lugar su aparición en Sala Leopoldo Lugones el gran trabajo desarrollado por la compiladora Carla Demark, titulado 52 motivos para no morir.

Como ya es habitual, tuve a mi cargo la presentación de la nueva antología (que contiene relatos dignos del mejor reconocimiento: ya sea por su calidad y creatividad, como también por su apuesta rupturista) y destaqué la importancia del ROI (Programa de Recepción de Obras Inéditas de Dunken) en el campo editorial, como canal de publicación casi excluyente de las letras independientes. Asimismo, contamos en la mesa presentadora con las participaciones especiales de la sutil poeta y compiladora Marita Rodríguez-Cazaux y el reconocido autor y maestro del oficio, Carlos Penelas.

Rodríguez-Cazaux hilvanó su alocución instando a los autores a trabajar en el perfeccionamiento de su literatura. Destacó la importancia de la sencillez en la narrativa y el tono justo en la poética. La autora de Del glamour a la ciénaga, tampoco se privó de recurrir a la picaresca, haciendo gala de su refinado humor y buen decir, ofreciendo uno de los puntos altos de la tarde. 

Por su parte, Penelas, nuevamente rayó a gran altura. El poeta que cuenta en su haber con títulos como Poesía reunida y Poemas de Trieste, entre una prolífica obra que abarca algunas décadas, se hizo uno con la concurrencia a partir de su discurso ocurrente y mordaz, que combina la erudición literaria con la ironía y el humor de corte intelectual. Citó a Emerson y algunos pasajes del Hamlet de Shakespeare, para culminar haciendo hincapié en la necesidad, o más que ello, la obligación, que todo escritor tiene con la lectura.

La Sala Victoria Ocampo brilló otra vez con la emoción de más de un centenar de autores, colegas, artistas, familiares y allegados, que no quisieron perderse la oportunidad de participar de un encuentro tan tradicional como legitimador. 

Como de costumbre, coordinó con eficiencia Sabrina Vega y el personal de la casa estuvo siempre atento para el mejor desenvolvimiento de la actividad. 

Sueños dirigidos, tal el título del volumen, se inspira en la narrativa de Borges, y en particular en un pasaje de "El informe de Brodie", pues al fin y al cabo, la literatura es una búsqueda colectiva y un sueño que va en una dirección: la manifestación cultural de la humanidad.


Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico


domingo, 18 de mayo de 2014

TRIBUTO AL GABO: 87 AÑOS DE VIDA Y CIEN AÑOS DE SOLEDAD


El pasado 17 de abril murió en la ciudad de México a los 87 años el escritor y periodista colombiano, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez. El Ojo Críptico le dedica completamente esta entrega al prolífico autor de El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba y Memoria de mis putas tristes, entre otras.
Escribo este artículo un día después de la partida a la eternidad de Gabriel García Márquez. Nunca, en la relativamente extensa trayectoria de esta columna cultural, le había dedicado una atención directa y personalísima. Si bien rozamos su talento e imprescindible literatura de muchos modos, por razones que ahora me reprocho, no había ahondado en las profundas y mágicas aguas literarias del Gabo de Aracataca. Y, como no hay tiento que no se corte y deuda que no se pague, sea ésta, entonces, la oportunidad del injustamente postergado y tan merecido tributo.
Pero, no haré una crónica de sus logros, ni de sus frases más célebres, ni un decálogo de sus novelas. De ese tipo de recordaciones hay disponibles un sinnúmero, y de seguro realizadas con más virtud y mérito que la que puede ofrecer quien suscribe.  Abordaré al escritor colombiano, integrante del cuarteto de los latinoamericanos más grandes, junto a Borges, Neruda y Vargas Llosa, con una semblanza desde lo más íntimo de mi ser. Les contaré cómo descubrí a GGM y les mostraré de qué manera ha influido en la torpe literatura que este autor produce, pero que se redime ya no a través de lo que escribe, sino por lo mucho y maravilloso que ha leído de estos faros luminosos.
Mi primer contacto con el autor de Cien años de soledad fue a causa de Relato de un náufrago. Eran tiempos juveniles para mí, previos incluso a la formación en la disciplina cultural y artística. Tampoco reparaba mucho en los autores. De hecho consumí la crónica del infortunio del ARC Caldas y del sobreviviente sin reparar nunca que estaba leyendo al gran Gabriel García Márquez. Para muchos, este relato (que originalmente se publicó por entregas en el periódico “El Espectador” de Bogotá, en 1955), no integra lo mejor del autor… pero a mí me resultó fascinante.
Algunos años después, llego a mí casi por casualidad otro texto del colombiano, un cuento: “Sólo vine a hablar por teléfono”. Y este relato sí que resulto inspirador. Los grandes escritores marcan el camino que los más humildes y menos virtuosos seguimos con dificultad. A medida que leía esa maravillosa pieza –que bien ganado tiene su lugar entre los mejores cuentos de toda la historia del género en lengua española–, junto a los de Borges, Walsh, Lugones y por qué no los de Horacio Quiroga, sentía la imperiosa necesidad de escribir mi propio cuento con esa impronta.
Así lo hice. Escribí “Locura”, mi primer cuento capitulado, el que bastante tiempo después sería publicado en Conversaciones con el amor y otros relatos con ese título, y que luego cambiaría su denominación por “7 CRÓNICAS SIN TI y el Octavo Pecado Capital”. En ese cuento siempre traté de seguir la pista de García Márquez. Claro está que perseguir la huella del creador insigne no es copiar. Eso lo hace el todavía menos diestro y sin mayor dificultad. El desafío es apropiarse de un narrador y resignificarlo con lo propio, con virtudes y defectos, excesos y carencias, luces y sombras.
Dicho esto, comparto con todos ustedes ese modesto cuento, como tributo a la memoria del maestro y en palabras que confiesan la poca destreza del discípulo.

