viernes, 11 de febrero de 2011

BAJO EL ESPEJO

Madonna by Steven Meisel


Te vi desnuda y sentí el mundo temblando debajo de mis pies. Los ojos de los dioses fisgones querían colarse por la ventana también indiscreta. Tu silueta se dibujaba en la penumbra como un camino desconocido de sinuoso placer.
Te recostaste en la cama exponiéndote cual Maja de Goya para que el espejo fantástico que ornamentaba el cielorraso te devolviera el reflejo de tu centelleante hermosura. Te viste a piel desguarnecida y sonreíste, con la marcada satisfacción de quien se siente segura y confortada con la imagen que le devuelve el cristalino y mágico dibujante de luces y de sombras.
Con sólo verte así, echada y rapaz, te adoré como a la musa de mis noches más inspiradas, mientras los movimientos serpentinos daban cuenta de tu naturaleza depredadora, voraz y a la vez constrictora de los más bajos instintos y las primitivas pasiones.
Tu piel, contagiada de un rosa sutil, sabe a sal gustosa y magnífica, sabrosa y persistente de principio a fin, exuberante en matices y tan delicada y frágil como el cristal más fino con fulgurantes destellos.
Abriste tus brazos y también tus piernas torneadas, representando sobre las prístinas sábanas una fatal equis gótica y reíste, nuevamente, con singular perfidia y provocadora lujuria al advertir mi deseo tan incontenible como inocultado.
Hacía calor, la habitación estaba impregnada de todo tu ser porque eres la dueña de todas las sensaciones y deseos. Tú, la única y perfecta, capaz de derretir los polos Ártico y Antártico de los amores más incrédulos y reticentes con sólo mirarlos de reojo o insinuarles tu inapelable sentencia.
Te recorrí entera con un hielo osado e impertinente, que robé a los whiskys que nos hacían etílica compañía. Contra su voluntad, iba consumiéndose con fervorosa vertiginosidad, demostrando que el contacto abrasador con tus muslos resulta demasiado para quien pueda mantener la solidez de su estado y la rigidez de su condición. El brillo del agua gélida derramada sobre tu piel, rápidamente tornada en templada humedad, volvía incandescente a mi pasión. Te deseaba tanto y más, que no podía dejar de mirar tus ojos para resignificarme en aquella mirada por todo el tiempo.
Eras tan hermosa, y estabas allí, desprovista de todo velo, brillando cual diamante exclusivo o sugerente rubí y ofrecida inmaculada, para la más maravillosa noche de amor de dos amantes que sienten correr ríos de magma en su interior, transporte de un deseo que no reconoce límites de espacio ni de tiempo y que desafía avatares, señales y destinos.
Con un ademán me pediste que me desvistiese, que alejara de mí y de ti, cualquier cosa que pudiere interponerse entre nuestros cuerpos y por qué no nuestras almas, ya entregadas previamente, y encadenadas voluntariamente, por un sentido y marcado beso de amor.
Con un respingo me quité la remera aguamarina de cuello piqué. Al hacerlo mi cabello se alborotó y tú aprobaste con la habitual suavidad de tus mohines. Movías entonces tus pies en roce de uno con otro, frotándolos en sensual armonía. Un suspiro infló mi pecho y no tardé en acercarme. Tomé tu mano que me invitaba, con la sensualidad del ballet más romántico, a introducirme en tu mundo privado de sexo y sensaciones, en el que fluye un amor tan frenético y prohibido que se disfruta con desmedida lascivia por la vulgaridad de su realeza.
Cada parte de mí te sintió a ti. Cada parte de ti me sintió a mí, y tus pulmones se hincharon con el aire necesario para una nueva y flagrante travesía por los territorios en los que campea el incendio perenne y eterno, producto de los deseos más salvajes, ardientes e inconfesables.
Y te besé, con un beso lento, profundo y tan suave para conocer de tal modo todos tus secretos, los que se abrieron para mí como la dama de la noche, junto a todos los sabores más intensos enmarañados en brutal frenesí. Tu lengua indecente, movediza y perversa se mojaba en mí y saltaba, como lo hacen las gotas de lluvia al caer sobre la superficie del jadeante mar siempre sediento de más. Tus manos apretaron mi espalda y me indujeron más adentro de ti. Moviste repentinamente la cabeza para retirar con suavidad tus cabellos y mirarme a lo más profundo de mis ojos y así, descubrirme de nuevo, prisionero de tu amor tan salvado y condenado.
Me colmaste tanto y más y yo cedí sin resistencia, ante tu majestuosa e indomable sexualidad que siempre me pudo. Te amaba de a poco, te amaba de golpe. Sentí tu pubis, angelical a la vista y endemoniado de espasmos, que reproducía las danzas más sensuales de las odaliscas más rítmicas y agresivas.
Y te acaricié con mis labios urgentes el cuerpo entero. Besé sin prisa ni pausa los bellísimos dedos de tus pies pequeños, también tu vientre, tus pechos, tus axilas, tus hombros y tu cuello, en el que me detuve para amarlo con el dolor de los poetas y la fuerza de los vientos, para llegar por fin a tu boca y sentir reanudado y enardecido mi deseo de ti y de cuanto tu ser es capaz de dar y sentir.
Los dioses celosos e inundados de ira no pudieron penetrar siquiera virtualmente en nuestro cuarto extasiado de fragancias, aromas, colores y sabores, cual si hubiera surgido victorioso de un verso maldito de Baudelaire.
El espejo del techo fue mudo y solitario testigo de nuestro amor descarriado, que anida en la memoria de nadie y a la vista de ninguno. Los besos que nos regalamos vivirán por  siempre  más allá  de su reflejo, porque, si bien dicen que los espejos son las puertas fabulosas al país de las supuestas maravillas, ella y yo juntos, siempre, y sin nunca dudarlo, elegimos gozar de este lado...

Ricardo Tejerina / 2008