domingo, 5 de octubre de 2014

NOCIONES DE LIDERAZGO Y CONDUCCIÓN EN EL MOVIMIENTO DE TRABAJADORES


El autor participó entre el 17 y el 23 de agosto pasado en el Seminario-Taller Internacional “Un nuevo liderazgo en el Movimiento de Trabajadores del Cono Sur”, realizado por la Universidad de los Trabajadores de América Latina (UTAL) “Emilio Máspero”, en Praia Grande, San Pablo. En esta entrega compartimos el documento final que presentara en dicha ocasión.

Teorías y prácticas para la construcción de un nuevo paradigma

Como en cualquier disciplina, cuando analizamos el liderazgo y la conducción, en este caso específicamente en el movimiento de trabajadores de América Latina y el Caribe, y más particularmente en la República Argentina a través de este ensayo, debemos definir el concepto inicial del cual partimos. Eso, no sólo facilita el desarrollo de la idea, sino que orienta al receptor en el sentido que pretendemos.

Pues bien, diremos entonces que en base a las fuentes teóricas y la experimentación práctica en la realidad, el liderazgo es en sí, una CUALIDAD. De este modo podemos asumir que también es un VALOR, pues el líder liderará a través del ejemplo (actos) y la palabra (prédica). Por su parte, la conducción y más concretamente el acto de conducir, es una CAPACIDAD, o sea una acción que bien puede optimizarse y aprenderse para su mejor aplicación y desempeño.

Sin embargo, no debemos escindir al liderazgo de la conducción, sino -luego de comprender las diferencias- tomar a ambos como un conjunto virtuoso que actúa de modo complementario y sincrónico, para formar a partir de su imbricación un sentido que los necesita juntos y combinados.

Esto es así porque debemos entender que cuando hablamos de liderazgo y conducción, lo que hacemos es hablar de un VALOR EN ACCIÓN.

Veamos la diferencia entre un líder y un jefe. Ambos están al frente de un colectivo. Sin embargo el jefe se reduce simplemente a dar órdenes, individualiza su función y se limita a IMPARTIR, no aporta valor a su actividad, sólo la realiza, a veces bien, a veces mal, medirá su gestión por el éxito (propio) o el fracaso (ajeno), no más. Por su parte, el líder enseña, escucha, aprende, desaprende, reaprende y colectiviza, su propósito es COMPARTIR. Tiene mejores posibilidades de acierto, y en el caso de caer en el error también tomará al mismo como parte del proceso de aprendizaje. ¿Cuál es, entonces, nuestro modelo? 

En el movimiento sindical argentino hay una lógica vertical y reticente a los cambios. Eso se expresa en la continuidad más o menos constante de un modelo sindical que eterniza direcciones y prácticas.

En la mayoría de los casos, las renovaciones no son producto de la superación política, sino del envejecimiento vegetativo de la clase dirigente y dominante, pero esto no anula -sin embargo- la resistencia.

Hoy día, la lucha de clases en términos marxistas, como bien se apunta en el documento "Nuevas tendencias del sindicalismo para el siglo XXI", utilizado en el Seminario - Taller realizado en Praia Grande (2014), continúa librándose, pues el campo social sigue siendo el lugar del conflicto y las tensiones; pero ya no es sólo entre clases, sino también intraclases. Dentro de la propia clase trabajadora se suceden tensiones y debates, conflictos y polémicas, y los sindicatos deben mudar para no ser reemplazados o “alternativizados” por otro tipo de organizaciones más o menos formales que buscan empoderarse y legitimarse.

De momento que nos planteamos "un nuevo liderazgo en el movimiento de trabajadores", lo que asumimos de suyo es que también hay "un viejo liderazgo" que debe ser reemplazado por un nuevo PARADIGMA. Esa situación es la clara evidencia de una lucha intraclase, y ésta es asimismo -y a no dudarlo- tan necesaria como oportuna.

Ese nuevo norte en cuanto a liderazgo y conducción encuentra fundamentos en la alegoría que nos plantea el documento "Remar mar adentro", utilizado en el Seminario - Taller que tuviera lugar en Bogotá (2013). En él, a través del sentido figurado, se ponen de manifiesto todas las exigencias que rodean al líder y al equipo dentro de una organización. Cada cuál debe atender su rol (misión) y servir al conjunto y a los objetivos (visión), de modo tal que todos son INTERDEPENDIENTES. Por lo tanto, la acción individual reporta a un colectivo, y éste se vale de las mejores competencias y habilidades de sus miembros, en pos de ser efectivo, eficaz y eficiente, ajustado a valores y principios.

El nuevo liderazgo implica un salto en la calidad representativa y una firme convicción transformadora. Pero éste no surgirá espontáneamente, sino como producto del proceso de aprendizaje en base a la renovación de los CONTENIDOS y la reafirmación de los VALORES, en la formación de los NUEVOS DIRIGENTES que necesitamos, principalmente mujeres y jóvenes.

Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico


viernes, 19 de septiembre de 2014

CONFESIÓN DE PARTE

Edvard Munch

Te robo las palabras de tu boca
con un beso lascivo, penetrante.
Me apodero de tus huesos y tu carne
probando, así, el sabor del aquelarre.

Enredado en palabras que te nombran
me revuelco entre sábanas manchadas.
La sangre llega al río y tiñe el alba
cuando el dolor sucumbe ante el mañana.

Sin alma vago por el camposanto
a sabiendas que es dominio de la nada.
Y allí reza el hombre sin sus sueños,
trasegado el rostro con sus lágrimas.

Me empodero de ti y te blasfemo
un minuto antes de echarte de mi mente,
revolviendo la tumba, penitente,
hallo allí al hombre que fui y te dio muerte.


Ricardo Tejerina


sábado, 6 de septiembre de 2014

EL CAMINO DEL INCA



Uno de los territorios más significativos de nuestra América Latina es el Perú. Casi como si fuera un sitio arqueológico en su totalidad, nos muestra las maravillas de la cultura incaica. En esta entrega veremos un poco más en detalle algunas características y singularidades del pueblo quechua y su gobernante, el Inca.