7 CRÓNICAS SIN TI y el Octavo Pecado Capital

“Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos,
le arreglaba la almohada para que respirara mejor,
la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría
y una dulzura que ella no había soñado jamás”.
“Sólo vine a hablar por teléfono”,  Gabriel García Márquez

Crónica Primera: Tú.
-          ¡Pero, no estoy loca! –gritó.
Al jalar con fuerza inusitada, desgarró la bata que la cubría y dejó expuestos sus senos. El imponente celador la cubrió con llamativa familiaridad, no asombrándose de su parcial desnudez. La envolvió con una mantilla vieja y gastada que acomodó por encima de sus hombros. Al hacerlo, no dejó de rozarla e invadirle furtivamente el pubis con su mano tosca y desangelada. Ella intentó separarse, pero su resistencia fue insuficiente ante la vulgar acometida.
Crónica Segunda: Él.
-                      Hola preciosa, ¿no estás en casa? Debo decirte algo, sé que no es el momento, nunca lo es, pero debo viajar al exterior en una semana, me salió la posibilidad de una pasantía como economista junior en una consultora londinense y acepté. Son seis meses, si satisfago las expectativas quizás me quede más tiempo. Te amo, pero es una oportunidad que no puedo desdeñar... Espero que me entiendas, tus besos fueron exquisitos y tu piel, mágica, grandiosa, de seguro la extrañaré, pero tú no vas a seguirme y yo no puedo detenerme, así que... ¿Dios dirá no? Te llamo en cuanto pueda. Au revoir... –y el contestador telefónico grabó con mecánica fidelidad el mensaje, como de costumbre.

