domingo, 23 de enero de 2011

VAMPIRE’S CONFESSIONS

Kenny Ayón

Recorriendo las mesas atiborradas de una oscura librería de la Avenida Corrientes, di, a la hora crepuscular, con un libro que llamó mi atención. Curiosamente, no estaba traducido, por lo que me obligó a indagarlo en su idioma original. Repasé entonces sus páginas sin advertir, siquiera, el paso de la hora. Leí de pie, y sin detenerme ni un solo instante, en aquella singular librería de viejos y usados. Lo que a continuación relato son, textuales, las confesiones de un vampiro… 
“Hay necesidades que no se aplacan con facilidad. Una de ellas nos asola a los furtivos hijos de la noche eterna. Es un ansia que nos subleva, que nos violenta, que nos induce a despojarnos del último vestigio de humanidad que pudiera quedarnos, es una condena en verdad. Nos vuelve malditos.
'Matar o morir por lo que pretendemos es la ley del juego; aunque, no puedo mentir, todos sabemos que hay quienes soportamos el estigma de ser no muertos. Sin embargo, eso hace que tengamos siempre una ventaja terminal en la lid que se extingue con la última exhalación. Irremediablemente, la muerte siempre será ajena, también el dolor.
'La incapacidad de sentir pena, remordimiento, tristeza o piedad, nos convierte en minusválidos sentimentales, pero nos torna invulnerables, pues, esas indolencias se suman a nuestra previa condición de perennes pertinaces.
'Transitamos la oscuridad con la misma facilidad que la esponja absorbe el líquido. Es nuestro ámbito y nuestro hábitat. Somos peligrosos, impredecibles y fatales. No es conveniente cruzarse con uno de nosotros, tanto como es indescriptible y sublime hacerlo. Siempre quitamos lo que damos. De algún modo somos perversos, pero excelsos.
'Posiblemente, el animarse a entrar en el laberinto de criaturas tan extremas sea apropiado para los espíritus que, por conseguir su objetivo, no han de medir las consecuencias. Quienes atesoren prudencia, recato y formalidad, deberían tener la gracia de no servirnos de carnada; mas quienes no teman inmolarse, no deberían ser privados de tal éxtasis, pues, si bien habrán de morir en el intento, sabido es que lo harán gozando de manera extravagante.
'Nuestra sed es infinita e irredenta. No bebemos de una copa, sino de la vertiente misma, tampoco de un solo pozo sino de todos. La furia de nuestro deseo no saciado consume hasta el vacío. Nuestras pisadas queman el subterráneo suelo y esterilizan lo que ayer fecundo fuera. Somos criaturas infrahumanas, puesto que nuestro tacto convierte la humedad en polvo, apenas con un roce. Esa mutación aberrante, peor aún que la que Midas[1]ha sufrido, es sólo un atisbo de nuestra naturaleza envilecida.
'Sin embargo, la adicción que generamos es magnífica. Son muy pocos los seres capaces de resistirse a tamaña tentación, quienes no han sucumbido por todo el tiempo, de seguro lo han hecho por momentos, y desde luego que las reminiscencias del ardor que producimos abren siempre la posibilidad de un “déjà vu”.
'Hay necesidades que no se aplacan con facilidad. La nuestra consiste en una demanda incesante de sangre purificada por corazones palpitantes, la única capaz de acercarnos al misterio del amor. La perdurabilidad y el acopio de siglos como días, nos han vuelto escandalosamente codiciosos, tomamos más de lo que necesitamos, dado que nuestro gozo se alimenta del exceso.
'Por ello, no hay nada más falso que la estaca vengadora consolidando su victoria al clavarse en nuestro ser… ¡Ingenuidad de los humanos! ¿No se dan cuenta de que para que nuestra alma sea no muerta nuestro pecho primero dio su vida? ¿Alguien cree que tiene sentido estaquear un corazón incapaz de dar amor?”
Quedé atribulado al leer palabras tan desgarradoras, desprovistas del mínimo eufemismo, encadenadas por una brutal sinceridad. Sentí terribles dolores que me atravesaron como dagas afiladas, reduciéndome a jirones. 
Me condolí por aquel ser incapaz de hacerlo por nadie más que de sí mismo, y fue repulsiva esa sensación, pues no es justo sentir dolor por alguien que en verdad no lo merece.
Al consultarme el parco librero acerca de mis intenciones respecto del ejemplar, dudé. Al cabo de unos segundos, me excusé de manera apócrifa diciéndole que no podía leer en un idioma extranjero, el que resultaba del todo desconocido para mí… 
-          Seguramente –respondió con evidente incredulidad el austero vendedor de libros–. Y agregó: Era obvio que usted no estaba leyendo, sino que, más bien, estaba recordando…
Afuera, ya es de noche y yo, como siempre, no podré escapar de mi destino… Tú, ¿podrás?

Ricardo Tejerina / 2009



[1] Mitología - Midas, Rey de Frigia, Dionisio le confirió el poder de convertir en oro todo lo que tocaba, cuando no pudo alimentarse tuvo que bañarse en el Río Pactolo, del que se dice posee arenas auríferas.