Perú es, en sí, una aventura. Llegar a tierras incaicas representa para el visitante con inquietudes culturales, espirituales o meramente turísticas, una experiencia que obliga a remontarse en el tiempo.
Se trata de un territorio plagado de naturaleza, arquitectura originaria y colonial, mestizaje y sincretismo cultural y religioso. La tierra del Inca, es por demás bella, pero también sobrecogedora y atrapante.
Para poder comprender una cultura se necesitan algunas competencias. Por ello, es bueno que repasemos juntos los orígenes del Inca, para, de tal modo, poder adentrarnos de mejor modo en la etnia quechua.
Si bien por uso y costumbre denominamos “incas” a los integrantes del pueblo, esa definición alcanza sólo al soberano. El Inca, por tanto, era el rey, el líder del pueblo. Si bien hay algunas polémicas discursivas alrededor, el pueblo que gobernaba el Inca era el quechua. En este caso el vocablo “quechua” responde a las características de un etnónimo, es decir, la palabra que sirve para definir una etnia. También, el quechua, es la lengua del pueblo, felizmente no perdida, pues en la actualidad se enseña y se exige en la educación formal del Perú. Enhorabuena. 
Los quechuas gobernados por el Inca son el último de los pueblos dominantes entre los siglos XII y XV del continente americano. El imperio incaico llegó a ocupar buena parte del territorio de lo que hoy es Perú, Colombia, Ecuador, Chile, Bolivia y Argentina, alcanzando a totalizar casi 12 millones de pobladores entre los naturales y los otros pueblos conquistados o sometidos voluntariamente al Inca.
La cultura incaica es ágrafa (no tiene escritura), pero rica en saberes matemáticos, arquitectónicos, astronómicos y medicinales. Prueba de ello es la ciudadela perdida de Machu Picchu, la que fue descubierta intacta en 1911 y conservada hasta la actualidad en un estado prácticamente original.
Se estima que en Machu Picchu vivieron alrededor de 700 a 1000 personas, la mayoría posiblemente nobles y sacerdotes, aunque también integrantes del pueblo raso. La magnificencia de la ciudadela es incuestionable. La sola contemplación de la capacidad constructiva y dimensión simbólica de aquel pueblo produce una revolución de los sentidos y una profunda reflexión interior.
Pero, la arquitectura incaica se encuentra diseminada por todo el Perú, no sólo en Machu Picchu. Lo que ocurre es que fuera de la ciudadela, todo ha sido intervenido, modificado, o maltratado por el conquistador español. Llama la atención ver como se han edificado conventos e iglesias cristianas sobre las construcciones originarias.
La ciudad de Cusco, que fue la capital del Imperio, es de una belleza y riqueza singular, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1983. Rearmada a la usanza colonial, todo parte desde la centralidad de la Plaza de Armas, en la cual se destaca –imponente– la catedral cusqueña. 
Si se preguntan si es correcto escribir “Cusco”, rápidamente les diré que si bien también se acepta “Cuzco”, quien suscribe prefiere la forma que aceptan los naturales del lugar y no la que impusieron los conquistadores. “Cuzco” corresponde a la forma castiza, producto de la derivación fonética de la denominación original en quechua.
Las estrechas calles cusqueñas son una invitación tácita al tránsito a pie. Por doquier hay detalles y particularidades que sólo el caminante puede observar con detenimiento y precisión.
En una de esas callejas se encuentra la tradicional piedra de los doce ángulos. Se trata de una piedra amurada que posee cortes y encastres que totalizan doce ángulos, una demostración más de la precisión constructiva incaica, la que, por supuesto, nunca utilizó ningún elemento para unir, ligar o pegar las piedras, es decir, que las mismas sólo encajan y allí quedan, para todos los tiempos. Más aun, las construcciones originarias son antisísmicas, resistentes a los temblores y movimientos telúricos, muy frecuentes en la región.
De allí que es muy popular entre los cusqueños el culto al Señor de los Temblores. Se trata de un Cristo cobrizo y oscuro alojado en la catedral, el cual es sacado en procesión regularmente para así evitar los daños que producen esos fenómenos. He allí el sincretismo religioso. El encuentro de culturas y credos. El mestizaje simbólico. Un Cristo cobrizo, como súplica cristiana, pero también orgullo de la etnia originaria.
Recorrer, pues el Perú, es volver a las fuentes americanas. Una suerte de reconciliación con nuestra historia continental y una necesaria mirada crítica hacia la barbarie y saqueo del conquistador.
A través del escalamiento de cada terraza, o el ascenso por las escalinatas incaicas, o la aventura en la selva peruana, uno reconoce algún atisbo del mucho más extenso y fatigoso camino del Inca, ése que pudo haberle hecho mucho mejor a nuestra América Latina.
Hasta la próxima mirada.

El Ojo Críptico

sábado, 9 de agosto de 2014

MUNDIAL DE FÚTBOL: ALEGORÍA DE LA NACIÓN


Terminó el Mundial en tierra brasilera. La Meca del fútbol fue remisa con las aspiraciones de campeón de la Argentina luego de 24 años, pero recreó la relación del equipo nacional con el pueblo. En paralelo, la contienda deportiva más popular del mundo dejó mucha tela para cortar y habilitó la presente reflexión sobre la identidad, la nación, el éxito y el fracaso.