Crónica Tercera: Yo.
En verdad era una hermosa mujer, en realidad lo había sido antes, con seguridad, pues ahora presentaba gran parte de su rostro con lacerantes e inocultables huellas de quemaduras importantes.
¿Cómo es que estaba aquí? Es posible que sufriera algún desorden, alguna crisis emocional, tal vez algo más complejo, un trastorno más amplio podría ser, pero... ¿quién no? No me parecía que fuera una paciente típica. No presentaba las características de una psicótica, no tenía –a mi entender– rasgos esquizofrénicos, ni paranoia, menos aún estaba catatónica. A lo sumo, una aflicción honda, perturbadora, producto de un gran dolor. Esos casos, en los que la pena se ensañaba en lo recóndito eran, podría decirse, mi especialidad. Más allá de la ciencia incluso, pues confiaba en la sensibilidad, en lo subjetivo y en lo propiciatorio.
Sentía que debía ayudarla, pero en verdad, hasta aquel día en que ocurrió, no me había acercado a ella, por lo menos no lo suficiente. Tampoco había coincidido en consulta de guardia y como yo no estaba al frente del pabellón, y hacía mucho tiempo que no prestaba servicios en él, mi contacto era prácticamente nulo con las pacientes psiquiátricas permanentes; pero ya había despertado mi interés, o más que eso incluso.
Tenía una digna experiencia, llevaba varios años de recibido, mi tesis de grado consistió en un trabajo acerca del impacto emocional que produce una crisis afectiva, las consecuencias psicológicas que derivan de la frustración y la relación que existe entre el abandono efectivo y el comportamiento sexual dentro de los establecimientos estatales de salud mental en países en vías de desarrollo.
El jefe del departamento de psiquiatría era un hombre honrado, pero muy lábil para manejar la disciplina. Le pedí ver la ficha de aquella mujer. No puso objeciones ni reparos, pero me dijo:
-          ¿Y qué quieres tú con ella? Sé que es la golfa de los celadores, no sabes la lástima que me da, tiene la edad de mi hija y de seguro habrá sido tan bonita, pero... ¿Qué puedo hacer yo? Si se la van a pasar igual, por más que la encierre en clausura. Es un demonio sexual la loquita. He pensado en darle traslado, pero, en definitiva, sería ir de mal en peor para ella; acá la acosan un poco, la manosean, pero no le pegan ni la maltratan al menos. Son unos bastardos estos celadores, pero esto es así nene...
Quedé bastante atribulado con ese comentario, me pareció inaceptable que él, un médico y profesor, permitiese que estas cosas sucedieran. No obstante, pensé que mi ingenuidad sobre la bondad de la humanidad era una utopía insostenible.
Aún contrariado, le agradecí su autorización y sólo le comenté –como al pasar– que mi interés se circunscribía a lo profesional, por sí acaso.
-          Ah, una cosa más –acotó el viejo jefe–, es una suicida pertinaz, aquí llegó porque quiso matarse cortándose, quemándose e inhalando gas, todo junto... ¡Pobre piba! Cuando puedas tráeme de nuevo la carpeta. Igual, no hay apuro –y sin mayor preocupación se despidió de mí.

Crónica Cuarta: Ellos.
Llevaban juntos un año y medio. Lo había conocido en el lobby de un hotel céntrico cuando hacía relaciones públicas en un evento de una marca top de ropa interior y lencería erótica y él firmaba balances como ayudante de contador. La química fue instantánea. Claro, ella era una magnífica amante, no porque sumara hombres como etiquetas en su haber –él fue apenas el tercero– sino porque era tan pasional y entregada cuando amaba, que no concebía acostarse con nadie que no le produjese esa fantástica polisemia de sentidos, y a él lo amó.
Tal vez, ella pensó que ése (él) era su destino, el único posible. Quizás su corazón no estaba en condiciones de resistir nuevas pérdidas. Su padre la había abandonado y la madre había muerto tiempo atrás. Puede que hubiere encontrado en aquel novel contador alguien en quien confiar. De todos modos, él se fue en busca de su éxito y ella se quedó aquí, sola, olvidada y con deseos de nadie.
Cuando escuchó el mensaje grabado en el contestador y adivinó la voz que traía tan infausta sentencia echó a llorar. No sabría yo si lloraba más por él, por ella, o por ambos, pero lloró como lo hacen las que aman, con lágrimas de genuino dolor, producto del agobiante sufrimiento de las ilusiones deshechas. Llamó a su amiga y confidente y le dijo que no podría vivir sin él, que así no resistiría, que no podría despertar con esa pena artera, clavada en su pecho, en la mañana siguiente.
Y luego, atormentada y dolida, fue a la cocina y se preparó un café, como quien busca a un oscuro y tórrido compañero, capaz de compartir en silencio aquel penar irreparable. Pero estaba confusa, casi no sabía dónde se encontraba. Quiso guardar en la alacena unos vasos que, junto a otros enseres, estaban sobre la mesada. Sufrió entonces un profundo mareo, intentó asirse de algún borde, pero fue en vano. Cayó pesadamente sobre el mármol y la cocina encendida. Los vidrios cortaron su piel tan blanca y el café, a punto de hervir, quemó los sueños, las quimeras y su rostro de manera irremediable.
Al cabo, la hornalla se apagó y el gas infame inundó el ambiente sin ningún remordimiento.
Crónica Quinta: Tú y algo de mí.
-          No estoy loca, no quise suicidarme, no me agrada que me violen estos simios hijos de la chingada –y señaló a los celadores que estaban detrás de la puerta–. Me quiero ir de aquí. Pero, ¿quién le hace caso a alguien que está con esta bata de mala muerte, casi desnuda, descalza, destrozada anímica y físicamente y con estas malditas marcas que tengo en la cara y en los brazos? –dijo, con voz inquebrantable, aunque un tanto apagada por los psicotrópicos.
-          Tal vez yo... –respondí.
-          ¿Y quién demonios eres tú? Un súper héroe afeminado... digo, porque hasta ahora no me metiste mano, ni me quisiste desnudar, ni nada. Es posible que seas homosexual y tal vez por ello me parezcas más educado –resopló.
-          Sólo tengo interés en ayudarte. Advertí que algo pasa contigo. En verdad te creo, porque sé que no estás loca. Para decirlo más apropiadamente, no tienes disfunciones mentales que te impidan reconocer la realidad, el tiempo y el espacio, ni representas un peligro para los demás ni para ti misma. Pero, sé bien que con el tiempo, aquí, eso irá de mal en peor y terminarás en igual o peor estado que muchas de tus compañeras...
-          ¿Y qué tengo que hacer para que me saquen de aquí? Estoy cansada, ¿sabes? No hay justicia para la loca, ¿te das cuenta? Entrar aquí es un viaje de ida, un pasaporte a la enajenación y a la degradación. ¡Resulta que te clavan un estigma y nadie te salva! ¡Nadie te cree nada! Te oyen y no te escuchan. Sólo creen en estos médicos burócratas que no hacen nada por los enfermos, salvo hacerlos pudrir en un mundo de soledad, carencias de todo tipo y promiscuidad. Lo más curioso es que tus amigos, tu familia, tus allegados, le hacen caso a estos tipos... Les dije mil veces que se cansaron de violarme. Creen que son inventos míos... ya ni fuerza tengo para resistirme, ni para hablar... Estaba mal, al borde del abismo, pero acá estoy en el fondo. ¿Entiendes?

