miércoles, 9 de noviembre de 2011

MEMORIA DE CINE

El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat, 
o el arte de contar una historia mientras se habla de arte.

El cine, también llamado el séptimo arte, como consecuencia del reconocimiento cronológico de las artes clásicas, es uno de nuestros principales compañeros en el tránsito cultural del siglo XX y lo que va del XXI.
Desde aquellas primeras proyecciones de los hermanos Lumière, ocurridas en Francia durante 1895, hasta la actualidad, el rodaje no se ha detenido pero, sí, mucho ha cambiado.
En tiempos de globalización, donde la soberanía ya no sólo se define por el territorio o el propio Estado, sino por el capital simbólico, el cine es una de las industrias culturales más importantes de la modernidad dada su capacidad de intervenir en la lucha por el sentido y el significado.
Ha sido pues el cine en numerosas oportunidades el vehículo de la denuncia y la demanda de verdad y justicia, y por su masividad también es una de las artes más vinculadas al testimonio político y social, además de las bondades estéticas que pueda contener cualquier producción que valga la pena.
Nuestro cine atesora perlas valiosas además de las multipremiadas La historia oficial y el más reciente filme de Campanella El secreto de sus ojos. Si se me permite la discrecionalidad de la subjetividad y una muy acotada retrospectiva de los últimos treinta o cuarenta años, diré que títulos como La tregua, La Patagonia rebelde, Darse cuenta, Los últimos días de la víctima, Gracias por el fuego, Esperando la carroza, La deuda interna, Gatica, el mono, Nueve Reinas o El hombre de al lado, merecen estar en cualquier descripción de lo más destacado de la producción nacional.
Además de éstas, también merecen ser reconocidas muchas “películas artesanales” que, a pesar de no acceder a la gran taquilla (por cuestiones de distribución y pantalla) han logrado instalarse como referencias de ese otro cine menos industrial, pero no menos virtuoso, como es el caso de, por ejemplo, Mundo Grúa de Pablo Trapero. Es por ello que hacen falta muchos más ciclos y festivales regionales y locales de exhibición como el BAFICI de la ciudad de Buenos Aires, justamente para posibilitar la visibilización de la diversa y generosa actividad cinematográfica argentina, además de acercarnos lo más sustantivo del cine independiente de producción internacional.
Finalmente, un testimonio y una confesión. La declaración tiene que ver con la expectativa de tener en la Argentina un INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) más transparente y democrático, orientado a la optimización estética y productiva del cine nacional, sin sectarismos ni prebendas. Y la confesión se fundamenta en el convencimiento de quien suscribe acerca de la importancia estratégica que tendría para nuestro país poder convertirse en un polo cinematográfico continental, superando holgadamente nuestras marcas actuales.
Todavía resuena en mí la frase atribuida al ex presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt: “primero les vendemos las películas, luego los lavarropas” (refiriéndose al mercado internacional). En el siglo XXI, a no dudarlo, los bienes simbólicos serán uno de los ejes principales de la economía mundial. 
 Hasta la próxima mirada.
El Ojo Críptico