Pensaba… cuántas reflexiones y conclusiones nos permite extraer un Mundial de Fútbol, más ahora, con el resultado puesto. En verdad, muchas de esas conjeturas y sentencias corresponden a las formas alegóricas, ésas que nos hablan de unas cosas, pero que en realidad remiten o se refieren a otras. Dicho de otro modo: el fútbol como metáfora de la nacionalidad y la identidad, o también como metáfora de la gloria, la divinidad o el más profundo y ominoso infierno. Todo eso bajo la fachada de un deporte. ¿Es posible? Sí que lo es.
Es curioso, pero pocas cosas como el fútbol logran sacar a flor de piel las cuestiones identitarias y nacionales. Está muy claro que se trata de un deporte, que no supone –en una observación lineal y despojada– más que una justa atlética (y en algún punto estética), pero con el valor agregado de la “argentinidad” en estado puro, en nuestro caso.
Ciertamente, los jugadores no son héroes, ni próceres, ni tampoco abanderados de los grandes valores nacionales; pero sí son profesionales aptos que en instancias decisivas como las de un Mundial, se vuelven depositarios de una pasión colectiva y espejos de una ilusión que agiganta el orgullo, en una relación que involucra una destreza deportiva y la satisfacción plena de un país.
No hay mucha explicación más, pues los sentimientos no pueden explicarse fácilmente. Si vale un ejemplo, y sin que parezca una insolencia o una banalización, lo cierto es que el pueblo argentino sintió que Diego Maradona lo reivindicó en la Copa del Mundo de México 1986 con el gol a los ingleses (porque no fue el gol a la selección de fútbol inglesa, sino “a los ingleses” como nación). Y, por cierto valen cualquiera de los dos que convirtió o el combo completo, para mitigar el dolor supérstite de Malvinas. Quien diga que no lo sintió así, creo que miente, ¿o acaso el puño de Maradona elevándose por encima del arquero británico Peter Shilton no era el puño de todos los argentinos y por qué no de Dios?, ¿o la corrida del eterno diez desairando ingleses a diestra y siniestra no representaba una cabalgata de Valquirias, pero autóctonas y bien criollas?
Y no es banalidad, no señor. ¿Saben por qué? Porque el fútbol tiene ese extraño magnetismo que otras disciplinas no atesoran. Si no fuera así, ¿cómo se explica el pecho hinchado con el himno nacional tarareado en su versión para estadios, o la proliferación de banderas cubriendo casas y autos, o el uso de camisetas como verdaderas armaduras con los colores patrios? Todo eso es argentinidad, y la produce el fútbol, ni más, ni menos. La victoria deportiva, entonces, es alegoría del triunfo de la nación, de la superación de la adversidad, de la ilusión de protagonismo en el concierto mundial.
Pero…, siempre hay un pero, ¿qué pasa si perdemos? La estantería de nuestros valores se mueve como agitada por un movimiento telúrico. Aparecen las contradicciones, los desconsuelos, los reproches, la marcialidad y la distancia… Llega, sin permiso, el fin de la inocencia. Nuestro coqueteo con el éxito se vuelve merodeo con el fracaso. De pronto, todo el gozo y la pasión tornan en decepción y acritud. Guardamos pues las banderas, nos quitamos la camiseta y cambiamos de canal. Game over. La nación debe esperar cuatro años más, y el éxito y el fracaso –que no son otra cosa que dos grandes farsantes– se ríen de nosotros.
Me pregunto qué hubiera pasado si Messi la embocaba en el mano a mano que tuvo frente al arquero belga Curtois…, y qué diríamos si ese bellísimo remate cruzado de la final, en lugar de desviarse arteramente por apenas unos centímetros, ingresaba al arco y nos llenaba a todos la boca de gol… ¿No estaríamos, acaso, hablando del Mundial perfecto, con balón, botín y copa dorada? ¿No se escribirían infinitos artículos que tratarían de dilucidar cuál es más importante, si el ’86 de Maradona o el 2014 –que no fue– de Messi?
Me cuestiono porque nuestra tendencia, mayormente, va a favor de la puja y no de la complementación; y porque queremos que Messi haga el gol de Diego, y luego polemizar acerca de cuál vale más. Eso también es argentinidad, pero demostrada a través de su rasgo o faceta menos favorable.
A fe les digo que el destino es caprichoso. Que lo que da por un lado, lo niega por el otro. Nos dio a D10S y nos quita al MESSIas… Aunque, esta vez, lo tuvimos ahí cerquita, en la tierra prometida, en el suelo consagrado. Igual, ¿quién nos quita lo bailado?
Tal vez podamos disfrutar de este momento, sin exitismos a ultranza ni decepciones innecesarias. Sabiendo que es mejor sumar que dividir. No postrándonos ante la farsa del éxito y el fracaso. Y sabiendo, que la alegoría de la nación también debe volverse realidad, más allá de la pelota.
Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico


miércoles, 30 de julio de 2014

1939 - 1945

Edvard Munch

Las horas caen entre la arena del reloj,
irremediables.
La tierra baldía no sepulta cadáveres
y la sinrazón del tirano es ley y moneda.
El honor se incinera con cada cuerpo
o duerme su ignominia en una cámara de gas.
En la guarida del lobo
el monstruo ensaya el rictus final.

Ricardo Tejerina