Crónica Sexta: Yo, de nuevo.
Yo había escrito en mi tesis: “(...) que las cuestiones afectivas pueden producir desórdenes temporarios del comportamiento emocional, llegando incluso a tener manifestaciones similares a patologías más graves, las que, basadas en un mal diagnóstico, pueden verse acrecentadas mediante la acción que producen los psicofármacos de corriente prescripción, juntamente con la desconexión espacio temporal que produce el encierro... Todo esto, podría configurar un cuadro psicológico inextricable para un profesional ajeno a la historia vivencial del paciente en cuestión...”.
Desde luego que si a ello le sumamos el trato y el destrato que reciben estas pobres almas en algunos lugares que funcionan como depósitos de personas y el sometimiento carnal so pretexto de peores pesadillas, junto a la certeza asumida en torno a lo irreversible de su condición, el resultado no puede ser sino: la más atroz y brutal locura, cuando no el suicidio, una y otro inducidos por un sistema criminal, perverso y decididamente infrahumano.

Última Crónica: El final de los dos.
Con el tiempo conseguí hacer los arreglos pertinentes y cumplir con todas las formalidades para que ella pudiese recuperar su vida. Hoy día nos comunicamos de vez en cuando y de tal manera me cercioro de que está bien y me agrada que así sea.
Me satisface haberla ayudado, aunque, creo en verdad que: a pesar de que se me considera como un hombre que se jugó por una causa, que peleó contra el sistema y que cambió, en alguna medida, el paradigma del tratamiento psiquiátrico en el país, no tuve en realidad el valor necesario para amarla.
Es cierto que sabía demasiado acerca de ella y que siempre asumí que no se es feliz, sino a costa de algunas (todas las necesarias) ignorancias –en franca contradicción con mi formación profesional–.
No obstante, ahora me doy cuenta de que no hay vestigio de valentía en mí, tampoco de cordura, pues me siento misérrimo y del todo vulnerable.
Renunciar a su amor ha sido una locura, de ésas que están exentas de tratamientos pero condenadas desde el vamos, sin la más mínima posibilidad de redención. O, más aun, diría que fue un pecado, tal vez el octavo capital. Por ello, como bien suponen, yo no tengo quien me salve.

Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico