viernes, 4 de octubre de 2013

UN TAL GOMBROWICZ


En esta entrega conoceremos –o reconoceremos– a uno de los más singulares escritores del siglo XX, pero poco visible para el gran público. Se trata del polaco Witold Gombrowicz, con una vida digna de su escritura incorregible.

 “Nada en el arte, ni siquiera los más inspirados misterios de la música, puede igualar al sueño. El sueño nos parte en trozos la vigilia y la vuelve armar de otra manera, y esta sombra de la vigilia está cargada de un sentido terrible e inescrutable. El artista tiene que penetrar la vida nocturna de la humanidad y buscar en ella sus mitos y sus símbolos. El arte debe imitar el sueño, tiene que destruir la realidad, partirla en trozos y construir un mundo nuevo y absurdo. Cuando destruimos el sentido exterior de la realidad nos internamos en nuestro sentido interior; una obscuridad con la claridad de la noche”.
La cita pertenece al libro de Juan Carlos “Goma” Gómez, titulado: “GOMBROWICZ, este hombre me causa problemas”, publicado por  editorial Interzona Latinoamericana. Y este artículo sobre el singular escritor polaco Witold Marian Gombrowicz, lo comparto en autoría con mi amigo y colaborador, el licenciado Roberto Coluccio.
Gombrowicz, el hombre que nos ocupa en este modesto rescate, nació en Polonia en 1904, en Małoszyce, a 200 kilómetros al sur del Varsovia. Perteneció a una familia acomodada, terrateniente. Se licenció en Derecho y produjo una muy amplia obra literaria en Polonia. Luego, también trabajó en varias ciudades de Europa y del mundo.
En 1939 se embarcó hacia Buenos Aires. Llegó el 21 de agosto de ese año, sobre el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Vivió en nuestro país hasta 1963, para luego regresar definitivamente a Europa, instalándose en París, donde murió en 1969.
Una curiosidad: entre 1947 y 1955 fue empleado bancario, como T. S. Eliot, el autor de “La Tierra Baldía” y Premio Nobel de Literatura en 1948, ya hemos hablado de él aquí mismo ¿lo recuerdan? El punto es que Witold trabajó en el hoy inexistente Banco de Polonia en Buenos Aires. El tiempo se empeña en dejar difuso al pasado…
Pues bien, el escritor polaco arribó a nuestras tierras en un crucero de bandera de su Patria, participando de un viaje de amistad polaco-argentina por estas lejanas costas meridionales, junto a otros escritores, periodistas y diplomáticos.
Hay biografías y artículos que dicen: "tuvo que quedarse en Buenos Aires", nosotros consideramos que Witold decidió quedarse. Así también lo expresa Tamara Kamenszain en su obra “Los que conocieron a Gombrowicz”. Esta decisión trajo como consecuencia que pasara en estas pampas 24 años de su vida. Nunca más regresó a Polonia.
En Argentina conoció a Jorge Luis Borges –quien decía que Gombrowicz era "un amigo de amigos"–, a Ernesto Sabato (sí, así, sin tilde, aunque todos lo llamamos “Sábato” al autor de “La Resistencia”) lo conoció en pleno apogeo literario, a Juan Carlos “Goma” Gómez jugando al ajedrez, y a todos estos en Buenos Aires.
A principios de 1939 vivió en distintas piecitas del centro de la ciudad, pero luego se instaló en un aposento de la calle Bacacay en el barrio de Flores, lejos de las luces. El nombre de dicha arteria fue utilizado por Witold para renombrar una serie de cuentos que originalmente se titularon "Memorias del tiempo de la inmadurez".
Trató de conseguir trabajo escribiendo para revistas y diarios de Buenos Aires, en algunos casos tuvo éxito en su empresa y en otros no, a pesar de la recomendación que le hiciera Manuel Gálvez para el diario La Nación, en el que le rechazaron todos sus textos. Esta situación lo puso de frente con la miseria. Providencialmente, una familia que se había relacionado con los Gombrowicz en Polonia, organizó una colecta para ayudarlo. Insólito.
Hacia fines de 1940 se mudó al conventillo El Palomar, ubicado en Corrientes 1258, un edificio que presentaba una fachada propia de un palacete, pero que en su interior reproducía las mismas instantáneas de la miseria con las que hasta ese momento Witold se había enfrentado. 
Al respecto, esto escribió Gombrowicz en su diario personal hacia 1963, haciendo mención a ese período y al conventillo: "(...) donde anidaban algunos pobres diablos, donde yo viví mi época más penosa, al final de 1940, enfermo y sin un centavo".
Su obra cumbre es “Ferdydurke”, y como no podía ser de otro modo, la traducción al español de la misma no podía menos que estar rodeada de una singular historia: cuando decidió traducir al español su obra, reunió a algunos amigos y les propuso hacer el trabajo “entre todos”. El trabajo, comunitario y socializado, se realizó en el café Rex, sobre la avenida Corrientes. Encabezaron la tarea los escritores cubanos Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu, con un grupo de entre seis a diez entusiastas, dependiendo del día. La empresa se concretó en un ambiente absurdo, prosaico, casi burlesco, ferdidurkeano. No podía ser de otro modo.
Imagínense la dificultad de traducir la novela de Gombrowicz, que apenas sabía un par de palabras en español, con la ayuda de afanosos latinoamericanos que en el mejor de los casos apenas balbuceaban un puñado de vocablos en la lengua natal de Witold.
En síntesis, curiosa y plenamente anecdótica la vida la de este polaco escritor, talentoso como pocos. Un verdadero trabajador de las letras, y tal vez la pluma más representativa de su país. Bien se merecía este rescate.
Hasta la próxima mirada.

El Ojo Críptico

sábado, 7 de septiembre de 2013

THOMAS MANN Y EL MITO DE FAUSTO


Las novelas pueden llevarnos por los caminos extremos de la sensibilidad humana y enfrentarnos a nuestras pasiones, deseos y decepciones. La idea del “pacto diabólico” ha sido abordada muchas veces y por variados autores, aunque en pocas ocasiones llegó a ser tan sublime como en la obra de Thomas Mann, Doktor Faustus. Aquí, la relación entre el mito fáustico y la sutil pluma del escritor alemán, Premio Nobel de Literatura en 1929.

El mito faústico proviene de la antigua tradición alemana. Consiste –en sentido abstracto– en un pacto de intercambio espiritual e inmaterial, con derivaciones trágicas, producto de la complejidad de los efectos sometidos a la transacción y de los sujetos productores de la misma. Lo transaccionado es generalmente alegórico, bien puede tratarse de la obtención de habilidades, reconocimiento, admiración o posición, instancias todas que remiten al fugaz éxito personal (o profesional), el que para ser obtenido exigirá a cambio un crucial renunciamiento espiritual, que se traduce en la figura poética de la “venta de la propia alma”. 
Intervienen y realizan el pacto un ser humano (poseedor de alma), por lo general ambicioso y dispuesto voluntariamente al intercambio, y una entidad demoníaca (ávida de la espiritualidad humana), poderosa y celosa del fiel cumplimiento del compromiso asumido por el primero.
De alguna manera subyace la idea de que siempre será menor la paga dada (el éxito) que el valor intrínseco de lo entregado a cambio (el alma), atento a las características perecederas de los atributos mundanos y la eternidad inconmovible y trascendente de las cuestiones divinas.
El mito faústico es, en sí, una idea tan cruel como real acerca de las consecuencias de la usura y el timo moral, y su relación con las pasiones sensibles y la inmediatez apurada por la finitud, todo ello en el marco de una atmósfera literaria oscura y densa y una poética pródiga y fantástica.
Recreado en muchas oportunidades, es ineludible la relación con el Fauft de Goethe para comprender el alcance del Doktor Faustus de Thomas Mann, tanto como deviene necesaria la versión de dominante impronta política del mismo mito, Mephisto, autoría de Klaus Mann, primogénito del Premio Nobel de 1929.

Doktor Faustus y sus circunstancias

En la prolífica literatura de Mann, Doktor Faustus se sitúa como una obra crepuscular pero de máxima lucidez creativa y testimonial. Escrita en condición de autor consagrado y personalidad de culto, la obra es casi un testamento ideológico -  literario que no escatima virtuosismo narrativo ni compromiso político, al punto tal que aun siguiendo un celoso rastro se torna en extremo dificultoso determinar si prevalece el artista de refinada pluma por sobre el hombre agudo y comprometido, o viceversa.
Realizada entre 1943 y 1947 en el exilio estadounidense de Mann, la extensa obra recibió la colaboración y aportaciones de artistas e intelectuales de inmensa trascendencia como ser Igor Stravinsky, Arnold Schönberg o Theodor Adorno. En grado muy especial y calificado de este último, puesto que se le atribuyen al pensador de Frankfurt parágrafos completos de reflexiones estéticas y descripciones musicales relativas a la obra del protagonista Adrian Leverkühn.
Mann pensó la novela como una: “(…) sumaria biografía de un hombre querido, de un músico genial que el destino levantó y hundió con implacable crueldad”, pero en  paralelo es una aguda crítica al régimen del Tercer Reich.
De algún modo el autor interpreta y relaciona el ascenso y la caída del conflictuado protagonista con el de la misma Alemania, hundida en un proceso de mesiánica destrucción. Por tal razón es que puede interpretarse a la figura demoníaca (real o imaginaria) con la que pacta Leverkühn, con el mal y la calamidad que asoló al pueblo alemán y que representó el nacional-socialismo para la Europa de la época y el mundo contemporáneo.
La obra, poseedora de una fuerza tan intensa que conmueve, es la descarnada y dolorosa narración de una terrible inflexión que involucra por un lado al amor y la admiración, luego trocadas en abismal decepción por la retracción individual (de Leverkühn) y colectiva (de Alemania) a un primitivismo espiritual y ético.
En variadas oportunidades el Doktor Faustus se convierte en un texto preciso, meticuloso hasta el límite, abundante en el tono pedagógico y disciplinar, sustraído ex profeso de la narrativa de ficción. Mientras que en otros momentos, desciende abismalmente hasta las fibras más íntimas del ser y desafía la tolerancia espiritual del lector. En cierto sentido, obliga al que osase sumergirse en las profusas páginas de la demoníaca novela a vivenciar el padecimiento de Leverkühn, y a sufrirlo literaria pero inevitablemente.
 En suma, Doktor Faustus, es una puntillosa alegoría ética, estética y política que se interna en los fatídicos caminos trazados por la tentación, el arte, el poder, el amor y la perdición.
Hasta la próxima mirada.

El Ojo Críptico

sábado, 10 de agosto de 2013

LA VIDA ARTIFICIAL, DESVELO DEL ARTE


En esta entrega el autor aborda, a través de algunos ejemplos determinados, el tratamiento dado por el cine y la literatura a la idea de la vida artificial. El interrogante consistente en el cuestionamiento acerca de si las máquinas pueden llegar a razonar, aprender, simular, especular, crear o sentir como lo hacen los seres humanos, como desvelos del arte moderno y contemporáneo.

Sostiene Graciela Sarti en su tesis de doctorado: “Androides, robots, cyborgs, autómatas; son parte del paisaje de la cultura contemporánea, ya en sus realizaciones concretas, ya como figuras de ficción. (…) Los relatos modernos de autómatas, o de creación de vida artificial, se han construido con referencia a figuras y narraciones ya presentes en el imaginario del mundo clásico, pero que se resemantizan especialmente a partir de la modernidad tardía. (…) Siguiendo una estructura característica de los relatos míticos, estas narraciones se despliegan en juegos de opuestos: juegos que tanto tematizan el futuro de la especie humana –la posibilidad de su superación y hasta su eliminación por obra de una especie nueva– cuanto abordan el problema ético de los derechos de esa nueva especie surgida del propio empeño humano”.

De tal modo, inferimos sin lugar a la vacilación que la problemática de la vida artificial es tópico ineludible de nuestra cultura presente, al tiempo que su tratamiento abreva en la fuente del mito y la cultura clásica.

La literatura de ficción o ensayística fue pionera en esta temática, que más tarde continuaría en el cine. Si bien pueden hallarse obras precursoras al calor de la ilustración del siglo XVIII (El hombre máquina, de Julián Offray de La Mettrie, publicada en 1748) hallaremos algunas de las más representativas en los albores y el devenir del XIX, y por supuesto en el decurso del XX, incluso en nuestro país.

A modo de ejemplo, listo a continuación una serie arbitraria, ordenada cronológicamente, de las obras literarias y audiovisuales que entiendo más representativas, amparado en la subjetividad y sin un propósito expreso de exhaustividad, dada la material imposibilidad que dicha tarea supone, a saber:

  1. Los autómatas, E. T. A. Hoffman, 1814, cuento pionero en el género que aborda la indiferenciación mimética entre el ser humano y el autómata.
  2. Frankenstein o el Prometeo moderno, Mary Shelley, 1819, novela arquetípica que hace un señalamiento sobre los riesgos de la manipulación de la vida por parte del hombre.
  3. Fausto. Segunda parte, Johann W. Goethe, 1832, relato basado en el “homúnculo”, producto de la alquimia.
  4. El ajedrecista de Maelzel, Edgar Allan Poe, 1836, cuento que relaciona el exhibicionismo con la sorpresa y el engaño que puede producir la figura del autómata.
  5. Horacio Kalibang o los autómatas, Eduardo Holmberg, 1876, primer cuento de autómatas en la literatura argentina, desarrollado a partir de las influencias literarias de Poe y las competencias científicas del autor.
  6. Yo, robot, Isaac Asimov, 1950, contario paradigmático del género que aborda la temática robótica, la interacción e indiferenciación de éstas con los humanos, y el control ejercido por la inteligencia artificial, a partir de la vulneración de “las tres reglas de la robótica”.
  7. 2001: Una odisea del espacio, Stanley Kubrick, 1968, film icónico que propone sin cortapisas la posibilidad de que una máquina pueda sentir, proceder y defenderse como un humano, a través de una conciencia artificial, que puede llevarla incluso a matar para defenderse.
  8. Terminator, James Cameron, 1984, film de culto (luego saga) que corporizó la figura del autómata y proyectó una guerra futura entre máquinas y hombres.
  9. Matrix, Andy y Larry Wachowski, 1999, primera película de la trilogía que plantea la artificialidad del mundo real dominado por una inteligencia artificial con reminiscencias míticas.
  10. El hombre bicentenario, Chris Columbus, 1999, film que adapta libremente el cuento homónimo de Isaac Asimov, y también lo relaciona con otros del mismo autor. Versa sobre la evolución artificial de un autómata cuyo propósito es ser aceptado como hombre, y lo consigue, justamente, al morir.
  11. I. A. Inteligencia artificial, Steven Spielberg, 2001, alegoría posmoderna del clásico Pinocchio, que gira en torno de la búsqueda de la identidad y el reconocimiento de la condición humana e inteligente del autómata. 
  12. La invención de Hugo, Martin Scorsese, 2011, largometraje de belleza singular que se concentra en la construcción de un autómata por parte de George Meliés, y su relación con el cine pionero.
Como puede advertirse, el tema ha cautivado a notables autores. Siempre pensé que los lenguajes del arte sitúan al artista en la proximidad de lo divino, en las cercanías de la omnipotencia del Creador. Me resulta convincente, pues, que ofrendarle un aliento de vida a una especie no natural seduzca al hombre. El cine y la literatura son campos en extremo fértiles para ello.

Me sumaré (con confesa y auténtica humildad) a este desvelo poético por la vida artificial, y lo haré ofreciéndoles en el espacio de El Ojo Críptico el microrrelato “Mi Horacio, o la contemplación”, en el que abordo el tema sirviéndome de los aportes de Eduardo Ladislao Holmberg (“Horacio Kalibang…”) y de Leopoldo Lugones (en este último caso de su cuento “Yzur” –que dicho sea de paso, es considerado uno de los más relevantes relatos de nuestra literatura–, el que si bien no versa sobre la vida artificial, sí lo hace sobre el propósito humano de hallar algún vestigio de humanidad en las bestias). Que lo disfruten, sin privarse de alguna súbita cavilación o reflexión.
Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico


domingo, 7 de julio de 2013

EL CARNAVAL Y SU SOMBRA… la muestra

  
Durante buena parte del mes de junio presentamos en el Salón de Artes Visuales de la Municipalidad de Tres de Febrero la muestra El Carnaval y su sombra.  La propuesta de rescate de la fiesta popular a través del arte, que tuvo como curadora a la gestora cultural Isabel Noya, involucró a tres lenguajes artísticos diferentes como lo son la pintura, la fotografía y la literatura, combinados a partir de las distintas miradas que aportaron los artistas plásticos José Curia y Rubens Ettomi, y también quien suscribe.
Isabel Noya planteó la muestra en tres núcleos: el primero correspondió a los óleos de Curia, el segundo a la serie de fotografías que realicé en 2011 del Carnaval de la Quebrada de Humahuaca, y el tercero a los acrílicos de Rubens que representan los momentos más potentes de la novela El Carnaval del Diablo, prologada por el reconocido antropólogo Ricardo Santillán Güemes, y que Editorial Dunken me publicara el año pasado. Ergo, podríamos decir que se trató de un avance cierto de prácticas estéticas imbricadas.
José Curia es un reconocido pintor oriundo de Calabria, pero radicado en nuestro país desde temprana edad. Su arte es colorido, polisémico y frecuentemente de generoso tamaño. Puede trabajar con igual acierto tanto la figuración como la abstracción, y revelarse al mismo tiempo como un autodidacta de seguro trazo. Más de las veces se torna osado y provocador, con telas que no resultan indiferentes al contenido social y político, las que suelen despertar plurales reflexiones que trascienden lo puramente estético. En esta ocasión presentó tres obras: un diablo carnavalero de técnica mixta, una abstracción titulada “Rey Momo”, y un tercer óleo fantástico en el que consiguió no sólo una exaltación sublime de la fiesta, sino que además le imprimió musicalidad y movimiento a la obra pictórica. ¡Bravo!
Por razones lógicas, prescindiré de juicios de valor sobre mis fotografías, no corresponde al autor hacer una valoración crítica de su propia obra, y además soy sólo un aficionado en ese lenguaje visual. Por lo tanto sólo diré que se trata de una serie de 10 fotos (de 28 por 35 centímetros, montadas sobre Fibrofácil) que intentan describir la intimidad de la marcha en caravana del Carnaval quebradeño, acompañada desde su partida en la plaza de Humahuaca, y culminando en el éxtasis ya bien alto en el cerro, donde los tres mil metros sobre el nivel del mar nos seducen con la posibilidad de tocar el cielo con el alma misma.
Para el final, adrede, dejé los acrílicos de Rubens Ettomi. Fueron estos, tal vez, los que más pujaron por la concreción de la muestra. Ocurre que luego de la primera presentación de mi novela El Carnaval del Diablo, allá por diciembre del año pasado, charlando con Rubens empezamos a entusiasmarnos con la idea de ilustrarla. Para bien decir, con la idea de que Rubens la ilustrara. Y así ocurrió. Él hizo una laboriosa recreación y “en seis viñetas” capturó la esencia del relato. No es habitual esto de “ilustrar novelas”, no ocurre a menudo, me gratifica que ése sea otro hecho singular que se vincula con El Carnaval del Diablo, producción que no cesa de darme satisfacciones, la mayoría de ellas tan inesperadas como emocionantes.
Reunido pues, todo este bagaje carnavalero (óleos, fotografías y acrílicos), fue la tarea armonizadora de mi habitual colaboradora y colega, Isabel Noya, la que le dio sentido y “relato” a la propuesta, logrando una muestra de la que todos quedamos conformes con sus resultados, pero más aun con la ética y la estética de la misma; improntas que también quedaron plasmadas en el vídeo ad-hoc realizado por nuestra productora cultural, y que fuera presentado como otra de las actividades inherentes al proyecto.
Así las cosas, y como no podría ser de otro modo, vaya el agradecimiento a todos los que suelen respaldarnos en este viaje testimonial por los caminos del arte y la cultura. 

Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico

lunes, 1 de julio de 2013

MI HORACIO, O LA CONTEMPLACIÓN


Me quedaba mirándolo por largo tiempo, confiaba en que la sola contemplación le proporcionaría el halo de vida que necesitaba. Su apariencia era humana, aunque tenía un porte más pequeño. Sin embargo, eso no lo hacía verse disminuido, era –simplemente– la reproducción mimética de un ser humano, pero a escala… un “hombrecito”, podría decirse. Su rostro era agradable y tenía un talle enjuto; sentado en la silla con las piernas cruzadas, adquiría cierto charme. Pensé que sería un buen compañero: hábil interlocutor, cómplice y confidente. El contacto con sus manos no me demostraba frialdad, por el contrario, estoy seguro de que la calidez de su temperatura me convenció muchas veces respecto de su voluntad de vivir (o de mí voluntad y de la transferencia hacia él). Tal vez por eso no renuncié al proyecto a pesar de la falta de resultados, y tal vez también porque sus ojos –de una coloración azulina intensa– me permitían acceder a lo recóndito, a los dominios espirituales, a la morada del alma. Claro está, si es que Horacio (le puse ese nombre por “Horacio Kalibang”, el autómata) podía tener una. Digo más, incluso: si fuera posible que un no nacido la tuviera, en ese caso yo creo haberla advertido; y si no fue así, habrá sido sólo el desvarío de un viejo y su némesis. A fin de cuentas, ¿a quién le importa? He esperado en vano alguna reciprocidad, alguna demostración de su parte, incluso una limosna de certidumbre trascendente, pero nunca ocurrió. Recordé que el mismísimo Miguel Ángel golpeó la rodilla del Moisés de mármol y lo inquirió al grito de: “¿Por qué no me hablas?”; también Lugones fantaseó con poder hacer hablar al mono Yzur (no era más que un cuento, lo sé, y tampoco era Lugones el que fantaseaba, era su personaje, también lo sé). De hecho, como otro eslabón de esa infausta cadena, Horacio, mi Horacio, jamás abandonó su estado inerte, jamás me dispensó su aliento… Pero, en el instante postrero, en el preciso momento en que yo cerré mis ojos para no volverlos a abrir, fue él quien no dejó de contemplarme, esperando vanamente devolverme ese mismo halo de vida, que al filo de la madrugada, se me había escapado.

Ricardo Tejerina / 2013